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Crisis de religión en la juventud
¿Qué está ocurriendo con los jóvenes en la actualidad?


Por: Francisco Mario Morales | Fuente: Catholic.Net



Dios entrega a los papás la semilla de un árbol para sembrarla, Dios le da vida – ninguna ciencia humana podrá explicar, el milagro, el soplo, el aliento de Dios, sin el cual no hay vida; las madres en especial, saben que Dios crea con ellas en el secreto ya sea del cuerpo y de las conciencias- y ha ambos padres se las entrega para cuidarlo, abonarlo, regarlo, podarlo, enderezarlo, para formarlo para su propio bien y el de los demás.

 

Ese árbol deberá dar flor, frutos y sombra, atraerá la lluvia, contribuirá a oxigenar el ambiente y no permitirá que los bosques se conviertan en campos áridos. De esa forma cumplirá su misión el joven o la joven, pero con la ayuda, orientación, formación y apoyo de sus padres.

 

EN LOS JOVENES



 

Cuando los principios religiosos y morales se practican solo por sucesión de una a otra generación –herencia-, por costumbre -que se hace ley- o lo que es peor, por imposición, sin un verdadero convencimiento, preparación, formación y crecimiento; provocará rechazo, rebeldía o se finge una aceptación muy lejos de sentir y que poco a poco se enfriará surgiendo la apatía, el alejamiento y la indiferencia. Y lo que viene a empeorar el ambiente familiar y religioso es cuando se dice, se impone, se obliga para que los hijos hagan una cosa y los padres hacen otra.

Superar las prácticas rituales y vivir profundamente:

 

“Este pueblo me honra con la boca, pero su corazón está lejos de mí. De nada sirve que me rinda culto: sus enseñanzas son mandatos de hombres. Porque ustedes dejan el mandamiento de Dios para seguir las tradiciones de los hombres” (Mc.7, 6-8). “De esta manera ustedes anulan el mandato de Dios con esas tradiciones que se transmiten unos a otros. Y hacen otras cosas parecidas” (Mc. 7,13).



 

TRADICION Y LAS TRADICIONES:

 

No confundamos las costumbres externas de los católicos con la tradición de la Iglesia.

Difícilmente tratamos de penetrar y conocer la tradición de la iglesia, por el contrario, nos aferramos ciegamente a tradiciones anticuadas y malas. Jesús nos indica el motivo: Se aferran a sus ritos porque son incapaces de creer. Su religión exterior es una sustitución de la fe auténtica que no tienen, se aferran a sus ideas, a sus posiciones tradicionales en lo religioso y en lo cultural porque es lo único que tienen y, si lo perdieran, hasta Dios no sería para ellos (Comentarios del capítulo y versículos de Mc. 7, 6-13, de la Biblia Latinoamericana).

 

Hay algo esencial que no cambia: Es la enseñanza de Dios. ¿Dónde la encontraremos? En la Biblia, en las enseñanzas de Jesús. Pero hay una manera de comprender a Jesús que es la propia de los apóstoles: es lo que llamamos la tradición de los apóstoles, y la Iglesia, fundada por los apóstoles, guarda esta tradición, o sea, este espíritu propio de ellos.

 

Veamos las siguientes citas bíblicas con detenimiento y meditemos lo que nos dice a cerca de las tradiciones humanas:

 

“No añadirás ni quitarás nada a lo que yo te mando, sino que guardarás los mandamientos de Yavé, tu Dios, tal como te los ordeno”

(Deuter. 4, 2).

 

“Pasarán el cielo y la tierra, pero mis palabras no pasarán” (Mt. 24, 35)

 

“No añadirás ni quitarás nada a lo que yo te mando, sino que guardarás los mandamientos de Yavé, tu Dios, tal como lo ordeno.”

(Deut. 4, 2).

 

DAR VIDA

“Jesús le dijo: ¿Qué dice la Biblia? ¿Qué lees en ella? Contestó: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con todo tu espíritu; y a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le dijo: Tu respuesta es exacta, haz eso y vivirás” (Lc. 10, 26-28)

 

La prueba de amar a Dios es guardar sus mandamientos (Jn. 14, 15).

 

 

 

 

“El que dice: Yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso”

(1 Jn. 4, 20).

 

Es necesario evitar en nuestra religión, lo insignificante, lo mecánico, y rutinario, dejar de hacer las cosas por simple costumbre.

 

La religión contiene: Dogmas, preceptos y medios de honrar a Dios

 

Dogmas: es la verdad revelada por Dios, principio innegable y fundamento de la religión.

 

Misterios: Las verdades que la razón humana no puede comprender y que deben ser objeto de fe.

 

Preceptos: Son la orden o mandato que Dios nos pide observar y guardar a todos los bautizados.

 

Los medios para honrar a Dios y santificarnos son: La Eucaristía, la oración, etc.

 

 

LA FALTA DE UNA VERDADERA FORMACIÓN RELIGIOSA

En la actualidad la principal preocupación como padres, es la formación científica y técnica de los hijos. En ayudar desarrollar sus habilidades y hasta la formación de la personalidad, y eso no está mal, pero está incompleta y por eso estamos viviendo las consecuencias en la realidad.

 

El origen de la soberbia, de la avaricia, de la lujuria, de la corrupción, de la envidia, del egoísmo, del odio y la violencia, es la falta de una verdadera formación religiosa y moral. Es restarle importancia a lo espiritual y darle demasiada importancia a la cultura del consumismo y de lo material.

 

Un ser sin moral y sin Dios, solo tratará de satisfacer sus propias pasiones, jamás respetará los derechos de los demás. Sus únicos objetivos serán: enriquecerse sin importar los medios, satisfacer sus propias pasiones, llenarse de obscenidad y de infamias. Todo como fruto de la falta de buenas costumbres, desconocerán la honradez, el respeto, la responsabilidad, el amor y la justicia.

 

 

Los niños, los adolescentes y jóvenes viven en soledad y abandono, desinterés y descuido de sus padres.

 

En la actualidad no hay tiempo para Dios ni para la familia, siempre habrá cansancio, demasiado trabajo y demasiados problemas que nos ocupan… “¡existen cosas más importantes!”

 

En nuestras manos, como padres, tenemos el cóctel (combinación – mezcla) decisiva y mortal. Por un lado el abandono a nuestros hijos, y por el otro las amistades nocivas

 

Cada vez que un hombre o mujer, niña, niño o anciano busca solo su propio bien olvidando a los demás, solo aumenta su egoísmo. Cuando solo nos preocupamos de nosotros mismos, no nos damos cuenta del mal que les estamos ocasionando a los demás.

 

Ahora, por falta de formación, se confunde, se altera, se da un sentido inverso a lo que debe ser la verdadera libertad. San Pablo a los Corintios en su primera carta, capítulo 10, versículo 25, nos da la mejor definición de la libertad: Se dice: “Uno es libre de hacer lo que quiera.” “Es cierto, pero no todo conviene. Sí, uno es libre hacer lo que quiera, pero no todo ayuda al crecimiento espiritual. No hay que buscar el bien de uno mismo, sino el bien de los demás.”

 

La moral es el límite de la libertad. Dios nos creo con inteligencia y voluntad para escoger lo que nos conviene para nuestro bien. La libertad es un regalo de Dios, y Él respeta nuestra libertad hasta el último minuto de nuestra existencia. La libertad es la facultad de hacer y decir lo que es lícito.

 

La libertad tiene un límite, y ese límite es el bien de los demás

 

Pero ahora dentro de la indiferencia, abandono y soledad en que se encuentra inmersa la juventud, solo buscan como único objetivo desahogar su frustración en: los estímulos e impulsos instintivos que preceden a la razón (instinto), en la propensión a los placeres de los sentidos (sensualismo), a los afectos desordenados (pasión) y a los deleites lascivos (lujuria), aunque las consecuencias sean funestas en todos los aspectos.

 

NO SOLO MAMÁ

 

La educación, formación, apoyo, orientación, atención y estimulo, no solo es responsabilidad de la mamá, sino de ambos, mamá y papá.

 

 

 

Cada uno debe asumir su responsabilidad, no solo pasársela culpando a los demás o esperar pasivamente a que el tiempo proporcione la solución.

 

Es tiempo de reconstruir, de aceptar con madurez y responsabilidad nuestros errores y de enmendarlos. Ya no debemos aparentar más sabiduría para ocultar nuestra ignorancia.

 

Muchos padres de familia no tienen ni el mínimo conocimiento religioso y otros cómodamente confunden la indiferencia, la apatía y el abandono, de ellos, con la libertad de sus hijos.

 

Otros papás utilizan la religión católica para chantajear a sus hijos; donde los hijos deben tener absoluta sumisión hacia sus padres, porque de lo contrario, “tendrán el castigo de Dios”.

 

Otros más se ufanan, se vanaglorian de sus “influencias” en la Iglesia, para decidir la vocación de sus hijos, “Porque lo mandan ellos”.

 

Los padres no solo deben esforzarse en la preparación de sus hijos, sino también en su formación religiosa, su formación moral y espiritual. Pero en cuanto a la vocación, se deberá dar toda la ayuda y apoyo para descubrir el llamado de Dios para servir a los demás, pero nunca imponer o decidir por ellos.

 

La mayoría de la juventud no ama, desconoce su religión y está llena de incógnitas:

 

¿cuántos conocerán, vivirán y disfrutarán su misa?

 

¿cuántos irán a misa por cumplir una tradición o una costumbre?

 

¿cuántos irán a misa cuando les nace?

 

¿cuántos se aburrirán y ni le entenderán?

 

¿para que ir a la iglesia?

 

¿por que hay que rezar?

 

¿por qué todavía se obliga ir a misa?

 

¿para qué perder el tiempo en la misa?

 

¿quién les podrá dar a conocer lo que es el verdadero amor?

 

 

 

¿POR QUÉ LA MISA ES EL CENTRO Y CUMBRE DEL CRISTIANO?

 

 

Estos y muchos otros son los cuestionamientos del adolescente o la adolescente, del joven o la joven. Y como padres se preguntan ¿Por qué tanta rebeldía y peros? La respuesta es una: El hijo o hija, de niño, estaba sujeto a una serie de hábitos, su actitud era ingenua y se puede decir mecánica. El hijo actuaba automáticamente a una religión inculcada por sus papás.

 

Pero en determinado momento de la juventud, el hijo o hija, quiere, siente la necesidad de ser independiente y satisfacer sus dudas y su curiosidad. Una reacción natural de todo ser humano, es liberarse de toda imposición y dar paso al convencimiento.

 

Los hijos sienten la necesidad de adherirse a una fe personal: ya no solo a una fe inculcada. No quiere vivir una religiosidad superficial y una serie de tradiciones rutinarias y exteriores, no acepta, porque no le convencen y no le satisfacen situaciones mecánicas. Requiere de su propia experiencia, su propio descubrimiento y encuentro con Dios, necesita quien lo oriente y lo lleve a ese propio encuentro.

 

A la juventud no le basta con solo recibir enseñanzas, sino el tener la vivencia, el propio descubrimiento, el encuentro personal y la propia convicción de Dios.

 

Los hijos al pasar de la adolescencia a la juventud, sienten necesidad de vivir, de conocer, a través del ejemplo de los padres una religión real con fundamento serio y coherente. En esta etapa, la Fe, el amor a Dios y al prójimo se hará más firme al lograr una convicción personal.

 

Pero para los hijos cuenta mucho y se puede decir que influye en forma definitiva el ejemplo y la coherencia de sus padres y mayores. El ejemplo, son las obras que uno hace o ha hecho.

 

Nada hay más desmotivante, para los hijos, que los padres digan una cosa y hagan todo lo contrario. Exigen algo que ellos mismos no cumplen, exigen e imponen respeto, pero entre ellos se ofenden, riñen y viven de mentiras y falsedades. Hablan de fidelidad y amor, y los hijos son testigos de infidelidades, odios y rencores.

 

Los adultos imponemos una serie de reglas que nosotros mismos muchas veces no cumplimos.

 

Los hijos exigen autenticidad de sus progenitores y guías morales y espirituales.

 

La juventud tiene la necesidad y el derecho de exigir de los adultos, lo que los adultos exigimos a la juventud. Los mayores tenemos él deber de ser auténticos, de no descuidar nuestros deberes, de comprometernos de ser los primeros en cumplir los preceptos que fija la religión, la moral y las leyes temporales. Somos los responsables y nadie más, de no descuidar nuestros deberes, de ser sinceros y de ser los primeros comprometidos y convencidos de la verdad que se les deben transmitir a los adolescentes y jóvenes, y de evitar solo actitudes exteriores o de doble personalidad.

 

En lo humano, en lo familiar y en lo social, todos y en todo dependemos del diálogo, de la comprensión; y con mayor razón lo requieren el adolescente y el joven, que por naturaleza, inmadurez y edad están llenos de dudas y conflictos.

 

El ser humano, sin distinción de sexos, siempre necesita apoyo, orientación, estímulo, motivación y mucho diálogo. El diálogo debe prevalecer siempre para ayudar al adolescente y al joven en su etapa formativa. La juventud en la mayoría de los casos pretende demostrar autosuficiencia, criterio y experiencia cuando en realidad lo que necesitan es quien los guíe para conocer la verdad, para conocer a Dios, la religión, el verdadero sentido de la formación, del respeto, de la libertad, responsabilidad, de la justicia y del amor.

 

Los padres deben aprender a escuchar, porque únicamente están habituados a hablar. Todos necesitan aprender a dialogar, porque el diálogo respetuoso y sincero puede ser la oportunidad de un intercambio de experiencias e ideas. El diálogo entre padres e hijos no debe ser una oportunidad de discusión, sino de conversar ante todo con la verdad, con honestidad, con interés y con la disposición de comprenderse y ayudarse mutuamente.

 

Cuando la educación, la relación entre padres e hijos se funda en órdenes y cumplimiento sumiso, o lo que es peor en, el autoritarismo, se crea una barrera, un distanciamiento, un congelamiento en toda relación familiar. El hijo o la hija no necesitan estar sometidos al temor, al poder de la fuerza, lo que se necesita es tiempo para dialogar, convencimiento, mucho amor y no imposición sino confianza y sinceridad. ¡Ese el reto a los padres, de las nuevas generaciones!

 







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