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Tienes que ser un niño
"Si no son como niños, no entrarán en el Reino de los cielos".


Por: Alejandro Patron | Fuente: Catholic.Net



En el Evangelio de Mateo (18:3), Cristo dice algo que, si lo pensamos bien, suena bastante extraño:

“Si no son como niños, no entrarán en el Reino de los cielos”.

Y entonces uno podría pensar:

“Perfecto, voy comprando mis carritos, unos juguetes… y listo”. Pero no.

No se trata de eso.



 

No es necesario que seas un señor vestido de Marinerito igual que Kiko ni que te pongas a jugar con tus juguetes. Cristo no está hablando de regresar en edad… está hablando de recuperar algo que hemos perdido: la inocencia del corazón.

 

Y aquí vale la pena hacer una pausa.

Hoy en día, cuando escuchamos la palabra “inocencia”, muchas veces la asociamos a temas muy específicos o incluso superficiales. Pero en la fe, la inocencia es mucho más profunda: es la capacidad de ver el bien, de confiar, de amar sin prejuicios.



 

Un niño ve el mundo de una forma completamente distinta.

Para un niño, sus papás son los mejores.

No anda pensando mal de los demás.

No carga rencores.

Hace amigos con facilidad.

Y sueña en grande, porque en su corazón no existe ese límite que muchas veces nosotros mismos nos ponemos.

 

Y entonces vienen unas preguntas incómodas… pero necesarias:

  1. ¿Cuándo perdiste esa inocencia?
  2. ¿Cuándo dejaste de creer que eres bueno?
  3. ¿Cuándo empezaste a pensar que los demás no lo son?

 

En el libro del Génesis se repite una frase que es clave:

“Y vio Dios que todo era bueno”. Dios no crea cosas defectuosas. Dios no te creó “malo”.

Pero el mundo, las heridas, las experiencias, los rechazos… poco a poco van cambiando nuestra manera de ver. Nos llenamos de prejuicios, de miedo, de desconfianza. Y sin darnos cuenta, dejamos de mirar como niños.

 

Tal vez alguien te lastimó. Tal vez viviste situaciones que marcaron tu forma de ver a los demás.

Y eso va apagando esa capacidad de reconocer la bondad que Dios puso en cada persona.

Por eso, ser como niños no es una tarea sencilla. No es ingenuidad, es valentía.

 

Es decidir hacer a un lado el rencor, los prejuicios, el enojo… y empezar a mirar con amor.

Es poder ver en el mendigo a un amigo. En el que te cae mal, a un hermano. En el que te falló, a alguien que también necesita amor.

 

Ser como niños es volver a confiar.

Volver a creer.

Volver a amar.

Y sí, suena difícil… porque lo es. Pero también es el camino que Cristo nos propone.

 

Por eso hoy la invitación es sencilla, pero profunda: pídele a Dios un corazón nuevo.

Un corazón noble. Un corazón limpio. Un corazón que vuelva a ver la bondad en el mundo.

Para que, como los niños, puedas descubrir que incluso en medio de todo…

Dios sigue diciendo: “Todo es bueno”.







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