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Tenemos todos los medios para convertirnos
Cada día salen a nuestro encuentro muchos Lázaros en la persona de los que sufren.


Por: Mons. Jorge Carlos Patrón Wong | Fuente: Semanario Alégrate



“Tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen”. En nuestro caso, podemos hacer una lista más detallada a fin de reconocer todos los medios espirituales que tenemos a nuestro alcance para alcanzar la conversión, el regreso a Dios, como veíamos el domingo pasado en la parábola del hijo pródigo.

Tenemos a Moisés, los profetas, a Jesús, la palabra de Dios, los sacramentos, a los santos, a la Virgen María, el inmenso amor de Dios, padre de los pobres. ¿Qué más nos podría faltar? Tenemos todo lo que necesita una persona para convencerse de la bondad de Dios e iniciar un proceso de conversión, para dejar una vida de pecado.

¿Qué más podríamos necesitar para caer en la cuenta de nuestra maldad y llegar a convertirnos a Dios? Se espera, por tanto, que siendo conscientes de los tesoros de la fe no caigamos en el error del rico, el cual supone que, resucitando un muerto o a través de un milagro espectacular, sus familiares estarán a tiempo para poder convertirse, socorrer a los pobres, aceptar a Dios y evitar la condenación.

Tenemos a Moisés, los profetas, a Jesús, la palabra de Dios, los sacramentos, a los santos, a la Virgen María, el inmenso amor de Dios. Qué nos puede faltar! Podemos recibir el pan de los ángeles, a Jesús en el sacramento de la eucaristía, para que nos fortalezca en el camino de la vida cristiana y nos conceda la gracia de estar vigilantes para que no nos posean las riquezas y el dinero.

De esta forma, el rico del evangelio no se condena por el hecho de ser rico, sino porque no teme a Dios, lo hace a un lado, y porque ha llegado a un peligroso nivel de insensibilidad, al negarse a compartir sus bienes con el pobre que muere de hambre en su propia puerta.



Lázaro, el pobre, tampoco se salva por el hecho de ser pobre, sino porque está abierto a Dios y solamente de Él espera la salvación, pues es consciente que: “El Señor siempre es fiel a su palabra, y es quien hace justicia al oprimido; Él proporciona pan a los hambrientos y libera al cautivo… A la viuda y al huérfano sustenta y trastorna los planes del inicuo”, como afirma el Salmo 145.

El pobre, al no tener nada, al verse con las manos vacías, al no contar con nadie en quien apoyarse, está abierto y más dispuesto a dejarse sorprender por la providencia de Dios.

Por tanto, lo malo no es ser rico sino dejarse seducir por el dinero que provoca, por lo menos, tres cosas: se apodera del rico y lo lleva a la idolatría del dinero; después mete en una vorágine a la persona llevándola a la avaricia y a un ritmo de vida desenfrenado para multiplicar a toda costa el dinero; y, al final, los encapsula en una torre para aislarse de los demás. Así, el rico se insensibiliza y deja de escuchar los innumerables gemidos de los Lázaros que, llenos de llagas, mueren ante sus ojos.

Como escuchamos desde el domingo pasado en el libro de Amós, Dios no puede soportar los abusos que se cometen contra el pobre, así como las injusticias y desigualdades. Dios no puede aguantar que haya gente injusta e insensible que sea capaz de vivir a costa del pobre y sin conmoverse ante la tragedia de tantos hermanos todos los días.

Dios no lo puede aguantar y Jesús tampoco. Por eso, llega a decir en el evangelio que cuando el rico se ha encerrado en su castillo y ha endurecido su corazón, es muy difícil, casi imposible, penetrarlo: “No harán caso ni aunque resucite un muerto”.



Llama la atención que cuando el evangelio habla del rico no dice su nombre porque la riqueza es el nombre del rico; ha perdido su nombre poniendo el énfasis de su vida en la riqueza, en el dinero y en las propiedades. En cambio, el pobre se llamaba Lázaro, tiene un nombre delante de Dios que no deja de ver la situación que vive.

Cada día salen a nuestro encuentro muchos Lázaros en la persona de los que sufren, de los enfermos, de los que viven en soledad, de los desempleados, de los ancianos abandonados, de los que están en situación de calle, de los marginados.

No dejemos, por tanto, que los bienes nos posean y que el pecado nos quite nuestro propio nombre. Que para nosotros sean determinantes todos los medios espirituales que tenemos para convertirnos y no pasar por alto las necesidades de los más necesitados.







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