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Obispo emérito de Garzón (Colombia)

Santidad y alegría
"Jesús pasó por el mundo haciendo el bien" (Hech 10, 38).


Por: Mons. Libardo Ramírez Gómez | Fuente: Conferencia Episcopal de Colombia



Diversas las frases que proclaman la confortante realidad que la mayor alegría en esta vida, y en el más allá, está en vivir en la senda de la santidad. Bien se ha dicho que “la única grande tristeza es la de no ser santos”, y, que “lejos de Dios, triste infierno”, pero “cerca de Dios, dulce paraíso”. Hemos celebrado, en este noviembre, la “fiesta de todos los Santos”, cada una de cuyas existencias es de inmensa alegría. Hemos proclamado la preciosa página evangélica de “Las Bienaventuranzas”, precedida, cada una de ellas, con la palabra latina “Beato”, cuya legítima traducción es: “felices”. Eso son los santos del cielo: “eternamente felices”.

Habrá personas masoquistas que buscan el dolor por el dolor, otras personas que hasta piden dolor y penas a Dios, pero son actitudes realmente no normales, pues basta ofrecer a Dios el dolor, no solo con aceptación sino con alegría, y es este el camino y fruto de la santidad.

Tenemos qué agradecer al Papa actual, Francisco, quien ha iluminado tantos temas a la luz de la fe, y quien a lo largo de su pontificado ha venido insistiendo en alegría de la santidad. Siguiendo al Vaticano II, que nos regaló esa admirable Constitución Titulada “Alegría y Esperanza”, ha escrito tres Exhortaciones con ese acento, como son: “La alegría del Evangelio” (2013). “La alegría del amor" (2016), con énfasis en su vivencia en la familia, institución fundamental de la sociedad, y “Alegraos y Regocijaos” (2018), siendo esta última un iluminado sendero de “santidad en el momento actual”.

Esta última, “Alegraos y Regocijaos”, es Constitución que nos lleva de la mano a esto de incrementar nuestro gozo, y encontrar una santidad sencilla, insistente ante todo en vivir en forma extraordinaria momentos ordinarios, al estilo de una Santa Teresita de Lisieux o de un S. Juan XXIII. Es una respuesta sencilla y permanente al amor a Dios, realizando, así, camino propio, personal e irrepetible. Es denotar que habrá superación de fallas y flaquezas humanas, sin desaliento al caer en ellas, porque el Padre bueno nos da la mano a través de las gracias del Espíritu Santo, exigiendo, eso sí propósito firme de no recaer en ellas.

Esa sencilla realización no es un facilismo o conformismo con la mediocridad, pues sigue vigente lo proclamado por el Maestro, que ese avance en el Reino de Dios, “padece violencia”, es decir gran esfuerzo o “parresia”, y, son “los violentos los que lo conquistan” (Mt. 11,12). No se trata de una existencia “aguada y licuada”, sino siguiendo la Carta Magna de lasBienaventuranzas, “gran protocolo” del juicio final, “carnet de identidad del cristiano”:



Yo soy el camino la verdad y la vida” (Jn. 14,6). “El que cree en mí no morirá para siempre” (Jn. 21,27). “Todo lo que hagan, háganlo en el nombre del Señor Jesús” (Col. 3, 17). “Jesús pasó por el mundo haciendo el bien” (Hech. 10,38). “Este es el camino de los confiados, el destino de los hombres satisfechos" (Sal. 40,14). Vivir todo esto con sencillez, fidelidad y esperanza, es alegría infinita en la tierra y en el cielo. ¡Experimentémoslo!







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