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La misericordia se vive, no solo se pide
Porque la misericordia no es solo algo que solo se recibe...es algo que se vive.


Por: Alejandro Patrón | Fuente: Catholic.Net



Pedimos misericordia todo el tiempo: “Señor, ten misericordia de mí” “Dios, perdóname” “Señor, tú sabes que soy débil”.

Y sí, la misericordia de Dios es infinita, fiel y paciente, pero hay una pregunta que casi nunca nos hacemos: ¿Yo soy misericordioso?

Porque la misericordia no es solo algo que solo se recibe…es algo que se vive.

Jesús lo deja clarísimo en una de las parábolas más directas de los Evangelios: el Juicio Final, en Mateo 25.

“Entonces el Rey dirá a los que estén a su derecha:
‘Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del Reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo’.”



Hasta aquí todo suena hermoso, celestial y que seguro te imaginas unas escaleras doradas que al fondo ves a Dios sentado en un trono gigantesco rodeado de ángeles.
Pero Jesús no se queda en lo “espiritual” entendido como algo lejano, sino que aterriza el Reino de los Cielos en lo cotidiano:

“Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber;
fui forastero y me recibieron; estuve desnudo y me vistieron; enfermo y me visitaron;
en la cárcel y fueron a verme.”

Lo más fuerte de esta parábola es que ¡los justos se sorprenden!:

“Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer,
o sediento y te dimos de beber?”

Y entonces Jesús revela el corazón del Evangelio:



“En verdad les digo que cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron.”

La misericordia de Dios no es una idea bonita ni una teoría espiritual, ¡Es una forma concreta de vivir! Se practica en la casa, en la calle, en el trabajo, en la escuela, en la familia.

Porque Jesús no nos preguntará: ¿Cuántas oraciones rezaste? ¿Cuántos retiros hiciste? ¿Cuántos versículos te sabías?

Nos preguntará algo mucho más directo:
¿Qué hiciste con el que estaba frente a ti?

Dar de comer no siempre significa un plato de comida, a veces es escuchar sin juzgar.

Dar de beber no siempre es agua, a veces es una palabra que anima.

Vestir al desnudo puede ser defender la dignidad del otro.
Visitar al enfermo puede ser cuidar o visitar a tus padres ancianos.
Y visitar al preso muchas veces es no condenar para siempre a alguien por su error.

Ahí es donde la misericordia deja de ser discurso y se vuelve Evangelio vivo.

Las obras de caridad no nos compran el cielo, pero sí nos preparan para él.

Porque el Reino de Dios no empieza después de la muerte, empieza cuando dejamos que Cristo reine en nuestras acciones, decisiones y actitudes.

Al final, cuando estemos frente a Él, nos sentiremos felices de que siempre supimos verlo en los demás a través de la misericordia.







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