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Autor: | Editorial:



La motivación
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          15. Lo que me motivó a escribir fue pensar haber encontrado la forma de reconocerle a San José el lugar que verdaderamente le corresponde. No me convencía ―ni me convence― la idea de que María no tuviera un esposo de su misma estatura. José ha estado minusvalorado, pero poco a poco, a lo largo de la historia de la Iglesia, ha ido creciendo su valoración y el lugar que se le ha venido reconociendo, hasta llegar a ser Patrono de la Iglesia Universal y, en concreto, del Concilio Vaticano II. Al observar ese crecimiento, yo me preguntaba hasta dónde iría a llegar el reconocimiento que se le diera, que no podría ser mayor que la realidad misma del lugar que José ocupa. Mi pregunta se resolvía, por tanto, en la pregunta respecto al lugar que José realmente ocupa, es decir, al de su verdadera grandeza; y yo estaba convencido de que debería ser igual a la de María. Fue entonces, poco después de leer la Exhortación Apostólica Redemptoris Custos de Juan Pablo II, quizá en 1989 mismo, cuando me pareció tener una buena solución al problema.

          16. Tal solución consistía en lo siguiente. El Verbo Divino quiso encarnarse en una familia humana y enaltecer a sus padres humanos, parte de lo cual se concretaba en que fueran vírgenes. Jesús no podía, por tanto, ser concebido por el natural y ordinario proceso del coito conyugal de unos esposos humanos. Y así, el Verbo quiso encarnarse en el seno de María, pero mediante el expediente de que Dios supliera milagrosamente la función masculina propia del padre humano, es decir, de José. Para salvar la virginidad, Dios tenía que suplir la función masculina, o la femenina, o ambas. Si supliera ambas, María no sería verdadera Madre de Cristo, como tampoco José sería su verdadero padre; Dios tenía, pues, que suplir la función masculina o la femenina. ¿Cómo podría suplir la función femenina? Dios tendría que llevar a Jesús durante nueve meses en un seno milagroso. Y la función de José, ¿en qué consistiría? Era claro que Dios tendría que suplir la función masculina, que Jesús fuera concebido y gestado en el seno de María, quien habría de ser verdadera madre suya, y que José fuera sólo un padre legal. Pero no sería así porque Dios quisiera hacer menos a José, sino porque no podía ser de otra manera. Habida cuenta de estas consideraciones, y desarrollándolas bien, quedaría claro que el lugar y la grandeza de José son en todo semejantes a las de María, por ser ése el deseo divino. Mi solución me pareció buena, decidí escribirla y proyecté el modo de hacerlo. Eso fue, según la analogía que mencioné, el equivalente a mi proyecto de hacer un viaje para estudiar algunas ruinas mayas de Yucatán.

          17. Sin embargo, al ir escribiendo me iba quedando cada vez más claro que mi solución era sólo un intento parcial más, limitado, de expresar la grandeza de José. El deseo divino que yo proponía resultaba ineficaz, ya que no lograba equiparar realmente a José con María. Sin duda los dos eran vírgenes, pero la grandeza de María radica en ser, real y verdaderamente, Madre de Dios; y José no era real y verdaderamente padre de Dios. Para equiparar de verdad a José con María sería necesario encontrar el modo de sostener y justificar que José es real y verdaderamente padre de Dios, pero salvando la virginidad de María, y también la de José. Y el término padre, al referirlo a José, bien podría ser escrito con mayúscula ―Padre de Dios―; pero es conveniente escribirlo con minúscula a fin de distinguir fácilmente a José de Dios Padre al usar ese término; en cambio, el término madre no presenta ninguna confusión. El hecho fue que María se encontró con que era madre, aun siendo virgen. Habría que decir también: el hecho fue que José se encontró con era padre, aun siendo virgen. ¿Por qué no poder afirmar esto último?, ¿qué haría falta para poder hacerlo?

          18. Sabemos que la concepción de Cristo fue estudiada en base a la embriología aristotélica, que hoy reconocemos como falsa, pues sabemos con certeza científica auténtica que la verdadera embriología es la genética, descubierta modernamente. Es obligado, por tanto, volver a estudiar la concepción de Cristo en base a la genética. La verdadera maternidad de María se basa en que Cristo lleva su carga genética. Para que la paternidad de José sea verdadera hace falta que Cristo lleve también la carga genética de José. Además, sin la combinación de ambas cargas genéticas la concepción de Cristo no sería verdaderamente humana, contra la doctrina católica, que enseña que Cristo es verdadero hombre, que fue concebido con concepción verdaderamente humana, que nació con nacimiento verdaderamente humano, que vivió con vida verdaderamente humana y que murió con muerte verdaderamente humana. Todo lo que hacía falta era comprender cómo podía la carga genética de José llegar hasta el seno de María para que se realizara ahí la concepción virginal de Cristo. Y la respuesta es muy sencilla: ¡lo hizo el Espíritu Santo! Aunque el Espíritu Santo no es padre de Cristo, ni divino ni humano, Cristo fue concebido por obra del Espíritu Santo. ¿Cuál fue esa obra del Espíritu Santo?, ¿qué fue lo que hizo? Pues tomó genes de José y con ellos fecundó milagrosa y virginalmente a María. De tal manera José y María son vírgenes, y Cristo lleva la carga genética de ambos, por lo que la paternidad de José es tan verdadera como la maternidad de María. Por tanto, José es padre humano de Cristo, real y virginal, y también padre humano de Dios; como también María es Madre humana de Cristo, real y virginal, y también Madre humana de Dios. Esto fue, según la analogía que mencioné, el equivalente a dar con la cornisa de una construcción maya subterránea y desconocida que, al seguirla, me alejaría mucho de mi proyecto original, y por un itinerario muchas veces imprevisible.

          19. Lo que da lugar a un planteamiento tan audaz es el moderno descubrimiento de la genética, que obliga a plantearse una pregunta nunca antes formulada: ¿tiene Cristo una estructura genética propia? La respuesta debe ser afirmativa, pues de lo contrario Cristo no sería perfecto hombre. Además, la concepción debió ser verdaderamente humana. Fue indispensable la presencia de genes paternos, que sólo podían ser de José, ya que ni el Padre ni el Espíritu Santo tienes genes; y, si hubieran creado genes del todo nuevos, serían genes… ¡de nadie! Cristo sería hijo de padre humano desconocido; y peor aun que eso: sería hijo de genes de nadie, como si fueran genes comprados a granel en la tienda de la esquina. El Espíritu Santo no es padre de Cristo de ninguna manera, ni humano ni divino; no lo es humano porque el Espíritu Santo no tiene naturaleza humana, y no lo es divino porque el único padre divino de Cristo es Dios Padre. El Espíritu Santo no suplió la paternidad de José, sino que la hizo posible milagrosa y virginalmente. Ahí estaban los elementos necesarios para justificar la verdadera grandeza de José, verdaderamente igual a la de María; ahí estaba la motivación para investigar y escribir. Ahora sólo faltaba recorrer ese camino.




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