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La invitación de Dios es permanente y festiva
Dios Padre nos espera para que nos sentemos en su mesa y vivamos plenamente la alegría y el amor en la vida eterna.


Por: Mons. Jorge Carlos Patrón Wong | Fuente: Semanario Alégrate



No es mi intención suponer que nosotros seamos perfectos y que no tengamos ningún pendiente con Dios. Cada quien sabe su propia realidad y cada quien reconoce cómo está su vida espiritual. En primera persona podemos señalar los aspectos en los que nos ha costado avanzar y las cosas que, en este momento incluso, siguen siendo un reto para superar en nuestra vida.

No nos ponemos en el plan de presumir lo que no somos. Pero lo que sí podríamos asegurar es que nos sentimos atraídos por Dios y nos interesa su palabra. Nos falta crecer en la vida espiritual, pero no somos indiferentes a la presencia de Dios y deseamos seguir girando en torno a los planes del Señor, porque el celo de la casa de Dios nos devora.

Así ha sido nuestra vida, a veces hemos estado más cerca y otros tiempos un poco despegados, pero siempre pensando en la casa de Dios, siempre teniendo en cuenta al Señor. Dios no nos resulta indiferente, sino que forma parte esencialmente de nuestra existencia. También nos provoca gozo y esperanza la presencia de niños y jóvenes en nuestras comunidades cristianas, que alaban al Señor, escuchan su palabra y disfrutan la forma que tenemos para hacer oración y comunicarnos con Dios.

Sin embargo, no podemos desconocer la otra parte: hay hermanos que se han alejado de Jesucristo y en los que el Señor no aparece dentro de las prioridades de su vida. ¡Cuánto nos duele constatar esta realidad! Reconociendo nuestra tibieza y falta de compromiso, sin embargo, sufrimos por el desprecio que Dios experimenta.

Podemos imaginarnos el sufrimiento de Dios ante el desprecio humano. Dios no deja de invitar, proponer e insinuarse a las personas, y lamentablemente no les interesa su propuesta. El Señor, a pesar de todo, no desiste, no se cansa y no deja de seguir invitando a todos los hombres.



Con nosotros el Señor ha encontrado una respuesta positiva, aunque todavía estamos lejos de la meta. Pero hay que considerar cómo se responde a Dios en esta sociedad. Resulta gráfica la parábola del evangelio ya que ante la invitación de Dios: “uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron”. Cada uno en sus propios intereses e incluso atacando frontalmente lo que tiene que ver con Dios.

Nos lastima mucho que se hable en contra de Dios y de la Iglesia.

Resulta sorprendente constatar la tibieza y el desinterés en la respuesta, así como la beligerancia respecto de lo que viene de Dios, toda vez que Jesús compara el reino de Dios con una fiesta, con un banquete de bodas, que es la máxima expresión del gozo y la plenitud de la alegría.

No se describe la fe y la religión en términos sombríos, o como algo aburrido, sino como un banquete de bodas y ni siquiera cuando se trata de eso hay interés para escuchar a Dios y responder a su invitación.

El evangelio habla del traje de fiesta que hay que ponerse para entrar al banquete de bodas, porque ese traje tiene que ver con la fe y la gracia. Para pertenecer al reino de Dios no sirve la superstición, ni el puritanismo, ni el ritualismo, sino abrazar la misma vida de Dios.



Mientras haya dificultades en este mundo, como dice San Pablo, hay que llegar a experimentar que: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. La fe y la gracia forman parte del traje de fiesta, porque cuando nos hemos sentido rebasados, cuando humanamente no podemos superar tantas adversidades, actúa en nosotros la gracia de Dios.

A este banquete se ha invitado a buenos y malos, y por eso estamos aquí. En la invitación del Señor muchos de nosotros hemos encontrado una esperanza y una prueba de su amor por nosotros, de ahí que respondamos dignamente a través de la vestidura de la fe.

Finalmente es importante destacar el cielo que nos espera como un banquete de bodas. El Evangelio está lleno de expresiones que explican el reino de Dios con signos de fiesta, de abundancia y de vida plena. Dios impedirá aquello que frustra todas las alegrías. Por eso, Dios aniquilará la muerte para siempre, como plantea el profeta Isaías en la primera lectura.

Reconocemos que en la resurrección de Jesucristo Dios ha destruido la muerte. Por lo que la muerte no es el final. Dios Padre nos espera para que nos sentemos en su mesa y vivamos plenamente la alegría y el amor en la vida eterna. Este mensaje va disponiendo nuestro corazón para renovar nuestra fe en la vida eterna, con ocasión de las próximas fiestas de Todos santos y los fieles difuntos.

La llegada del otoño favorece esta mirada al cielo, pues como decía el filósofo y teólogo danés, Søren Kierkegaard: “Por eso yo prefiero con mucho el otoño a la primavera, porque en otoño se mira el cielo, en la primavera a la tierra”.







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