Aprender a mirar
La mesa de todos los días
Por: Rafael Moya | Fuente: Cristo en la Ciudad

Después de la resurrección, algunos discípulos volvieron a pescar. Habían pasado la noche trabajando y regresaban cansados cuando descubrieron a Jesús esperándolos en la orilla. Había preparado fuego, pescado y pan.
Sorprende la sencillez de la escena. Después de todo lo ocurrido, Jesús pudo haber pronunciado un gran discurso. En cambio, preparó el desayuno.
Quizá porque querer a alguien también consiste en esas cosas pequeñas.
Preparar café antes de que otro despierte. Guardar un plato para quien llegará tarde. Preguntar si alguien ya comió. Esperar unos minutos para sentarnos juntos. Son gestos tan habituales que pocas veces pensamos que también allí puede expresarse el amor.
Muchas de las personas que más nos han querido probablemente no pronunciaron grandes discursos. Nos cuidaron de otra manera: preparando una mesa, esperando nuestro regreso o procurando que nunca nos faltara un lugar donde sentarnos.
Jesús convirtió una comida sencilla junto al lago en un encuentro.
Tal vez algunas de nuestras mesas también sean lugares sagrados y todavía no nos hemos dado cuenta.
Evangelio: Jesús prepara el desayuno para sus discípulos (Juan 21, 9-13).

















