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«Convertíos y creed en la Buena Nueva»
Reflexión del domingo I de Cuaresma - Ciclo B.


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15).

En este primer domingo de Cuaresma el Señor nos regala una palabra breve pero al mismo tiempo muy profunda. Así como otros evangelistas relatan de forma explícita las tentaciones que le presentaba el maligno a Jesús y las respuestas de Éste a cada una de ellas, en el pasaje del evangelio de hoy se nos hace una llamada nuclear a la conversión, a poner nuestras vidas en el Señor.

Rezando y reflexionando con la palabra que el Señor nos regala hoy, resuenan en mi corazón unas palabras de San Pablo: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias. Ni hagáis ya de vuestros miembros armas de injusticia al servicio del pecado; sino más bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios» (Rm 6,12-13).

El Señor viene en este día con una llamada fuerte de atención, recordando su gran amor en la alianza que ha hecho con cada uno de nosotros, tal y como prefigura en la primera lectura con la alianza con Noé: «Establezco mi alianza con vosotros, y no volverá nunca más a ser aniquilada toda carne por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra» (Gn 9,11). Así, el Señor se muestra como «clemente y compasivo, tardo a la cólera y grande en piedad» (Sal 144,8), pero al mismo tiempo, como un Dios celoso: «No te postrarás ante ningún otro dios, pues el Señor se llama Celoso, es un Dios celoso» (Ex 34,14). Así, dirá el Señor por boca de Isaías: «Yo, el Señor, ese es mi nombre, mi gloria a otro no cedo, ni mi prez a los ídolos» (Is 42,8).

Por tanto, el Señor nos llama hoy a reconocer cuántas veces nos postramos ante las idolatrías que nos presenta el demonio dejando de lado la vida que nos ofrece el Señor, sufriendo después las consecuencias, porque tal y como dice Pablo: «El salario del pecado es la muerte» (Rm 6,23). Cuántas veces, al menos yo, creo la mentira del maligno que me dice que yo soy Dios, que la vida debe girar en torno a mí, que los demás deben ser como yo quiero que sean, que todo debe estar en función mía, etc.



Pero el Señor no viene con una palabra de condenación sino de salvación. Me hace presente la gran paciencia que tiene el Señor con cada uno de nosotros, como dice San Pedro (2 Pe 3,12) y cómo quiere salvarnos. Así, la frase de Cristo: «Convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15), trae consigo la solución al pecado: Creer en el amor de Dios manifestado en Jesucristo. Así, dirá el mismo Cristo en un pasaje del evangelio de San Juan: «Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24).

El Señor nos ama gratuitamente y nos invita a convertirnos hoy dándole a Él nuestros pecados con el deseo de que Él nos transforme y vaya haciendo de nosotros hombres nuevos, tal y como dice Pedro: «De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados» (Hch 10,43).

Así, el Señor nos llama hoy principalmente a la conversión y a ser fieles al Señor. A vivir este tiempo de cuaresma en intimidad con Él, buscando lo que le agrada, combatiendo con la oración, el ayuno, la caridad, y, siguiendo lo que dice Pablo en una de sus epístolas: «Por eso, queridos, huid de la idolatría» (1 Co 10,14). Feliz domingo de Cuaresma.







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