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El buen cristiano es un buen ciudadano
Quien está siguiendo al Señor con todo su ser y con todas sus fuerzas cumple sus tareas civiles sin mayor empacho.


Por: Pbro. Francisco Ontiveros Gutiérrez | Fuente: Semanario Alégrate



En terrero minado

Una vez que Jesús les ha contado a los fariseos la terrible parábola del banquete de bodas del hijo de Rey, que es una parábola histórica porque retrata la realidad del pueblo, y con ello la realidad del seguimiento cristiano. Los fariseos no han quedado en paz, han sentido un balde de aguas frías caerles encima y, enfurecidos y molestos, han planeado enredar a Jesús en sus propias palabras. Ese es el contexto en el que se desarrolla lo que viene a continuación (cfr. Mt 22,15-21). Es así que los fariseos envían unos discípulos de ellos junto con unos herodianos y tratan de endulzar el oído de Jesús; le acarician edulcorando la malicia que abrigan en sus corazones: “maestro sabemos que eres sincero en tus palabras, que enseñas con fidelidad el camino de Dios y que eres imparcial” (cfr. Mt 22,16).

El silogismo cornudo

Antiguamente, en el mundo de la lógica clásica, se hablaba de un “silogismo cornudo”, porque se construía a partir de dos premisas contrarias, ofreciendo una disyuntiva en la que una solución es mala y la otra resulta peor, es el silogismo en el que la conclusión no ofrece escapatoria. Pues algo así es lo que le llevan los emisarios a Jesús, le preguntan si es lícito pagar los impuestos o no lo es (cfr. Mt 22, 17), evidentemente que ellos habían maquinado que si Jesús decía que era lícito estaba con el imperio y no en favor del pueblo, y si proponía que no se pagara estaba en favor del pueblo sufriente y en contra del imperio, no tendría escapatoria.

Jesús conoce el corazón del hombre



Por supuesto que la invitación del Señor a seguirle no se enreda en minucias que es preciso cumplir. Lo que Jesús hace es ponerlos en evidencia, pues le pide una moneda a quienes se supone que no deberían llevar y, cuando tiene el denario en sus manos les pregunta por la identidad de la imagen y la inscripción. Con lo que Jesús distingue que jamás pueden colocarse en el mismo nivel el César y Dios. Al César es preciso darle lo que le corresponde, pero nunca se le podrá dar todo lo que implica el ser humano, porque lo más grande y valioso, la mente, el corazón, las fuerzas y el alma le pertenecen a Dios.

El peligro de no entenderlo

Siempre que se quiere hablar de la distinción entre la Iglesia y el estado, incorrectamente se hace referencia a este pasaje de la Escritura. Es una de las expresiones peor comprendidas de la Escritura y más jaloneada. Lo que Jesús hace es distinguir, no enemistar. Jamás dijo que el César y Dios estaban peleados. No fragmentó, no dividió, no rompió relaciones, más bien, ayudó a comprender que todo seguidor suyo debe caracterizarse por ser un buen ciudadano que cumpla con sus obligaciones como tal, y que todo cristiano, debe esforzarse por entregarle a Dios lo mejor de sí mismo, de tal manera que lejos de ser contrarios, son complementarios, quien está siguiendo al Señor con todo su ser y con todas sus fuerzas cumple sus tareas civiles sin mayor empacho.







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