Hay días en que el alma no despierta con fuerza, y la ciudad pesa más que de costumbre.
Días en que las luces parecen opacas, el ruido cansa y uno siente que camina contra el viento.
Pero en medio de ese desgaste cotidiano hay un misterio silencioso:
no caemos… porque Alguien nos sostiene.
Cristo camina a nuestro lado incluso cuando nosotros no tenemos ganas de caminar.
Él recoge lo que se nos cae del corazón, levanta lo que no podemos por nosotros mismos
y guarda en su silencio la fortaleza que todavía no vemos.
La ciudad sigue siendo la misma, sí.
Pero uno cambia cuando descubre que no está solo.
Y entonces, incluso en los días más pesados, brota una gratitud pequeña pero firme:
“Gracias, Señor, por sostenerme aun cuando no puedo con todo.”


















