CARTA DE AMOR A DIOS
Por: Marlon Jose Navarrete Espinoza | Fuente: Catholic.net

Desde muy joven conocí al Señor. Lo encontré en un retiro espiritual al que asistí más por curiosidad que por fe. A partir de ese momento mi vida cambió profundamente: pasé de la indiferencia propia de la adolescencia a una fe viva y comprometida como católico. Comprendí que mi fidelidad al Señor debía ser una prioridad en mi vida.
Conocí temprano el amor de Cristo. Me enamoré de Dios siendo muy joven. Fue mi primer gran amor. Me enamoré de su voz suave en la conciencia, de su Palabra escrita en la Sagrada Escritura, de su promesa de vida eterna, de su Pasión, Muerte y Resurrección. Aquel retiro marcó mi historia; fue el inicio de una relación que, con la gracia de Dios, ha permanecido firme a lo largo de los años.
Sentí el deseo de consagrarme en la vida religiosa como expresión de ese amor, pero ese camino no prosperó. Sin embargo, el Señor me mostró que también como laico se puede vivir una entrega total. Así intenté permanecer como católico comprometido, a pesar de adversidades, pérdidas dolorosas, heridas emocionales y largos tiempos de prueba. En medio de tormentas, mi barca no naufragó, no por mis fuerzas, sino por su gracia. Muchas veces mis oraciones no fueron respondidas como yo esperaba, pero con el tiempo comprendí que Él siempre escuchó y respondió según su sabiduría.
He tenido caídas, miedos y momentos de debilidad. He experimentado mi fragilidad. Pero aun en medio de mis pecados y limitaciones, he procurado no apartarme del Señor ni sustituirlo por ídolos, ideologías o falsos mesianismos. Si algo he conservado ha sido el deseo sincero de permanecer en su amistad, sostenido por su misericordia.
He preferido atravesar tiempos de soledad y privación antes que vivir lejos de Él. Si he sufrido incomprensiones por defender mi fe, las he ofrecido con humildad. No por superioridad moral, sino porque sé que fuera de Cristo mi corazón no encuentra descanso.
La confianza en Dios la comparo con un naufragio en medio del mar embravecido. En mi interior escuché que podía elegir un bote salvavidas seguro o regresar al barco que parecía hundirse donde estaba Cristo. Elegí volver al barco, no porque Él necesitara mi compañía —pues el Señor no necesita nada— sino porque mi corazón no quería separarse de Él. Entonces comprendí que Cristo ya estaba en el verdadero bote de salvación. El barco se hundió, pero el bote donde estaba el Señor permaneció a flote. La tormenta cesó. En silencio aprendí que la salvación no está en mis seguridades, sino en permanecer con Él.
La Sagrada Escritura nos enseña que Dios se complace en la confianza plena (cf. Heb 11,6). Hoy, después de cuarenta años, puedo decir que el Señor ha sido mi gozo, mi consuelo y mi paz. Lo amo con mis defectos y debilidades, buscando siempre su perdón en el sacramento de la Reconciliación, para no vivir en una falsa autosuficiencia.
De aquel retiro, pocos perseveraron. Yo solo puedo dar gracias porque el Señor me ha sostenido. Si he permanecido fiel, ha sido por su gracia y no por mis méritos.
Para mí, Dios es primero, antes que todo y por encima de todo. Eso intento vivir cada día, como pecador necesitado de misericordia. Mi amor por Dios no se apoya en emociones pasajeras, sino en una decisión renovada cada día: permanecer con Él.
Un amor imperfecto, con temores y fragilidades, pero que, con su ayuda, no quiere desertar jamás.















