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Cuando orar se hace cuesta arriba
Te pido disculpas si ahora te hablo así, desde esa sequedad que me hace difícil estar contigo.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



El padre abad había experimentado momentos de desaliento y cierta desgana cuando iba a rezar. Imaginaba que había un muro interior que lo separaba de Dios.

Fue a la capilla y empezó a hablar con Cristo Eucaristía.

“Señor, te saludo en este día que me concedes. Vengo con mi corazón distraído. Tengo que decirte que orar se me ha hecho cuesta arriba.

Ayer me pregunté si realmente hablo contigo o con una idea más o menos confusa que tengo sobre ti.

Me siento extraño en la oración. Cuando hablo, cuando leo, cuando voy al huerto, cuando hago trabajos de carpintería, me siento mejor, como si yo llevase las riendas de mi vida.



En cambio, cuando voy a la oración, experimento como si forzase mi mente y mi corazón para encontrarme con Alguien lejano, que no toca realmente mi vida ordinaria.

Me da pena decirte esto, pero es lo que experimento: un muro interior, un alejamiento interno de ti, una tristeza que no es sana.

Siento algo de envidia hacia aquellos santos, y tantas personas de todas las edades y situaciones, que parecen orar con alegría, sin dificultades, como quienes hablan con una persona de verdad.

Sabes que llevo muchos años en este camino espiritual. Por eso me sorprende reconocer que estoy casi en pañales en mi vida de oración.

Me gustaría estar contigo como Alguien vivo, cercano, amigo, que me escucha y que me habla, que me tiene paciencia y que atiende mis peticiones y mis quejas.



Seguramente, ahora que termine esta oración (si puedo llamarla así) volveré a ser el de siempre: preocupado por lo inmediato, impresionado por tantas noticias trágicas, consolado al encontrarme con quien me ofrezca cariño y cercanía.

Te pido disculpas si ahora te hablo así, desde esa sequedad que me hace difícil estar contigo. Al menos hemos estado juntos, aunque no sé si yo estuve de verdad contigo, ni puedo asegurar que te percibí a mi lado.

Antes de irme, déjame pedirte, mi Dios y mi Señor, como un mendigo que no tiene nada, pero que espera la llegada de esos dones que Tú das a quienes amas: consuelo, misericordia, paz, esperanza y, sobre todo, intimidad de amigo…”.







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