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Sursum Corda

Virgen experta en penas, sabia en dolores, maestra en el sufrir
Depositemos en la Virgen todos esos dolores que solos no podemos llevar.


Por: Pbro. José Juan Sánchez Jácome | Fuente: Semanario Alégrate



San Luis María Grignion de Montfort, al referirse a la Santísima Virgen María sostiene que: “Dios creó un depósito de todas las aguas y lo llamó mar, y creó un depósito de todas las gracias y la llamó María”. Esto quiere decir que el depósito de todas las aguas es el mar y el depósito de todas las gracias es María. Por eso, el ángel se referirá a María Santísima, dentro de ese hermoso saludo en la anunciación, como la “llena de gracia”.

Reconocemos a María como la llena de gracia porque, así como el mar contiene todas las aguas, María contiene todas las gracias. El saludo del ángel confirma cómo Dios quiso a esta mujer de manera muy especial. Y cómo Dios permitió que todas esas gracias que hemos recibido, las que han llegado a nuestra vida sin que nosotros las pidamos, y las que nosotros cuando las vemos y pregustamos también las solicitamos, todas esas gracias nos llegan por medio de María.

En el Stabat Mater del P. José Luis Martín Descalzo, María llega a expresar en el Calvario al pie de la Cruz: «Dios te salve, María, dijo el ángel. ¿Salvarme? ¿No es acaso ahora cuando tendría que salvarme y salvarte? ¿Llena de gracia quería decir llena de dolor y de muertes?”.

No es sólo la llena de gracia, sino que es una mujer llena de dolor. Todas las gracias nos viene a través de María, y también todo el ejemplo, todo el estímulo y toda la fortaleza para resistir y no dejar de ver al Señor, en el momento del sufrimiento, nos vienen de María. Así como el ángel la llamó la “llena de gracia”, nosotros la podemos llamar la “llena de dolor”.

Cuántas angustias, sufrimientos, tormentos, pruebas, persecuciones y tribulaciones pasó María después del anuncio del ángel; cuántas cosas tuvo que enfrentar viviendo todo con una confianza incondicional en la presencia de Dios.



Una espada atravesó el cuerpo de los mártires y una espada atravesó el alma de María, de acuerdo a la expresión del anciano Simeón. Los mártires derramaron su sangre confesando el nombre de Cristo Jesús. En cambio, María no derramó su sangre, no fue asesinada, no se le quitó la vida como a los mártires, pero en vida experimentó el martirio con tantos dolores desde que dijo sí a los planes de Dios, con tantos dolores desde que vio crecer a su Hijo y con tantos dolores desde que lo acompañó en cada una de sus etapas, paso a paso, hasta la muerte en el Calvario.

Además de ser la llena de gracia es la llena de dolor. Por eso, el pueblo de Dios celebra de manera viva y sensible la devoción de los siete dolores de la Virgen María, lo cual nos da una idea de tantos dolores: siete dolores, siete espadas que atravesaron su alma, que nos ayudan a dimensionar cómo el dolor estuvo presente siempre en su vida.

Este aspecto la liturgia de la Iglesia lo expresa de manera muy solemne al afirmar que: “La Virgen María, sin morir, mereció la palma del martirio junto a la Cruz del Señor”.

Delante de sus propios sufrimientos el pueblo de Dios se identifica y recurre a María Santísima. No nos faltan sufrimientos y sobresaltos en nuestra vida todos los días. Quién de nosotros podría asegurar y presumir que su vida está libre de dolores.

El sufrimiento forma parte de la vida y, en nuestro caso, entre más sigue uno a Dios y es fiel a su evangelio, enfrenta uno muchas tribulaciones. Pero como dice Francisco Fernández-Carvajal: “Nuestras penas y dolores pierden su amargura cuando se elevan hasta el Cielo. Poenae sunt pennae, las penas son alas, dice una antigua expresión latina. Una enfermedad puede ser, en algunas ocasiones, alas que nos levanten hasta Dios”.



Por lo tanto, al ponerlas en las manos del Señor, esas penas y dolores son como alas que nos permiten elevarnos a las cosas de Dios, alas que necesitamos para no dejarnos abatir, sino para elevarnos a las cosas de Dios, así como María elevó sus ojos para contemplar a su Hijo, a su Dios, clavado en la cruz.

En este mes de la patria que recordamos con gratitud a las generaciones que lucharon por grandes ideales, pensando siempre en las futuras generaciones, también tenemos presentes los dolores que lamentablemente sigue padeciendo nuestro país.

No se ha logrado la paz, la prosperidad, la igualdad y el progreso que tanto prometen y aseguran en el discurso nuestros gobernantes, a pesar de que los datos y las pruebas son tan evidentes y se estrellen delante de ellos. Lamentamos tanto la corrupción y el ambiente de confrontación social que genera más sufrimiento en el país. La pobreza, el desempleo, la marginación, la migración y la violencia siguen generando mucho sufrimiento en la vida de nuestro pueblo.

Seguimos siendo, pues, un pueblo que sufre mucho. Y delante de este panorama negativo sabemos a quién acudir, a la madre de los dolores, para que nunca perdamos la esperanza, para que sepamos que esos dolores en sus manos nos van a permitir no sucumbir, sino aprender a experimentar esas alas que hacen que nos elevemos y contemplemos en la cruz a Jesús. Porque si Jesús asumió en su persona todos los pecados, María asume en su persona todos los dolores del mundo.

Así lo señala Charles Péguy: “Cristo cargó sobre sí todos los pecados y María todos los dolores”. Por eso, a Ella acudimos considerando los dolores de nuestra patria, de nuestras familias y de todos los hombres.

No tengamos duda en acudir a María Santísima, que como dice la hermosa oración que compuso el P. José Luis Marín Descalzo a la Dolorosa, es “Virgen experta en penas, sabia en dolores, maestra en el sufrir, conocedora de todas las espadas”.

Depositemos en esta Virgen todos esos dolores que solos no podemos llevar, para que nunca sean un obstáculo para seguir a Jesús, honrarlo como nuestro Salvador y para elevarnos a las cosas de Dios. Y como sugiere San Josemaría Escrivá: “La Virgen Dolorosa. Cuando la contemples, ve su Corazón: es una Madre con dos hijos, frente a frente: Él... y tú”.







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