Santificación de obras
Por: Francisco Mario Morales | Fuente: Catholic.Net

Algo realmente agradable a Dios e importante para nosotros es santificar, es ofrecer a nuestro creador el trabajo diario, nuestros deberes, nuestras responsabilidades: como hombre, como mujer, como profesionista, como ama de casa; como esposo o esposa. Como padre o madre, como sacerdote, como estudiante o comerciante, etcétera.
Todo lo que hagamos donde Dios nos haya puesto, ¡tenemos que hacerlo bien!, Por servicio y con verdadero amor al Dios y al prójimo.
La mejor ofrenda es la lucha diaria, el esfuerzo y el cansancio, pero a la vez, la satisfacción de ser útiles. De servir a los demás y de perdonar las ofensas. Todo lo que hagamos, lo hagamos con alegría y buena voluntad para honor y gloria de Dios.
Dice la estrofa de un canto litúrgico: “Yo canto cuando rezo y canto al trabajar”.
Dios no quiere vernos con caras largas, deprimidos y frustrados, con caras de víctimas, de sufrimiento o de luto. Jesús quiere alegría, entusiasmo y confianza en Él.
Los niños, los adolescentes y la juventud, ya no quieren exterioridades ni mucho menos superficialidades. La religión no es sentimentalismo pasajero, ni fingir piedad excesiva o vestir de hábito sin vivir en comunidad. Ser cristiano no son: ¡Beaterías!
Jesús no quiere que cumplamos nuestro deber, renegando o maldiciendo nuestra misión, tampoco reneguemos o blasfememos por tener hijos o no tenerlos.
LA INMADUREZ RELIGIOSA
Es un problema muy grave, y creciente. Esto afecta de tal manera que provoca que se entre confundan y mezclen la fe cristiana con una serie de supersticiones.
El ser humano siente la necesidad de afianzarse de algo, y cuando no conoce y no ama a Dios, entonces pone su confianza en los fetiches, amuletos, el tarot, en la ouija, en los astrólogos y adivinadores; Se llena de supersticiones, lo arrastra, la vanidad, el orgullo, la soberbia, la envidia, el egoísmo, la avaricia y la lujuria. Esto hace que muchos cristianos lleven una religión individual, limitada a una serie de prácticas externas, sin estabilidad, solidez y coherencia.
La fe de adolescentes, jóvenes y adultos debe crecer, pero es necesario ayudar a ese crecimiento con el trabajo, el ejemplo y el amor a Dios.
La palabra de Dios nos ayuda a que crezca la fe recibida en nuestro bautismo, y los sacramentos desarrollan y afirman nuestro amor a Dios y nuestro compromiso de obras para con el prójimo.
Es necesario escuchar continuamente la palabra de Dios, meditarla, leerla en la Sagrada Biblia y ponerla en práctica por medio de las obras. Es necesario recurrir a los sacramentos que son el alimento espiritual: la Eucaristía aumenta el amor a Dios y al prójimo, a través de la confesión Dios nos perdona nuestros pecados, y la Santa Misa reúne a todos como hermanos para participar en el memorial de Cristo, para vivir en comunidad y participación.
Lo que necesita el joven o la jovencita, es tener la convicción de que Dios existe, de que Dios le ama y que solo con la presencia de Dios se vive en paz. La juventud necesita conocer a Dios.
Conocer a Dios es amarlo (Mt. 22. 36) es comprometerse a dar ejemplo, a dar testimonio (Efe. 5.11).
Amarlo es obedecer sus mandamientos (Jn.14. 15), y amar al prójimo (Mt. 18.23).
Amar a Dios es buscarlo (Ezq. 33.11), Dios permite las pruebas para llevar a la conversión (Sal. 83 (82) 17), el premio de la conversión es encontrar a Dios (Deuter. 4, 29).
No solo debemos vivir una piedad popular, una religiosidad externa. Nuestra religiosidad nos debe llevar a un compromiso sincero de conversión, a no limitar nuestra piedad al uso de sacramentales (agua, ceniza, aceite, cirios) (Juan Pablo II, exhort. Apost. Postsind. (16)
Hablar de conversión quiere decir cambio de mentalidad. La conversión favorece, por tanto a una vida nueva en la que no hay separación entre fe y las obras. (Juan Pablo II, Exhort. Apost. Postsind. (26)
“El testigo no da sólo testimonio con palabras, sino con vida”. Hemos de tener presentes las palabras de Jesús: No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre Celestial (Mt. 7. 21).
Odiar no es vivir como cristianos, vivir en el egoísmo no es vivir el amor de Dios. Vivir en la división, en la soberbia, en la indiferencia, no es vivir los mandamientos de Dios.
Conocer a Dios es vivir según los planes de Dios, es amar a Dios, es obedecerlo. Es vivir el amor, la reconciliación, el perdón y la paz, es buscar el bien y desterrar el mal.
Para conocer a Dios se necesita sencillez y confianza (Sab. 1,1).
Conocemos al Padre conociendo a Jesús (Jn. 14. 7).
“El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”. “A Dios nunca lo ha visto nadie; pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor se hace realidad en nosotros” (Jn. 4. 8,12)
Amor no solo es sentimentalismo, filantropía o limosnas ostentosas. “Si solo entrego lo que poseo para recibir alabanzas, de nada me sirve” (1 Cor. 13. 3).
“¡Que tu dinero se condene contigo, porque haz pensado comprar con dinero lo que es un don de Dios!” (Hch. 8,20)
¿AMOR O CARIDAD? Al comienzo, las dos palabras decían exactamente lo mismo. Pero con el paso del tiempo, {caridad} llegó a designar la ayuda que se da a alguien en forma de limosna. Por otra parte la palabra {amor} se ha llegado a designar para muchos el cariño entre un hombre y una mujer. (Comentar. Biblia Latinoamer).
Pero al hablar del amor de Dios no es exclusivo de parejas, o de hombre, o de mujer, o solo para un grupo selecto. Para Dios el amor es el amor entre compañeros, el amor a los enemigos, el amor a los padres, el amor a los hijos, al prójimo, a todos.
El adolescente, la adolescente, el joven y la joven ansían conocer al Dios amor. Desean conocer, vivir practicar el amor y a través del amor conocer a Dios.
No hay mejor descripción del amor que la que hace San Pablo en su 1ª carta a los Corintios en el capítulo 13.
Vivir el amor, “Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse, ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad”.
AMOR: (del latín amor – oris)
Se conocerá que son mis discípulos si se aman los unos a los otros. El amor fraterno abierto a todos es un distintivo irremplazable del cristiano. Si Dios es amor y Cristo vino para hacernos a todos hermanos, hay que aportar a los demás todo el amor que nos es posible, en la actitud, en la acción, en el servicio. No es el sufrimiento lo que redime, sino el amor. (Sor Guadalupe Pimentel)
El enfriamiento en el amor es signo de la decadencia (principio de la ruina y de la degradación) “habrá tanta maldad que la mayoría dejará de tener amor hacia los demás”. (Mt. 24. 12).
La adolescencia y la juventud necesitan una verdadera formación en el amor. Enseñar a amar no requiere de tanta ciencia y técnica. El verdadero amor no es química.
Amar es obediencia, es servicio, amar es buscar el bien de los demás, amar es perdonar. Amor es no pensar tanto en recibir sino en dar. Se debe humanizar al joven o a la joven en el sentido de que: “nadie puede ser feliz sin hacer felices a los demás”. “No busque nadie sus propios intereses, sino más bien el beneficio de los demás” (Fil.2, 4).
“Hay mayor felicidad en dar que en recibir” (Hch. 20, 35)
La regla de oro: “Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes” (Mt. 7,12).
Los padres católicos y los jóvenes deben trabajar de inmediato y permanentemente en diálogos constructivos y salvadores, el de fomentar lo que nos une en lugar de lo que separa, en lo que lleva a la conciliación y no a la división. Perdonar es cristiano y además es verdadero amor.
La juventud debe conocer, tiene derecho a vivir el amor. No más enseñanzas de que la vida es solo: odio, rencor, divisiones, conflictos.
Enseñemos a buscar la verdad, ayudemos a la juventud a un encuentro personal con Cristo.
Solo Él es: “El camino, la verdad y la vida”.
Solo en Jesús encontrarán la verdadera felicidad.
La juventud tiene necesidad de encontrar la verdad.
Amar a Dios es amor a la vida
Amar a Dios es practicar la justicia
Amar a Dios es amor a la verdad
Amar a Dios es amor al prójimo.
“Hablar de Jesús a los hombres, “Darlo a conocer”, quiere decir que se reflexione en su persona, en su mensaje, en sus enseñanzas, en sus ejemplos, en sus obras, que se construye la única esperanza para la humanidad sacudida por el error, la mentira y el desamor.” (Rafael Gómez Pérez S.J.).
LA IMPORTANCIA DE LOS MANDAMIENTOS
Cada uno debe cumplir los mandamientos, no como un deber impuesto, sino ante todo por amor. Porque el hacer de los mandamientos un modo de vida, por amor, así como amar a Dios sobre todo y a nuestros prójimos como nos amamos a nosotros mismos, nos dará la verdadera paz y felicidad que todos anhelamos. La fe ante todo debe ser personal, solo en esta forma se podrá amar verdaderamente nuestra religión.
Es necesario recordar los primeros 3 mandamientos que son nuestra relación con Dios y los otros 7 son la organización de nuestra sociedad.
No solo hay que pensar en lo material y en la vida temporal. Para ganar la vida eterna no es suficiente con creer, sino hay que cumplir los mandamientos de Dios y de la Iglesia.
San Pablo en su primera carta a los romanos, en el capítulo 1, versículos del 28 al 32, nos habla de la consecuencia de despreciar a Dios, y nos dice:
“Como no quieren reconocer a Dios, Él los ha abandonado a sus perversos pensamientos, para que hagan lo que no deben. Están llenos de toda clase de injusticias, perversidad, avaricia y maldad. Son envidiosos, asesinos, pendencieros, engañadores, perversos y chismosos, hablan mal de los demás, son enemigos de Dios, insolentes, vanidosos y orgullosos; inventan maldades, desobedecen a sus padres, no sienten cariño por nadie, no sienten compasión. Saben muy bien que Dios a decretado que quienes hacen estas cosas merecen la muerte; Y sin embargo las siguen haciendo, y hasta ven con gusto que otros las hagan.”
Todo lo que nos menciona San Pablo, y sus consecuencias, se evitarían con solo cumplir los 10 mandamientos. Si todos conociéramos e hiciéramos de los mandamientos un modo de vida personal, familiar, social y religiosamente, otra sería la realidad.
“Te sientes orgulloso de la ley, pero no la cumples y deshonras así a tu Dios” (Rom. 2, 23).
Es importante no olvidar que antes de vivir una religión heredada es necesario vivirla por convicción y conocimiento, no estar como espectadores, buscar las verdaderas razones, profundizar y comprometerse, gozarla y dar ejemplo y testimonio de esa riqueza. Es necesario que como papás se haga de la fe una realidad. Que se practique, que se dé ejemplo y seamos congruentes.
Los hijos no darán cuenta a Dios de los actos de sus padres, pero nosotros, los padres, si daremos cuenta a Dios de los actos de nuestros hijos, por no haber dado una formación y haber cumplido con nuestra responsabilidad.
Pero en la familia se ha contribuido al ambiente adverso que vive la juventud, a la confusión en la fe, por el desinterés y comodidad de los mayores.
- A todo lo anterior contribuye la incongruencia de los adultos (papás, maestros, algunos sacerdotes, etc.).
- Se actúa en el interior del templo de una manera, en la casa, en la oficina, en el negocio, en la política y en la calle, de otra.
- Ser católicos de eventos sociales.
- Solo las tradiciones y costumbres externas no convencen y muchas veces decepcionan y alejan.
- Se debe asistir a misa no por un deber sino por convicción, gratitud, confianza y verdadero amor a Dios y unidad entre hermanos.
"Ámense sinceramente unos a otros. Aborrezcan lo malo y sigan lo bueno. Ámense como hermanos los unos a los otros, dándose preferencia y respetándose mutuamente.
Esfuércense, no sean perezosos y sirvan al Señor, con corazón ferviente.
Vivan alegres por la esperanza que tienen; soporten con valor los sufrimientos; no dejen nunca de orar.
Hagan suyas las necesidades de los que pertenecen al pueblo de Dios; reciban a quienes los visitan.
Bendigan a quienes los persiguen. Bendíganlos y nos los maldigan.
Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran.
Vivan en armonía unos con otros. No sean orgullosos, sino pónganse al nivel de los humildes. No se crean sabios.
No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos.
Hasta donde dependa de ustedes, hagan cuanto puedan por vivir en paz con todos.
Queridos hermanos, no tomen venganza ustedes mismos, sino dejen que Dios sea quien castigue; porque la escritura dice: “A mí no me corresponde hacer justicia; yo pagaré, dice el Señor.” Y también: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; así harás que le arda la cara de vergüenza.” No te dejes vencer por el mal. Al contrario, vence con el bien al mal". (Rom. 12, 9- 21).
"Hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo les ruego que se pongan de acuerdo y no estén divididos. Vivan en armonía, pensando y sintiendo de la misma manera. Digo esto, hermanos míos, porque he sabido por los de la familia de Cloé que hay discordias entre ustedes. Quiero decir, que algunos de ustedes afirman: “Yo soy de Pablo”; otros: “Yo soy de Apolo”, otros: “Yo soy de Pedro; y otros: “Yo soy de Cristo.” ¿Acaso Cristo está dividido? ¿Fue crucificado Pablo a favor de ustedes? ¿O fueron ustedes bautizados en el nombre de Pablo?".
















