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Visitar a los presos (Mt 25,36) (12)
Importantes ejemplos encontramos en relación con el anuncio del evangelio desde los primeros tiempos de la vida de la Iglesia.


Por: Mons. José Rafael Palma Capetillo | Fuente: Semanario Alégrate



La visita a los reclusorios siembra la esperanza

Dentro de los muros y detrás de las rejas de una prisión están algunos hermanos nuestros con los cuales Cristo quiere asimilarse. ¡Nos parece increíble e incluso a veces inaceptable! Es cierto que: “Hay seres humanos que están adentro de las cárceles injustamente y anhelan estar afuera, y por otra parte hay también otros que están libres por las calles y deberían estar dentro de las prisiones” (el 16 de diciembre de 2004 así se refirió Francisco Brito Herrera, el Director de la Penitenciaría de la ciudad de Mérida, Yucatán, en su discurso inicial, durante el desayuno a favor de la Navidad de las personas privadas de libertad, que tuvo lugar en el Colegio Mérida). A pesar de esta sabia observación – que ordinariamente señala sistemas injustos y con frecuencia llenos de corrupción–, nuestra visita a los reclusorios es para ayudar a los internos, niños, jóvenes, adultos, varones y mujeres, a tomar conciencia de que Jesús los acompaña siempre, porque los ama y son los predilectos de Dios.

Cristo se identifica con las personas privadas de su libertad, sin importar la causa de su detenimiento. Si son inocentes o culpables, incluso algunos que ya son psicópatas (según los especialistas –psiquiatras y psicólogos– la ‘psicopatía’ es lamentablemente la única enfermedad mental que propiamente no tiene remedio ni curación, porque ya es un padecimiento mental que ha afectado lo más profundo de la persona), en realidad no importa, porque Jesús dice: “A mí me visitaron”.

La visita a los reclusorios es principalmente para sembrar esperanza en los internos, algunos con muchos años ya transcurridos en la cárcel y otros por asumir, otros con algunas costumbres e incluso mañas que ya traen desde antes. Sin embargo, Jesús nos pide mirarlos como hermanos, encontrar su imagen incluso en sus tatuajes, en sus cicatrices, en su endurecimiento, y hasta en su sonrisa –a veces sincera y otras veces sarcástica– de cada uno de ellos.

Jesús no solamente nos pide tener compasión de ellos, sino también visitarlos. No sólo recordarlos en nuestras oraciones, sino hacernos nosotros mismos presentes ante los que no pueden salir. En eso consiste esta obra de misericordia corporal.



Solidaridad con los encarcelados

Ante todo, los familiares y amigos de las personas privadas de libertad son los primeros en sentirse invitados a practicar esta obra de misericordia. Sin embargo, la invitación de Jesús es para todos, porque siempre podemos compartir un mensaje de amor, de paz y de esperanza.

Existen algunos pasajes emblemáticos de la Biblia que anuncian a los prisioneros la liberación. El profeta evoca el “proclamar la amnistía a los cautivos” (Is 61,1). Cristo aplica para sí la expresión profética de “llevar la libertad a los cautivos”. También encontramos otros textos que dicen: “Saca, Señor, mi vida de la cárcel” (Sal 142,8); “Acuérdense de los presos como si estuvieran detenidos con ellos” (Heb 13,3).

Cristo ya había anunciado lo que los primeros seguidores suyos iban a padecer: “Los perseguirán, entregándolos a las sinagogas y a las cárceles” (Lc 21,12), lo cual da como resultado una relación particular entre los miembros de las comunidades cristianas y los hermanos encarcelados por motivos de la fe.

Jesús en la víspera de su pasión y muerte fue encarcelado, y permaneció lastimado y en la oscuridad, sin embargo, pide acercarse a los internos de las prisiones y compartir con ellos. En efecto, en la víspera de su pasión y muerte, Jesús fue aprehendido, amarrado, encadenado, golpeado, escupido, burlado, juzgado y condenado a muerte. Jesús pasó la noche de su pasión encarcelado, con las heridas sangrantes, solitario; todo lo hizo por amor a nosotros, por nuestra salvación.



Importantes ejemplos encontramos en relación con el anuncio del evangelio desde los primeros tiempos de la vida de la Iglesia: “Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él” (Hech 12,5). Por su lado, Pablo expresa su gratitud por la proximidad de los cristianos durante su detención, así como las ayudas que recibe de ellos (cf Flp 1,13-17; 2,25; 4,15-18).Amemos a Cristo en los que están en las cárceles, para que aprendamos con ellos a vivir la libertad interior y la paz.







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