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¿Qué es la vida?
La vida de un hombre sólo tiene valor cuando se la emplea en beneficio de los demás.


Por: Rodrigo Urbina, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores



 

 

El gran poeta barroco, Calderón, decía por boca de Segismundo: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión. Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son…” (La vida es sueño, jornada II, escena XIX). Su personaje estaba encerrado en una torre. Sus sentimientos eran, en gran parte, de liberación y de deseo ardiente de seguir soñando. Estaba harto del mundo que le rodeaba. Por eso, la vida para él tomaba ese carácter efímero, pasajero y sombrío.

La vida de un hombre sólo tiene valor cuando se la emplea en beneficio de los demás; pues, siempre se recibe algo a cambio cuando la intención es buena y justa. Pero no deja de ser cierto lo que afirma el poeta: hoy también la vida es un frenesí, una ilusión, y un sueño hecho de sueños. Parece que todo nos estorbara, siempre que no se ponga al servicio y satisfacción de nuestro placer.

Basta tan sólo observar la agitación diaria, oír el ruido ensordecedor de las calles, toda la maraña de distracciones que nos hacen olvidar el silencio. Hay mucha gente que se ocupa en las labores cotidianas, en sus trabajos, en el hogar, de aquí para allá. Nadie parece tener tiempo para pensar, hacer un alto, darse un respiro, en medio de este frenesí de la vida. Todo porque no hacemos fructificar nuestro tiempo para lo que realmente es importante. Dejamos a Dios en el tintero vacío de nuestra soledad interior, aunque Él está en todas partes, esperando que salgamos de esta “fiesta” de cada día para que, por lo menos, le veamos crucificado por nosotros.

“Dum loquimur fugerit invida aetas: carpe diem, quam minimum credula postero” Decía Horacio: “mientras hablamos habrá huído envidiosa la edad: aprovecha el día, creyendo lo mínimo lo posterior”. Ante este frenesí somos nosotros los hacedores de nuestra vida, minuto a minuto. Y pudiera ser que nos pareciera así la vida una ilusión, un mero sentimiento de agradecimiento. No sería fruto de un contacto, una relación fuerte de amistad con una persona que nos ha devuelto la vida, restaurada, resucitada: Cristo.

Puede que antepongamos nuestro gusto, sin decidirnos a esforzarnos para hacer que los demás estén mejor. Y creo que estaremos de acuerdo en que “no hay amor más grande, que el de aquel que la vida por sus amigos.” Si todos somos hijos de Dios, deberíamos ser también todos amigos. Tu familia, tus amigos de escuela, del trabajo, tu novia o tu novio, e incluso tus suegros, antes de ser lo que son en relación contigo, deberían ser tus mejores amigos. Así disfrutarías la vida con plenitud, a pesar de cualquier dificultad. Ya no sería una ilusión. Haz la prueba. Hazla con Cristo en esta Cuaresma. Él no falla y te estará esperando, silencioso, un pedacito de pan que ahora es su Cuerpo glorioso y que quiere entrar en tu corazón en su Eucaristía.

Y Calderón seguía diciendo “que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Anhelos, opciones, oportunidades para el mañana. Esto es algo bueno y humano, comprensible y fomentable. Hasta el mismo Horacio escribió que quería seguir soñando, cuando dice “¡no, yo no moriré enteramente! La parte más noble de mi ser triunfará de la muerte.” (Odas, III, 30) Nuestro mayor sueño es vivir para siempre.

Ese sueño final es la compuerta a la vida que Cristo ha reedificado para nuestras almas: libres del pecado, del mal, ya no seremos hechos otra vez del mismo barro; sino que resucitaremos con Él en la gloria de su Cuerpo y Sangre. ¡Y esto no es un sueño! Ocurrió hace dos mil años y ocurre cada día en que una persona da su último hálito de vida y vuela al abrazo de Dios.

La vasta tradición escrita y oral de la Iglesia nos lo confirma: nuestra vida tiene un sentido fuera de nosotros mismos, la salvación y el banquete celestial. Si queremos el fin, pondremos excelentes medios, los más eficaces en esta Navidad, para que nuestra vida cumpla con el requisito evangélico: “¡convertíos y creed en el Evangelio!” Ya no viviremos en medio de un frenesí, de una ilusión, ni mucho menos de un sueño, porque estaremos con el que es el Camino, la Verdad y la Vida.

 

 



 

 

 

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