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Ecos escatológicos que nos trae el mes de noviembre
"Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás". (Juan 11:25-26)


Por: Ángel Gutiérrez Sanz | Fuente: Catholic.Net



Las festividades celebradas en noviembre le han convertido en un mes de claras referencias escatológicas. Noviembre, a los ojos del profano, aparece revestido de una tonalidad un tanto lúgubre y sombría, en que las puertas de los cementerios se abren y se convierten en centros de peregrinación de obligada visita, allí acudimos a encontrarnos con nuestros muertos, para decirles que no les hemo olvidado y que nunca lo haremos, que siguen y seguirán teniendo un puesto privilegiado en nuestro corazón.

Noviembre resulta ser el mes idóneo, que nos permite hacer una alto en el camino para pensar en la muerte, a la que estamos íntimamente ligados y siempre nos acecha, pues tengas la edad que tengas, siempre serás lo suficientemente viejo para morir o reflexionar también sobre y el sentido de la vida, abierta a la trascendencia. La muerte y todo lo que con ella está relacionado, no es precisamente el tema que apasione al hombre de hoy, más bien todo lo contrario. Podíamos pasarnos tranquilamente todo el año sin hacer mención de ella, si no fuera porque nos sentimos obligados a hacer memoria de nuestros seres queridos y como de rebote, recordar también que nosotros tendremos que pasar un día por ese doloroso trance, del que nadie va a poder escapar. Hasta cierto punto resulta lógico que nuestra sociedad, entregada a la pasión de vivir el momento presente, no quiera oír hablar de la muerte y haga cuando esté en sus manos para liberarse de esa pesadilla. Se puede comprender, pero no compartir.

  1. los tiempos de Grecia, tenemos noticia de que los filósofos se esforzaban por llevar un poco de consuelo a los hombres angustiados por este tema. Recordemos, aunque sea de pasada, el ingenioso argumento de Epicuro destinado a demostrar que no hay razón alguna para preocuparse por la muerte. Mientras vivamos, dice el filósofo de Samos, estemos tranquilos, pues la muerte no estará y cuando la muerte esté, entonces somos nosotros los que ya no estaremos, por lo tanto, nunca nos encontraremos con ella cara a cara. El hombre actual, hoy día, necesita igualmente liberarse de ese sentimiento perturbador asociado a la muerte, que le impide celebrar en todo su esplendor la fiesta de la vida, para ello recurre a formas menos reflexivas y más jocosas, frivolizándola e ironizándola. A la muerte la hemos convertido en un motivo de jolgorio, que es lo que mejor sabemos hacer. La fiesta de Halloween ha pasado a ser una forma de jugar con la muerte. Para ahuyentar nuestros miedos, nos disfrazamos de difuntos vivientes, convirtiendo la muerte en una broma. Después de restarle dramatismo, quedamos liberados de nuestra tensión emocional y ello permite reírnos y ver la muerte como una inocentada, pero todo ello es pura apariencia, que para lo único que sirve es para engañarnos a nosotros mismos.
  2. tan cierto como que un día tenemos que dejarlo todo y abandonar este mundo, en el que hemos intentado ser felices a nuestra manera, pues como reza la coplilla popular: “En este mundo traidor/ nadie sin morir se escapa. / Muere el pobre, muere el rico/ muere el rey y muere el papa. Triste es reconocerlo, pero así es. A todos nos produce vértigo dar ese salto en el vacío, porque no sabemos qué puede haber detrás del muro que separa el mundo de los vivos del de los muertos y por mucho que intentemos asumir el hecho natural de que la muerte forma parte de la vida, nunca vamos a librarnos de este vahído angustioso, cuando llegue el momento de partir. Es lo que se llama el instinto de supervivencia, al que tan íntimamente estuvo ligado Unamuno. “Tener que morir sin querer morir” fue para él como para la mayoría de los mortales fuente de angustia, del que se nutre el sentimiento trágico de la vida.

Si tan cierto y evidente es que tenemos que morir un día, cabe preguntar. ¿Tiene entonces algún sentido la existencia humana? Responder a esta pregunta fue la obsesión de existencialistas, de la talla de J. P. Sartre, M. Heidegger o A. Camus, quienes llegaron a la conclusión de que “nacemos para morir”. De la nada vinimos y a ella hemos de volver, de tal modo que cuando todo haya pasado, el único que nos estará esperando será el sepulturero. No hace falta decir que el “presentismo”, que caracteriza a nuestra sociedad desesperanzada, hunde sus raíces en el supuesto existencialista de que la muerte es el final del camino y lo único que procede es vivir intensamente el momento presente y estar atentos para que nada se nos escape. Ante semejante situación, la única posibilidad que nos queda, es alargar la vida y retrasar el momento de nuestra partida. Precisamente ésta es la aspiración del humanismo posmoderno, que sirviéndose de la ciencia nos garantiza acabar con el dolor y las enfermedades. Nos promete también una supervivencia que vendría a sustituir a la inmortalidad cristiana.

Pensar que la muerte vaya a desaparecer un día de nuestro horizonte humano no deja de ser una utopía. Ahora bien, no hace falta que la muerte deje de ser un componente de nuestra condición humana, podrá ser asumida si la entendemos como un mero tránsito, una condición indispensable para poder renacer en Cristo. Al igual que el grano de trigo tiene que pudrirse en la tierra y desaparecer para convertirse en sazonada espiga, también los humanos podemos llegar a ver en la muerte una puerta que se nos abre, para poder disfrutar de una vida más plena. Éste y no otro es el mensaje esperanzador que nos trasmite el cristianismo, fundado no en especulaciones vanas sino en hechos contundentes suficientemente probados, por eso creer en la promesa de Cristo resulta ser lo más razonable del mundo. Sus palabras no dejan lugar a dudas: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás". (Juan 11:25-26)

Tendremos que morir para poder nacer a una vida nueva, esa que nos hará plenamente felices en Dios. El misterio de la muerte solo puede ser desvelado a luz resplandeciente de Cristo resucitado. La esperanza de la humanidad está en Cristo, que ha vencido a la muerte haciéndonos a todos partícipes de su victoria. No es posible otra esperanza, ni tampoco la necesitamos. Para poder mirar a la muerte de frente, cara a cara, con inquebrantable confianza, solo necesitamos saber que, cuando haya acabado nuestro peregrinaje sobre la tierra, nuestro Padre nos está esperando con los brazos abiertos.



 

 

 







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