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Apuntes sobre una espiritualidad misionera
El Reino de Dios hay que construirlo en todos sitios


Por: P. Pascual Soarin | Fuente: Catholic.net



Quisiera compartir con vosotros, no tanto desde la teoría, sino desde la práctica, algunos apuntes sobre la espiritualidad misionera, es decir, sobre la actitud que nos motiva para vivir como creyentes en medio de este mundo, tratando de que se asemeje cada día más al Reino de Dios, un Reino que va creciendo poco a poco y del que nosotros somos sus mensajeros.

No hace falta grandes elucubraciones para profundizar en nuestra espiritualidad como misioneros, sino simplemente partir desde nuestra experiencia, pues cada uno a su modo está siendo un Testigo vivo del Evangelio en su ambiente, tratando de vivir la llamada que todos hemos sentido de labios de Jesús a través de nuestra vocación como estudiantes, padres, hijos, sacerdotes, religiosas o religiosos... y siempre discípulos, seguidores del que nos ha convocado a compartir su misión.

A continuación simplemente expongo algunos puntos, que más que ideas abstractas, tratan de ser puntos de arranque para la reflexión y el diálogo posterior, pues a fin de cuentas lo que más nos va a enriquecer es el compartir de nuestras propias vivencias, sobretodo de cara a la Navidad que muy pronto celebraremos.

Tras el desarrollo de los puntos haremos una pequeña oración, un momento de silencio y luego, tras un breve descanso haremos una puesta en común.


1. Llamados a salir de nuestra tierra.

Este punto nos incrusta de lleno en la experiencia fundante del pueblo de Dios, es decir, la experiencia de Abraham. Podemos hacer una trasposición de la historia de Abraham a la nuestra, y sin duda encontraremos muchas conexiones que nos hacen notar que este acontecimiento de nuestra historia no es sólo un hecho accidental, sino una experiencia crucial que se repite una y otra vez.

Abraham, hombre viejo y estéril, acomodado a la vida que llevaba como patriarca, con toda la relativa seguridad que eso encerraba, se arriesga a dejarlo todo y a ponerse en camino, a salir de su tierra, de sus seguridades, de su mundo, siguiendo una idea que Dios había puesto en su corazón, un sueño: la fundación de un pueblo nuevo. De la pareja estéril saldrá todo un pueblo incontable, pero esto sólo será posible si se produce el “ponerse en camino”.

Esta experiencia de sentirse peregrino es algo fundamental en la espiritualidad del misionero. Como me gusta decir de vez en cuando, el río que se estanca terminan con el agua podrida y el agua podrida no sirve para beber, ni para regar, es un agua muerta. De la misma manera, nuestras vidas han sido creadas para la vida, y la vida es dinamismo, progreso, cambio, crecimiento... Va contra natura el pretender acomodarnos en nuestros sillones, apoltronarnos, enquistarnos; esto mata el espíritu y termina por entristecernos sobremanera.

El cristiano es siempre alguien en camino, abierto a ideas nuevas que primero son sueños, pero poco a poco van tomando forma hasta que casi nos obligan a realizarlas.

Sólo quien se pone en camino tiene garantizado llegar a la meta. Es más, estar en el camino es ya haber llegado a la meta, pues el camino nos une a ella. No importa cuan lejos llegues, lo importante es que nuestras vidas apunte a esa meta.

2. El pesebre y la cruz.

El pesebre y la cruz son dos momentos de la vida de Jesús que están aparentemente muy separados; en principio hay como mínimo 33 años entre uno y otro, sin embargo no son dos momentos tan distintos como parece, pues aunque las circunstancias no son las mismas, hay una serie de rasgos que manifiestan claramente que son dos momentos distintos que reflejan una misma realidad: la entrega de Dios por los hombres para su salvación desde el lugar del más pobre, del más marginado, del más rechazado.

El pesebre es el lugar del que comen las bestias, un lugar indigno para nacer, pero no había otro. Jesús nace ya con el signo de la marginación, la injusticia y el rechazo de muchos. Su llanto de niño no es más que el principio de un grito de dolor que aglutina todos los gritos de dolor de la historia de la humanidad y que sólo será acallado una mañana de domingo. Desde el árbol de la vida o desde el pesebre, con la madurez de un hombre hecho en la voluntad del padre y deshecho por la voluntad de los hombres, ya sea bañado por la sangre del parto o por la de la agonía, Cristo es el mismo y su Amor se expresa de una forma impresionante.

Para los creyentes no ha de pasar desapercibido este dato del pesebre y la cruz. Los cristianos, como misioneros, sabemos que seguimos a nuestro maestro, sabemos cual fue su inicio y cual su fin en nuestra historia. No hay más camino que pasar por esos dos sitios, que buscarlos para encontrarnos con él. Buscarle entre algodones es con toda certeza no encontrarlo. Muchas veces nos quejamos de que tenemos crisis de fe, de que no nos encontramos, de que no nos realizamos y de que Dios parece que se ha ido; pero Él no se ha ido, somos nosotros los que nos empeñamos en buscarle donde no se encuentra.

La Navidad es un buen momento (como la Pascua) para retomar el camino verdadero. Sólo desde la cercanía a los pesebres y cruces de hoy es posible el testimonio cristiano, de lo contrario nuestra fe no es creíble, no hay nada de especial en ella y no se diferencia en casi nada de la propuesta de un agente de seguros o de un representante de empresa.

3. Nazaret.

Nazaret son 30 años de silencio, oración, lectura, obediencia, aprendizaje. A nuestros ojos es una pérdida de tiempo, un derroche excesivo. Nos movemos en un mundo utilitarista donde queremos ver rápidamente el fruto de nuestro trabajo; ello nos lleva muchas veces a hacer las cosas deprisa y la mayoría de las veces las cosas que se hacen deprisa no duran mucho.

Frente a este mundo tan rápido y estresante, tan rentabilizador y productivo, Jesús nos ofrece el silencio de la meditación y la contemplación de Nazaret, un tiempo donde curtir el alma y forjar un hombre de los pies a la cabeza, íntegro, capaz de aprender el lenguaje del pueblo. Jesús sabe que para hablar y comunicar lo que quiere decir es casi más importante hacerse entender y para hacerse entender debe de aprender el idioma de las gentes. No hay más remedio que invertir más tiempo en escuchar que en hablar, en orar que en hacer. Los frutos vendrán solos, como don y regalo, nunca como mérito propio.

Muchos de los que nos llamaos pastores corremos el riesgo de invertir nuestras vidas de forma rápida, buscando (queriendo o sin querer) el triunfo de nuestras obras, sin darnos cuenta de que la mayoría de las veces sembramos trigo en tierra pedregosa y cuando brota rápidamente se muere por falta de raíz. Sólo un hombre capaz de sentarse a ver crecer el trigo es capaz de poner estos ejemplos que todos somos capaces de entender y que nos llegan al alma.

Hemos de ser contemplativos, místicos, dedicar más tiempo a la oración, aprender a dejar de hacer cosas, a dejar de considerarnos indispensables, a invertir nuestras vidas en la escucha, en la atención a los demás. Cada cual ha de buscar su propio Nazaret.

No está mal volver a sentirse como niño, volver a ocupar el pupitre como alumno de vez en cuando, pasar por la “humillación” de que te enseñen y de que te traten como un muchacho. No hay nada humillante en ello, sino una experiencia riquísima de sencillez y sinceridad con uno mismo.

4. La Epifanía.

Estamos ante un cambio de siglo, entramos de lleno en una nueva era y lo hacemos en un mundo convulsionado. Tal vez no nos afecte mucho de momento, pero lo hará en un futuro no demasiado lejano y hemos de estar preparados para ello.

El cristiano misionero del siglo XXI se va a encontrar un mundo que camina hacia el mestizaje, hacia la mezcla de raza, hacia las grandes migraciones que provienen de las zonas más desfavorecidas del planeta por causa de las injusticias que provocan la guerra y el hambre hacia las grandes urbes, sobretodo las urbes de los países ricos.

Este fenómeno se ha producido siempre en la historia de los hombres aunque no con las dimensiones que está adquiriendo ahora. Este cambio demográfico acarreará cambios culturales y hemos de evitar que también acarreen conflictos. Como creyentes, todos hemos sido convocados por una misma estrella, que brilla para todos los hombres y que los conduce hacia el mismo portal. En la figura de los sabios de oriente, la tradición cristiana ha querido ver reflejada la síntesis de todos las razas de la tierra; hermosa idea esta.

Cristo se ha manifestado a todos, Cristo es el Cristo de todos. El que tuviera raza judía no excluye al resto de los hombres, sino que es sólo una accidente necesario tras la encarnación. Todavía 5000 millones de personas en el mundo no conocen a Cristo, la mayoría de ellas viven en Asia y en Africa. Muchos incluso no saben que es el cristianismo. No podemos vivir de espalda a esta realidad pues quizá nosotros seamos esa luz que ha de brillarles para que se pongan en camino.

Cristo se ha manifestado a todos los hombres, esta es la fiesta de la Epifanía; sería una torpeza por nuestra parte encerrarnos en nuestras viejas y caducas Iglesias locales pretendiendo creer que el mundo se acaba en nuestras fronteras. No sólo como cristianos, sino como Iglesias hemos de salir al encuentro de todas las razas, de las que están más allá de nuestras fronteras y sobretodo de las que se cuelan dentro, por que todos somos hermanos.

Antes de llamar a alguien marroquí, o Argelino o sudamericano, o ruso... hemos de aprender a llamarle persona. Antes de pensar que vienen a quitarnos el pan hemos de pensar que vienen a buscar el pan de sus hijos y que de quitarnos algo tal vez sea mejor que vengan y nos quiten los caprichos y los lujos de los nuestros. Hemos de aprender a no tener más, a conformarnos con lo que tenemos por que hay una necesidad imperiosa y urgente: COMPARTIR. Aunque ningún partido hable de ello, aunque ningún sindicato defendiera estos derechos mínimos, incluso aunque la misma Iglesia se entretuviera más en cultos vacíos, en jubileos triunfantes por las calles o en restauración de palacios, como cristianos hemos de vivir siempre con una mano tendida a nuestros hermanos y prontos para el encuentro.

Termino con estos cuatro puntos, agradeciendo el que haya sido enviado en vuestro nombre más allá de nuestras fronteras. Con cierta preocupación vivo lo que se cuece aquí, dentro de las que serán siempre mis fronteras, pues el Reino de Dios hay que construirlo en todos sitios y ningún lugar es más noble o mejor que otro, sólo diferente. Gracias por seguir confiando en mi, pero recordar que esto es obra de Dios y que nosotros sólo hemos de hacer como María, en el silencio de nuestra casa, en la oración que brota de dentro, decirle que “si”.

 

 

 

 



 

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