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Autor: | Editorial:



Capítulo Segundo: La invocación filial



“Anunciaré tu Nombre a mis hermanos:
¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”
(Salmo 21.23; Lucas 23,46)

Todo el que invocare el nombre del Señor será salvo.
Pero ¿cómo invocarán a Aquél en quien no han creído?
(Romanos 10, 13-14; Joel 3,5)

Cuando os bautizaron
no recibísteis primero el Padre Nuestro y después el Credo,
sino que recibísteis el Credo antes del Padre Nuestro,
para que, por el Credo, conociéseis al que habíais de invocar.
Por lo tanto, el Credo dice relación a la fe y el Padre Nuestro a la súplica.
Porque el que invoca con fe es escuchado.
(San Agustín, Sermón 56)





1. - ¡PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN LOS CIELOS!


Dios es Padre de todo Hombre, de Israel, de Cristo y los cristianos. Pero lo es de diversas maneras.

1) “Dios merece el nombre de Padre del Hombre” - dice Santo Tomás – “porque lo creó a imagen y semejanza suya, cosa que no hizo con las demás creaturas inferiores”. Se lo llama también Padre de Israel: “Es tu Padre, aquél que te hizo y te creó” (Deut. 32,6).

Raíces judaicas de la invocación a Dios como ‘Padre nuestro que estás en los cielos’

2) El Padre Nuestro es una oración de bendición o de alabanza. Es lo que en el judaísmo se llama una berakáh. “La oración del Señor – dice el Padre Sabugal - es la berakáh cristiana por excelencia, en sustitución de la berakáh judaica, más exactamente: la exultante bendición de alabanza que la comunidad de los neófitos y fieles, dócil a la enseñanza del Señor en su Evangelio, dirige tres veces diariamente al Padre celeste como agradecida respuesta por su intervención salvífica en el bautismo y la eucaristía” .

3) La invocación “Padre Nuestro que estás en los cielos” era también usual en los medios religiosos judíos de los tiempos de Jesús y de los primeros cristianos procedentes de ese medio judío los cuales, antes del año 70, participaban en el culto del templo y de la Sinagoga y observaban las tres horas de oración judaica: tercia, sexta y nona.

4) En el culto sinagogal de la mañana, después de la recitación del Shemá Israel, se rezaba la así llamada Tefillá cuyas cuarta y sexta bendiciones contienen la fórmula “Padre Nuestro”. Y en la oración inicial del culto matutino sinagogal, llamada Qaddish se contiene explícitamente la fórmula: “sean recibidas las plegarias y súplicas de todo Israel delante de su Padre que está en los cielos” . Esta invocación era empleada también cuatro veces en una oración sinagogal que se pronunciaba antes de guardar el rollo de la Toráh. Es pues una expresión judía que aparece en muchas oraciones, una designación rabínica de Dios muy común, una invocación genuinamente judía que continuaron usando Jesús y los cristianos. Con ella formulaban las comunidades judeocristianas sin duda su fe común con las comunidades judaicas en “el Dios de nuestros padres” .

5) Por todo esto, Sabugal concluye diciendo: “Esta invocación era, pues, primero plegaria de la Sinagoga y de la Iglesia, viniendo a ser luego herencia cristiana de la propiedad judaica: ¡Preciosa gema tomada por el judeo-cristianismo del cofre de la Sinagoga! Pero sigue formando parte de ese ‘tan grande patrimonio común a cristianos y judíos’, que debe contribuir al ‘diálogo fraterno’ entre ellos” .

El sentido cristiano de la invocación a Dios como ‘Padre nuestro que estás en los cielos’

6) Pero Jesús lo tiene a Dios por Padre suyo y de sus discípulos de una manera especial; diferente y nueva. “La invocación ¡Padre! Es propia y característica del Jesús orante”

El vocablo Padre en labios de Cristo y de los cristianos, ya no traduce sólo la paternidad adoptiva de Dios en relación con Israel, con su rey y con el justo israelita. Se trata ahora, también y sobre todo, de aquella paternidad divina propia de Quien, mediante la fe en su palabra y el bautismo, los engendró a la filiación nueva y real - ¡no meramente adoptiva! – de quienes porque ‘se llaman y son Hijos de Dios’ (1 Jn 3,1), le invocan con propiedad como Padre” .

7) Se trata ahora de un Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, a quien Jesús llama
mi Padre (Mt. 7,21) nuestro Padre (Mt 6,9) y al que los apóstoles se refieren como un Padre
que nos engendró (1 Jn 3,9, 4,7; 5,1.4.18; 1 Pedro 1,23, Sant 1,18) mediante la fe en su palabra y el bautismo (Jn 3, 5-8).

8) Es una filiación nueva y real, no ya adoptiva: “nos llamamos hijos y lo somos” (1 Jn 3,1). Jesús, el Hijo, lo invoca a su Padre con esa palabra en la oración del Huerto: “¡Abbá! ¡Padre!” (Mc 14,36). Y la misma exclamación, sin duda familiar a los primeros cristianos, se refleja en las cartas de Pablo (Gal 4,6; Rm 8,15).

Papito: la ternura infantil, específicamente cristiana

9) Pablo conserva la expresión aramea Abbá, porque es intraducible al griego, como no lo es tampoco el Amén que también suele dejarse sin traducir. Abbá era la expresión familiar con que un niño de lengua aramea se dirigía a su padre natural. Equivale a nuestros: papá, tata, papi.

10) “Era el nombre con que el hijo pequeñito se dirigía a su padre – explica Joachim Jeremías -. Y el Talmud nos lo confirma: ‘Cuando un niño prueba el gusto del cereal [es decir, tan pronto como lo destetan] aprende a decir abbá e immá [papá y mamá]’. Abbá e immá son, pues, las primeras palabras que el niño balbucea. Abbá era lenguaje infantil, una palabra vulgar empleada a diario: nadie hubiera osado dirigirse con ella a Dios. Jesús, en cambio, lo hace así siempre, en todas las oraciones suyas que han llegado hasta nosotros... Como el niño habla con su padre, así habla Cristo con Dios; tan llano, tan íntimo, tan infantil, con tanto abandono” .

11) A este filial conocimiento del Padre se entra solamente por la enseñanza y la revelación de Jesús: “Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). Jesús “consideró esta infantil invocación a la divinidad como expresión de la singular omnipotencia y conocimiento de Dios, que por su Padre le fueron dados” .

12) En este Abbá se manifiesta el secreto último de su misión: Él, a quien el Padre dio en plenitud el conocimiento de Dios, tenía el privilegio de dirigirse a él con una invocación infantil pletórica de confianza. Esta palabra encierra el núcleo de su mensaje

La comunicación a los discípulos de la confianza filial como divina regeneración

13) Jesús hizo participantes a sus discípulos de su conciencia filial, porque los estableció en una relación filial verdadera: “quién es mi hermano?... todo el que hace la voluntad de mi Padre” (Mc 3, 33-35). Jesús tuvo y recomendó una actitud filial tierna e infantil ante el Padre (Cfr. Lc 18,16-17; Mc 9,35-36) de quien los hijos deben recibirlo todo. Los discípulos pueden expresar su inaudita y totalmente nueva relación filial con Dios, su único Padre (Ef 4,16), mediante la misma invocación de Jesús, formulada con su misma palabra en el exultante, jubiloso e incontenible grito: “¡Abbá! ¡Padre!”. Una invocación propia y exclusiva de los bautizados, de los hijos de Dios, y que por eso, en los primeros siglos era ocultada y mantenida en secreto y no revelada a los no creyentes.

Los fieles “se atreven” a decirla porque Jesús se lo enseñó: “Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza nos atrevemos a decir: Padre Nuestro...” (Liturgia de la Misa).

14) “En el Padre Nuestro – dice Joachim Jeremías – Jesús da poderes a sus discípulos para que repitan Abbá como Él” . Es curioso: una cosa tan sencilla y de apariencia hasta ridícula para algunos, supone, exige, sin embargo, una transformación del corazón que no puede suceder sin una nueva generación. En ella propiamente consiste la regeneración divina. En darnos un corazón filial-fraterno como el de Jesús. En introducirnos, sumergirnos, zambullirnos en el gran Nosotros divino-humano. Por esa comunicación del Espíritu, que obra la comunión con el Nosotros, Jesús nos hace participar de su posición de hijos. Es la huiothesía (Rm 8, 15) la instauración en la filialidad, la filialización. No sólo nos autoriza, sino que nos hace capaces de hablar con nuestro Padre celestial con plena confianza, como el niño pequeño con su papito terrenal.

15) Suele usarse, para referirse a este hecho de la huiothesía la palabra adopción. La desventaja de usarla está en que suele tener en castellano un sentido predominantemente legal y exterior. Por eso quizás es que, con certero instinto, en el uso común se prefiere decir “hijo del corazón” en vez de “hijo adoptivo”. La huiothesía es una realidad del corazón, un hecho que involucra la conciencia, la libertad, lo más íntimo de la persona y de su naturaleza.

16) Cristo enseña que esta transformación es necesaria: “En verdad os digo: si no os convertís y no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,3). “Solamente aquél que acepta la confianza contenida dentro de la palabra Abbá, - comenta Jeremías – encuentra el camino del reino de Dios. Así lo comprendió también el Apóstol Pablo, al afirmar por dos veces que la invocación Abbá Padre en los labios del hombre es señal de filiación y de posesión del Espíritu (Rm 8, 15; Gal 4,6)”.

¡Upa Papá!
17) Algo que parece tan infantil se demuestra sin embargo tan arduo que no puede lograrse sin una divina regeneración, sin un acto creador y omnipotente de Dios. Por eso observa Jeremías: “podemos barruntar un poco por qué no era cosa tan llana para la Iglesia primitiva rezar el Padre Nuestro, y por qué lo rodeó de tan temeroso y reverencial respeto: ‘Dígnate, Señor, concedernos que gozosos y sin temeridad nos atrevamos a invocarte a Ti, Dios celestial, como a Padre, y que digamos: Padre nuestro...’” .

18) El Padre Nuestro era entregado al catecúmeno como una oración rodeada de reverencia y de misterio y que no debía ser expuesta a la profanación. Era una oración reservada exclusivamente a los bautizados, ningún otro, nadie más, judío ni pagano, podía rezarla.

Estaba rodeada de las mismas precauciones y secreto que rodeaban a la Eucaristía, de la cual forma parte central y es motivo principal de acción de gracias.

Dice Orígenes: “no nos atreveríamos a dirigirnos así a Él si no fuéramos hijos de verdad” . De eso nos da muestra el antiquísimo documento de la antigüedad cristiana llamada Didajé o Doctrina de los doce Apóstoles que prescribía la ‘disciplina del arcano’ o sea el secreto alrededor de la Eucaristía y el Padre Nuestro, que es su corazón y el motivo principal de la gratitud que en ella se celebra .

19) Los cristianos estaban agradecidos de esta nueva relación filial con Dios Padre. Leemos en la Didajé: “Te damos gracias, Padre santo, por tu santo Nombre, que hiciste morar en nuestros corazones” y continúan dando gracias por el modo cómo sucedió cosa tan bella: “por el conocimiento y la fe y la inmortalidad que nos diste a conocer por medio de Jesús tu siervo” . Esta confianza filial con Dios Padre era el centro de la celebración cristiana de acción de gracias, el motivo principal de la gratitud y de la acción de gracias o eucaristía, porque era vivido y comprendido como la esencia de la salvación traída por Jesús.

20) La expresión ¡Upa Papá! que se nos ha dado emplear en la predicación, no es una novedad arbitraria, sino una forma nueva en la expresión, de la evangelización. La considero una palabra de sabiduría y de profecía, a juzgar por sus frutos en las almas. Y sin embargo se convierte en un verdadero test del estado espiritual del corazón del oyente. Ante ella se produce una inmediata división de los espíritus.

21) Tengo ante mí una esquelita que me entregó una mujer mayor al terminar el retiro patronal sobre el Sermón de la Montaña. Dice: “¡UPA PAPÁ! son las palabras que se han grabado en mi corazón, a pesar de mi edad, nunca me dirigí antes al Padre con tanta ternura y confianza. Gracias por ésta y tantas otras enseñanzas”

2. - PADRE NUESTRO


En las primeras palabras de la oración cristiana se reflejan la relación filial y la fraterna y se revelan inseparables.

1) Parece que Jesús dirigiera el Sermón de la Montaña a sus discípulos en presencia de la muchedumbre: “Viendo a la muchedumbre subió a un monte y cuando se hubo sentado, sus discípulos se le acercaron, y él abriendo la boca les enseñaba diciendo”: (Mt 5,1). Es una clase pública, abierta. Las enseñanzas que contiene se dirigen, sin embargo, a sus discípulos, aunque estén abiertas a quienes, entre la muchedumbre, “tengan oídos para oír” y quieran adherirse al discipulado.

Conciencia filial

2) A lo largo de todo el Sermón, la relación principal es la relación filial-paterna. Jesús habla de “mi Padre” y “vuestro Padre celestial”; “vuestro Padre que está en el cielo”; “ora a tu Padre”; “tu Padre te dará de sí”. Todo el sermón, como ya lo hemos dicho, es un retrato de Jesús como hijo y apunta a enseñarnos a vivir como hijos. Para eso, Jesús enseña cómo ha de obrar un hijo y cuál ha de ser el móvil y el modelo de su justicia filial, superando la justicia de escribas y fariseos e imitando la Perfección del Padre celestial.

3) Luego, Jesús enseña a vivir de cara al Padre y no de cara a los demás, para ser visto y alabado por los hombres. Enseña a practicar tanto la misericordia como la oración y el ayuno en lo secreto; porque es allí, donde sólo el Padre nos ve, donde los hijos recibimos de Él:

a) la generosidad en la misericordia secreta,
b) la conciencia filial en la oración secreta
c) y el dominio de las propias pasiones e instintos, en el ayuno en secreto.

4) Por fin, Jesús nos revela el secreto del corazón filial, de quien confía totalmente en la providencia paterna, y queda así liberado de la preocupación por subvenir a las propias necesidades de esta vida.

Conciencia fraterna

5) Ya desde estas primeras palabras del Padre nuestro, la conciencia filial se expresa como unida a la conciencia fraterna e inseparable de ella. Dios no es sólo “mi” Padre, sino “nuestro” Padre. No puedo dirigirme a Él si no es en comunión con sus hijos, mis hermanos. El Padre tiene muchos otros hijos que por eso mismo resultan hermanos míos y a los que he de amar por caridad, es decir por el amor debido a todo lo que mi Padre ama.

6) Este comienzo de la oración del Señor es como un espejo donde se refleja la conciencia de Jesús mismo. Dice san Pablo, que Jesús era “el primogénito de muchos hermanos” (Rm 8,29; Hebr 2,12-13). Por eso Jesús, cuando oraba, lo hacía en nombre y en representación de “toda su casa” (Hebr 3,4-6), es decir, de todos los hijos de Dios, al frente de los cuales lo puso el Padre como Primogénito.

7) Al presentarnos ante el Padre, nuestros vínculos fraternos nos acompañan porque nos constituyen. No nos entendemos en nuestra verdad verdadera, mientras no nos entendemos como miembros de este gran Nosotros que es la comunión de los Santos, la gran familia de los hijos de Dios dispersos (Jn 11. 52, Cfr. Mt 26,31; Mc 14,27).

8) Por eso es tan grave romper los vínculos con ese gran Nosotros divino-humano. Y por eso es necesario el perdón, como condición para rezar el Padre Nuestro de manera que llegue al corazón del Padre y que el orante le sea grato: sea reconocible como hijo, por su semejanza con el Hijo. El que, como Jesús, no contribuye a unir a los hermanos, los divide y desparrama y él mismo se excluye del Nosotros: “el que no recoge conmigo desparrama” (Lc 11,23)

3. - QUE ESTÁS EN LOS CIELOS: EL PADRE CELESTIAL
Jesús inculca una actitud tan reverente como confiada ante el Padre celestial: ¡Upa Papá!

1) Tanto en el Padrenuestro como en todo el Sermón de la Montaña, Jesús se refiere al Padre como:

“Vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,45; 6,1.9; 7, 11.21),
“Vuestro Padre celestial” (5,48; 6,14.26.32; 15,13; 18,35;23,9).

2) Con estas expresiones Jesús enseña dos cosas. Primero: inculca una actitud reverente que no está reñida con la tierna confianza filial. Dios no es sólo ¡Abbá, Papi!, sino Abbá “celestial”. Por eso, en segundo lugar, su paternidad divina se distingue de toda otra paternidad terrena. Está en su origen, pero también restaura y repara las deficiencias de la paternidad terrena, herida por el pecado original.

3) Jesús, oró a Dios, innovando las costumbres aprendidas de su ambiente. “Su oración brotaba de una fuente secreta distinta” (CIC 2599). Se atrevió a dirigirse a Dios, como hemos dicho, con la invocación aramea íntima y filial ¡Abbá! ¡Papi! Y nos enseñó a orar de la misma manera a nosotros, dirigiéndonos al Padre con una actitud de intimidad infantil, confiada y totalmente nueva: ¡Upa Papá! ¿quién se hubiera atrevido si no nos lo hubiera enseñado Jesús mismo?

4) Esta confianza familiar característica del cristiano no va en desmedro de la debida reverencia religiosa, del respeto sagrado, ni resta nada a la experiencia de la grandeza del Padre y a la distancia que separa su naturaleza divina de la naturaleza humana. Jesús es juntamente maestro de la actitud reverente ante el Padre. En la carta a los Hebreos leemos que Jesús: “fue escuchado por su actitud de respeto reverente” (Hebr 5,7). Y se nos inculca que “ya que recibimos el reino inconmovible, guardemos la gracia, por la cual serviremos agradablemente a Dios con respeto y reverencia, porque mostró ser un fuego devorador” (Hebr 12,28-29).

5) Solamente la gracia de su caridad divina ha podido acortar la infinita distancia que hay entre Él y nosotros. La caridad divina ha unido así lo que las naturalezas separaban. La intimidad filial que se me regala me hace medir aún más esa distancia que la bondad del Padre enjuga, revelándose tanto más grandiosa cuanto más condescendiente.

6) La figura paterna de la familia palestinense en tiempos de Jesús era patriarcal y por más confianza que se le tuviera, estaba rodeada de respeto reverente. Las expresiones “que estás en los cielos”, “celestial” ponen de relieve la excelsitud divina por encima de todas las cosas de la tierra, y la augusta majestad de una paternidad que superaba incluso el prestigio del rol paterno en la familia patriarcal bíblica.

7) A medida que el niño crece, la ternura infantil y confiada ante el Papá, se va transformando en amor reverente, obediente, de hijo adulto, capaz de reconocer y medir la bondad del Padre y de adherirse libremente a la voluntad del Padre, como Jesús, hasta en el huerto.

8) Pablo nos enseña a venerar esta Paternidad divina: “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, por Quien recibe ese nombre toda otra paternidad en los cielos y en la tierra” (Ef 3, 15). La confianza con el Padre celestial no ha de ser, pues, ni deficiente ni excesiva.

9) Hay que decir, por fin, que el Papá celestial repara en sus hijos cualquier herida que puedan haberles dejado los papás de la tierra. Ciertamente es una gracia haber tenido un papá amoroso, fiel ministro de la paternidad celestial. Pero aún si fue malo, los defectos, pecados y hasta crímenes de los padres terrenos, no son impedimento insalvable para la milagrosa obra de divina regeneración mediante la cual el Padre de los cielos todo los restaura, sana y supera.

4. – ‘EN LOS CIELOS’: EL ESPACIO ESPIRITUAL


Cuando las Escrituras parecen situar a Dios en un lugar, hay en ellas un sentido más espiritual y elevado

1) ¿Qué es el Cielo? Tratando de esta pregunta, Orígenes advierte que cuando decimos que el Padre está en los Cielos o en el Cielo, no hemos de imaginar que tiene figura corporal y que allí habita en un lugar determinado.

Orígenes debía hacer hincapié en esto porque así era como los paganos se imaginaban a sus dioses y a sus ídolos. La mentalidad popular griega estaba dominada por un cierto materialismo. Y las clases más cultas estaban inclinados al Panteísmo.

2) Esta incapacidad para concebir lo espiritual, y al Padre como un ser Espiritual, y por lo tanto no sujeto ni al tiempo ni al espacio, no ha desaparecido. Por eso puede seguir siendo necesario todavía recordarlo a algunos.

Aunque se manifieste su permanencia en nuestra cultura a menudo en formas jocosas, se reconoce su existencia fácilmente cuando se oye hablar de Dios Padre en términos antropológicos y materiales, algo irreverentes: el Barba, el Viejo, el Supremo, el de Allá arriba. Hay que seguir enseñando, pues, a algunos, lo que recogemos de Orígenes:

3) “Si Dios Padre estuviera limitado por los Cielos sería menor que ellos, pero en realidad es él quien lo contiene todo con el ineludible poder de su divinidad”. En efecto la Escritura muestra al Señor “extendiendo los cielos como un manto” (Isa 44, 24; 51, 13; Ver Job 9,8) o midiéndolo con su derecha (Isa 48, 13). Los Cielos, todo el universo, son la obra de sus manos y no puede contenerlo.

4) “Todas las expresiones de la Sagrada Escritura que indican un lugar donde Dios habita – explica Orígenes –, han de entenderse en sentido espiritual, conforme a la naturaleza de Dios. Por ejemplo: “sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre” (Jn 13,1); “sabiendo... que había salido de Dios y a Dios volvía” (Jn 13,3); “me voy y volveré a vosotros, si me amarais os alegraríais de que voy al Padre” (Jn 14, 28).

5) Si hubiera que interpretar este tipo de frases con sentido espacial, tendríamos que hacer lo mismo con la siguiente: “Si alguno me ama guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y pondremos nuestra morada en él” (Jn 14,23). De seguro que esta expresión no se refiere a ningún cambio de lugar con respecto a la venida del Padre y del Hijo al que ama la palabra de Jesús”.

6) Orígenes rechaza “la idea tan impropia que tienen de Dios quienes le imaginan en un lugar concreto de los cielos, de lo cual lógicamente se podría concluir que Dios es corpóreo. “Esto llevaría consigo – dice Orígenes - los más gruesos errores acerca de Dios: le imaginaríamos divisible, material, corruptible. Dios habita en el cielo como habita en cada santo, que lleva la imagen del hombre celestial (1 Cor 15, 49) o en Cristo (Flp. 2,15). Como los santos están en el cielo, allí también está Dios: “a ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo” (Sal 123, 1)”

7) “No imaginemos tampoco – concluye Orígenes – que las Escrituras nos enseñan a decir el Padrenuestro sólo en algunos momentos de oración. Debemos orarlo continuamente (1 Tes 5, 17) con toda nuestra vida, de manera que no pongamos nuestro tesoro (Flp 3 20) en medios terrenos sino en los Cielos, en el Trono de Dios. Porque el Reino de Dios ha sido establecido en todos los que llevan en sí la imagen del hombre celestial (1 Cor 15, 49) y en el que se ha hecho celestial a sí mismo viviendo como tal” .

8) La invocación continua que nos enseña el monacato, con la oración de Jesús, bien podría practicarse con la invocación al “Padre Nuestro que estás en los cielos” pidiéndole que nos engendre a cada momento como hijos suyos para su gloria y su alabanza, en amorosa y gozosa alabanza de todas las cosas y de todas las horas. Pidiéndole que nos aúpe y nos tenga consigo en su gozosa caridad filial bienaventuranzadora.

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