A LA REINA DE LA PAZ, MADRE DEL REDENTOR Y DE LOS REDIMIDOS
Por: P. Eugenio Martín | Fuente: Catholic.Net

Habiendo publicado el 12 de octubre del 2018 un artículo titulado Catholic.net - A LA REINA DE LA PAZ Corredentora y Mediadora de todas las gracias, creo necesario -por honestidad intelectual y obediencia a mi Madre, la Iglesia- hacer una aclaración y corrección, a raíz de la nota del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Mater Populi fidelis - Nota doctrinal sobre algunos títulos marianos referidos a la cooperación de María en la obra de la salvación (4 de novembre de 2025). El principal problema que la nota busca afrontar es la “interpretación de los títulos aplicados a la Virgen María”, y concluye afirmando que es “siempre inoportuno el uso del título de Corredentora para definir la cooperación de María” (Mater Populi Fidelis, 22) y equívoco el término de Mediadora de todas las gracias, cuando estos títulos pudieran oscurecer la mediación salvífica y única de Jesucristo.
Lógicamente que lo primero es agradecer la orientación de la Iglesia en nuestra reflexión teológica, puesto que la función de los teólogos, respecto al Magisterio, está orientada a profundizar la inteligencia de la Revelación, siempre en comunión con la Iglesia. La teología busca ayudar al Magisterio a interpretar los signos de los tiempos, pero siempre en diálogo, obediencia y cooperación orgánica. A todos nos toca ponernos a la escucha del sensus fidei fidelium y al servicio de la verdad revelada, caminando al paso de la Iglesia.
Dicho lo cual, quisiera exponer en qué sentido usé los términos en mi anterior artículo y cuáles fueron las motivaciones para sumarme a la petición de quienes solicitaban del Papa la consideración de una proclamación de un nuevo dogma mariano, como escribí entonces, “cuando la Iglesia lo juzgue oportuno”. Esperando que estas aclaraciones ajusten mejor mis afirmaciones de un simple sacerdote, que sólo ha completado sus estudios básicos de teología, al sentir del Magisterio de la Iglesia.
Como se puede comprobar en mi anterior artículo, después de haber dejado claro que Cristo es el Único Mediador entre Dios y los hombres, explico cómo eso lo convierte en el “Príncipe de la Paz”, porque gracias a su sacrificio en la cruz, nos ha reconciliado con Dios y ha restablecido la nueva y eterna alianza. El lugar de la Virgen María en la obra de la Redención nace precisamente de su inclusión en la vida de Cristo, como Madre del Redentor -por decisión y llamada de la Trinidad- y como madre de los redimidos, -por petición expresa de Jesucristo desde la cruz-. Creo que coincide con lo que expresa con gran profundidad y mayor precisión teológica el documento del Dicasterio de la Doctrina de la Fe en su introducción, donde se afirma que: ”El eje que atraviesa todas estas páginas es la maternidad de María con respecto a los creyentes” (Mater Populi Fidelis, Presentación).
Es curioso cómo muchos de los mejores teólogos y biblistas conversos del ámbito anglicano y protestante, como John Henry Newman, Ronald Knox, o G.K. Chesterton, en el primer caso; David Currie, Scott Hahn o Brant Pitre, en el segundo; han captado precisamente lo específico de María en la obra de la Redención y se han sentido atraídos por su figura, al descubrir en Ella la coherencia interna de la fe católica sobre Cristo, la Iglesia y la gracia. Ellos no tienen ninguna dificultad en reconocer que: “No se puede amar verdaderamente al Hijo sin honrar a su Madre”. “María no es en absoluto una pantalla que nos impide ver a Cristo. Ella es el espejo luminoso de sus grandezas; es escudo de las verdades de la fe; no es rival, sino la sierva de su Hijo” (John Henry Newman). “El problema no es que los católicos hablen demasiado de María, sino que los protestantes hablan muy poco de su Hijo en relación con ella” (Scott Hahn).
Por ejemplo, Brant Pitre, en su libro “Jesús y las raíces judías de María”, explica cómo las creencias de la iglesia primitiva sobre María hunden sus raíces en la tradición judía y su interpretación del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo. Y citando el número 487 del Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree de Cristo, pero lo que enseña sobre María, ilumina a su vez la fe en Cristo”.
Presentando a María como la nueva Eva, se ilumina incluso el dogma de la Inmaculada. El de la Asunción a los cielos desde la figura o “tipología” de María como nueva Arca de la Alianza. Su virginidad, desde las antiguas profecías del judaísmo sobre la madre del Mesías y el voto que expresa al ángel Gabriel (Lc 1, 34). Lógicamente pocas referencias se encontrarán en el Antiguo Testamento, y es quizás el dogma más difícil de entender y explicar, el de María como Madre de Dios. Pero sí se puede intuir, como lo hizo san Atanasio, en algunas de las profecías de Miqueas (5, 1-3) o de Isaías como aquella “que dará a luz al Emmanuel, o el Dios con nosotros” (Is 7,9; 66, 16-19).
Queda un título, que es el de María como Reina Madre (en hebreo “gebirah”) que no lo asocia a ninguno de los dogmas, pero es muy importante. La idea de un “Reino”, nación regida por un heredero de la familia real, es esencial para comprender el mensaje bíblico de salvación. El mismo Jesucristo empieza su ministerio con este mensaje: “El Reino de Dios está cerca” (Mc 1, 14-15). En el ciclo de Samuel, se promete el establecimiento de un “reino que durará para siempre” (2 Sam, 7), y el Mesías será un descendiente del Rey David. Pero en Israel, la Reina no es la esposa sino la Madre del Rey, como se puede constatar en diversos textos de los salmos (45, 6-9) o en 1 Reyes 2, 13-14; 17-20. Y en ellos se la presenta como poderosa intercesora.
Al pie de la cruz, a la derecha del Rey, es precisamente donde adquiere mayor esplendor el papel de María como Reina e intercesora. Como se comenta en la Nota del Dicasterio, San Juan Pablo II se refirió en diversas ocasiones a esta mediación materna y siempre subordinada a la mediación única de Cristo “relacionándolo especialmente con el valor salvífico de nuestro dolor ofrecido junto al de Cristo, al cual se une María sobre todo en la cruz” (Mater Populi Fidelis 18). Ahí es donde mejor se entiende “el lugar de María en la victoria de Cristo sobre el pecado y en la obra de la Redención”, título el apartado III de mi artículo.
Transcribo el primer párrafo completo del mismo:
San Ireneo de Lyon dice: “el nudo que hizo Eva con su desobediencia lo deshizo María con su obediencia”. Al llamar Cristo crucificado -el nuevo Adán- a su Madre al pie de la Cruz, le pide a la nueva Eva que represente a su lado los aspectos secundarios y accidentales de la humanidad, aspectos que no ha asumido Él, como son: la condición de simple creatura, de persona humana, de mujer, de rescatada y la actividad oscura de la fe.
“Estos cinco rasgos de la condición humana, que no asumió Cristo, son estrechamente correlativos. Lo que los resume a todos es la femineidad, si se da a esta noción el pleno valor que le otorga la teología bíblica y patrística. En efecto, cuando la Biblia y los Padres presentan las relaciones de Dios y de la humanidad rescatada, bajo los rasgos de un matrimonio, Dios es siempre el Esposo, y la humanidad la Esposa. El hombre representa la iniciativa, el poder y la autoridad de Dios; la mujer, la respuesta, la receptividad y la subordinación de la creatura” (RENÉ LAURENTIN, “La Virgen y la Misa” Al servicio de la paz de Cristo. Ed Desclée de Brouwer, pág 46).
Dice la Nota del Dicasterio: “María no reemplaza al Señor en algo que Él no haga (no quita ni añade). (…) Más bien, siendo asociada a Él es María la que recibe de su Hijo un regalo que la sitúa más allá de ella misma, porque se le concede acompañar la obra del Señor con su carácter materno. Volvemos entonces al punto más seguro: la contribución dispositiva de María donde sí puede pensarse en una acción en la que ella aporta algo propio en cuanto «pueda disponer de algún modo»[170] a otros.” (Mater Populi Fidelis 65).
Ahí es donde se entiende la expresión de san Pablo en su carta a los Colosenses, 1, 24: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros; así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su cuerpo que es la Iglesia”. ¿Es que le falta algo a la obra de la Redención de Cristo? Varios de los exegetas de este texto, como Schlier o Lohse, comentan que el término usado “θλιψις” (del griego: sufrimientos, tribulaciones, pruebas) en el contexto de esta carta de san Pablo no se refieren tanto a la tribulación escatológica, sino la apostólica, es decir, lo que completa la pasión de Cristo son los trabajos que implica para el Apóstol san Pablo la extensión del Reino de Cristo, en cuanto él fue el fundador de esas primeras comunidades cristianas a las que escribía y por las que se desgastaba día a día.
En el caso de María, como se ha indicado más arriba, se trata de la primera creatura redimida que inaugura Su Reino, asociada como Madre del Redentor y de los redimidos al único y eterno sacrificio de su Hijo Jesucristo. Por su condición de mujer y madre, ha sido elegida para acoger al Autor de la gracia, dar vida y favorecer su crecimiento en ella misma y en la Iglesia. Su “sí” como creatura y como madre hizo que colaborase de manera única en la obra de la salvación. Pero esa condición materna es la que nos permite entender en María esos sufrimientos (“θλιψις”) de los que habla san Pablo y la mediación a la que nos referimos.
“El ir al encuentro de las necesidades del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de la misión mesiánica y del poder salvífico de Cristo. Por consiguiente, se da una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos”. (JUAN PABLO II, Redemptoris Mater 21). No es una fuente paralela ni sustitutiva del único Mediador. La fe del pueblo de Dios ha entendido con tanta naturalidad y sin ningún tipo de complicaciones este privilegio de María, que la invoca en sus oraciones más populares. En la “Salve” como Abogada en todas sus necesidades para que “nos muestre a Jesús, el fruto bendito de su vientre”. Y en el “Avemaría” como segura Intercesora, cuando concluye: “ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”. Al ser la Madre del Redentor, la “llena de gracia”, se ha convertido en Mediadora de todas las gracias.
Posiblemente esa crisis y rechazo que hoy en día constatamos a toda mediación y autoridad me motivó a sumarme a quienes pedían un nuevo dogma. Sabemos que los dogmas en la Iglesia Católica no aparecen para inventar nuevas verdades, sino para proteger, clarificar y transmitir con fidelidad el depósito de la fe, en especial frente a las necesidades pastorales. Pero si la Santa Sede nos pide no usar los términos de Corredentora y Mediadora de todas las gracias, así lo haremos. He propuesto un nuevo título para mi artículo: “A la Reina de la Paz, Madre del Redentor y de los redimidos” y esperaremos al juicio de la Iglesia mientras seguimos profundizando en nuestra comprensión teológica.

















