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Capitulo VIII. La piramide de los pecados matrimoniales
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Por: Ksawery Knotz | Fuente: catholic.net



Capítulo VIII. La pirámide de los pecados matrimoniales

La decisión de los esposos de rechazar decididamente los anticonceptivos y vivir de acuerdo con la naturaleza humana debe ser especialmente respetada y valorada. Cuando caminan con perseverancia por “la estrecha senda de la salvación”, y en ese sendero no logran dominar su propio cuerpo y se excitan en exceso, es necesario que se sientan comprendidos.

Cuando se reflexiona sobre los problemas de naturaleza sexual relacionados con el temor ante la propia fertilidad, no se puede echar todo en el mismo saco. La falta de sutileza da como resultado tensiones en la convivencia sexual, precisamente en quienes con sinceridad quieren, pero no siempre pueden, observar las enseñanzas de la Iglesia. Hay que saber matizar en la compleja realidad de la vida marital.

Cuando los escaladores conquistan una cumbre del Himalaya, no juzgan con severidad sus caídas y fracasos; éstos quedan incluidos en el largo y difícil ascenso a la cumbre. Las personas también merecen respeto por su valentía y firmeza. En el mundo actual, los esposos católicos son esa clase de héroes que tratan de guardar la abstinencia periódica con esfuerzo.

La aparición de problemas sexuales durante ese período no puede ser automáticamente evaluada como pecado mortal. Ayudar a los esposos en la maduración de un amor cada vez más bello no consiste sólo en la formulación de juicios morales severos, sino ante todo en el esfuerzo por comprender al ser humano dentro de la complejidad de la vida moral y acompañarlo en la senda de maduración hacia la santidad. La falta de delicadeza en el área de la vida sexual imprime a la enseñanza de la Iglesia una severidad innecesaria, justo donde hay que ser comprensivo ante la debilidad de los que, contra todas las presiones del mundo, tratan de construir una cultura católica y, a pesar de sus debilidades, permanecen fieles a Dios. Los eclesiásticos deben darse cuenta de que la vida según el ciclo femenino de fertilidad deja de dar alegría cuando la elección moral de la abstinencia, a veces muy prolongada, está signada por un sentimiento de culpa creciente a causa de la imposibilidad de sostenerla. Los períodos de abstinencia sexual signados por la culpa (a veces muy fuerte) exponen a los esposos al pecado de la masturbación, de caricias demasiado intensas o del coitus interruptus; y estas faltas socavan el valor de la vida según el ciclo de la mujer. En nombre de la doctrina de la Iglesia de tira al nió junto con el agua de la bañera. La elección de los métodos naturales para regular la concepción no puede originar la sensación de caer en pecado grave. Ese sendero debería hacer brotar la paz de la conciencia y la alegría de vivir, la sensación de dignidad que nace de la conciencia del respeto por el derecho natural, a pesar de las imperfecciones durante el ascenso a la cima. Si la Iglesia quiere defender la PFN, entonces debe comprender los problemas de los esposos que se originan aparentemente “dentro” de esos métodos; que aparecen cuando se los aplica fielmente, y a veces cuando la perseverancia en una larga abstinencia es casi heroica.

1. Conductas y medios anticonceptivos

Hoy en día, cuando las presiones de la cultura no cristiana están dirigidas a la utilización masiva de anticonceptivos hormonales, e incluso del aborto, es muy importante que los matrimonios católicos que no saben manejar su sexualidad durante el período de abstinencia se den cuenta de que las conductas anticonceptivas se diferencian de los medios anticonceptivos; y éstos se diferencian de las acciones abortivas tempranas y del aborto. Aunque el denominador común de estos métodos sea la no concepción de un niño, el aborto, el dispositivo intrauterino, la anticoncepción hormonal, el preservativo, el coitus interruptus o las caricias que conducen al orgasmo fuera del acto sexual se diferencian notablemente entre sí por las consecuencias en la vida conyugal; tanto por la velocidad con la que destruyen los lazos matrimoniales (el coitus interruptus en unos años o en una docena puede provocar dolores nerviosos en el bajo vientre de la mujer; el aborto puede producir una frigidez inmediata), como por las consecuencias irreversibles (preservativo; esterilización) y la mayor o menor facilidad para reconstruir en la relación lo que se ha perdido (las dramáticas crisis ocasionadas por la infidelidad conyugal). Por eso, aunque sean tratados como un mal, ameritan abordajes distintos.

Las conductas anticonceptivas (consistentes en alcnzar la satisfacción sexual fuera de un acto sexual completo utilizando las posibilidades que brinda el cuerpo) debilitan la relación del matrimonio, introduciendo cierta superficialidad. Los medios anticonceptivos (el preservativo, los fármacos hormonales) falsean aún más esa relación mediante la aceptación del bloqueo o la modificación del funcionamiento del cuerpo humano. Los primeros introducen en la cultura cristiana una mayor o menor confusión; los segundos sacan a los esposos fuera de la cultura católica, llevándolos a un estilo de vida por completo diferente.
Aquéllos son prácticas “blandas” de la PFN; es decir que todavía están dentro del marco del estilo de vida basado en el respeto al ciclo de fertilidad de la mujer; éstos son el abandono total del sendero que conduce al amor maduro.

2. Despiertos para… la frustración

Los esposos que se aman comparten su amor demostrándose ternura, abrazándose, acariciándose. Son modos imprescindibles, normales y espontáneos de expresarse el amor que, en sí mismos, no tienen el propósito de hacer el mal. La experiencia demuestra que durante el período de abstinencia los esposos a menudo no pueden limitarse a las expresiones de amor moderadas. Las demostraciones de ternura e intimidad creciente producen una fácil trasgresión de los tenues límites, fuera de los cuales ya es imposible detener la intensidad de la excitación. En cierto momento las caricias se transforman en deseo y en la decisión de trasponer los límites establecidos. A veces, la esposa, que querría que las caricias del marido no fueran demasiado lejos, siente que en un momento ya no sabrá interrumpirlas si el marido no se detiene. Otras veces, el marido se siente alentado por la esposa a una proximidad mayor, y el deseo de culminar es tan fuerte que no sabe cómo dejar de aproximarse. Los abrazos, en definitiva inocentes, se transforman espontáneamente en caricias en extremo estimulantes, que terminan en un orgasmo sin un acto sexual completo.

Dichas conductas a menudo son consecuencia de demostraciones de amor sinceras, que espontáneamente se han convertido en una excitación difícil de controlar. Por lo tanto, no siempre se emprenden con motivaciones anticonceptivas, lo que influye en su evaluación moral. Por lo general, son el deseo natural y la debilidad de los esposos, que siguen siendo fieles a la cuestión básica, que es no utilizar ningún medio anticonceptivo. Su empleo no destruye la fertilidad de la mujer, no produce un aborto temprano. Surgen de la debilidad del ser humano y de la gran fuerza del impulso sexual.

Parecería que los varones son quienes sienten menos remordimientos de conciencia y no ven nada malo en este tipo de caricias. Hay mujeres que lo viven con gran satisfacción, pero a otras les resultan psicológicamente insoportables; a veces hasta físicamente. El modo de vivirlas depende en gran medida de la sensibilidad personal, la educación, la conciencia, el vínculo con el cónyuge, la comprensión mutua, la frecuencia de los encuentros, el tiempo que duran tales prácticas…

La necesidad de caricias y las reacciones que provocan, el modo de percibir los estímulos sexuales, es un asunto muy individual. No se puede decir concretamente qué caricias deben evitar los esposos y cuáles prodigarse. No es posible crear un “catálogo de caricias permitidas”. 112
En cambio, se puede investigar la propia conciencia y conversar sobre las vivencias. Lo esencial es que los propios esposos, mediante el diálogo, descubran sus límites entre las formas de proximidad que apuntalarán su amor, que no serán demasiado estimulantes, y el modo de distanciarse, que los ayudará a no excitarse, pero que no matará la ternura y la sensación de proximidad física y emocional. El amor conyugal puede crecer con toda tranquilidad si los esposos saben que todos los pensamientos eróticos referidos al cónyuge que aparecen durante el cortejo y la ternura no son pecado, sino señales de los sentimientos vivos con los cuales se obsequian. Tampoco son pecado la ternura y las caricias mutuas que dan placer, si han nacido de la necesidad de expresarse amor. Si por su causa hubiera un orgasmo, cosa imposible de prever con seguridad, no corresponde tratar este hecho como una acción ex profeso. Significa que, aunque es difícil mensurar el área de responsabilidad de los esposos, al evaluar moralmente es necesario tener en cuenta las circunstancias que atenúan el juicio y disminuyen la responsabilidad.

En esa dimensión de la vida, los esposos necesitan honestidad mutua antes que precisiones del derecho y la norma. Sin honestidad no habrá progreso en el sendero de lapureza conyugal. Las caricias intensamente excitantes son inevtibales en el matrimonio, que no es una comunidad de seres ideales. Sólo la continua y sistemática transgresión de los límites, que tiene los signos de una elección de estilo (evitar regularmente el acto sexual completo), se califica como pecado. Los problemas para controlar la sensualidad que aparecen cada tanto son problemas conyugales universales. Esa clase de dificultades las experimentan aun los matrimonio más religiosos y formados en la espiritualidad.

Este punto de vista brinda a los esposos que utilizan los métodos de planificación familiar natural (PFN) una sensación de seguridad y hace que el amor conyugal, durante el difícil período de abstinencia, pueda crecer creativamente sin la constante sensación de peligro inminente de pecado. El sendero a la pureza inicia un largo proceso de integración de la sexualidad con la espiritualidad y la superación gradual de las dificultades relacionadas con la proximidad corporal y las caricias. Las dificultades y fracasos en el camino del crecimiento pueden ser aceptados con calma sólo cuando se vive con alegría la proximidad íntima, con la conciencia de estar construyendo el vínculo matrimonial. Los esposos que se aman son capaces de evaluar adecuadamente si su intimidad es un obsequio recíproco o una expresión de egoísmo. De acuerdo con esta evaluación, sabrán si puede recibir la Comunión, tratándola como el fortalecimiento de los hombres débiles que transitan la senda de la pureza.


3. El coitus interruptus

A diferencia de las caricias demasiado excitantes, asumir un coitus interruptus implica una decisión consciente, sobre todo por parte del marido, ya que él tiene la responsabilidad de llevarla a cabo. El coitus interruptus no permite vivir la misma experiencia de unidad que el acto sexual completo. El importante momento de construcción de la unidad matrimonial es perturbado, interrumpido en el momento más trascendental, en el umbral de la plenitud y cuando los esposos están a punto de perderse el uno en el otro. El amor no puede resonar hasta el final y unir a los cónyuges. Cuando los esposos lo practican, entra cierta falsedad a su relación. Al asumir la convivencia sexual se comunican no verbalmente que se aman tanto que no son capaces de seguir esperando y no estar juntos, pero durante la convivencia ambos piensan cuándo interrumpir la unidad que forman. El coitus interruptus es un problema de una relación falsa, es mandarse mensajes contradictorios: “quiero crear contigo una relación profunda, estar lo más cerca posible de ti”, y al mismo tiempo: “quiero dejar de construir la unidad, no quiero entregarme a ti hasta el final”. Esa contradicción entre los mensajes no siempre es consciente, pero es percibida como algo mentiroso. Se refleja en la relación conyugal cotidiana, tal como cuando los esposos se juran amor y al mismo tiempo son hostiles entre sí. El envío de mensajes contradictorios destruye la confianza, produce fatiga psicológica.

Con frecuencia, los varones no advierten la relación entre el desgano de su esposa para convivir sexualmente y la práctica de la relación sexual. El varón tiene la sensación subjetiva de no hacerle nada malo a su mujer, de no dañarla. También siente que realiza su masculinidad, puesto que esa clase de relación es acción suya y él es el responsable de retirarse en el momento oprtuno. A las dos partes les parece que el coitus interruptus es el método más sencillo para evitar la concepción sin una injerencia directa en el funcionamiento del cuerpo femenino. Pero para las mujeres es un problema mayor. Muy a menudo, su práctica les ocasiona desinterés por la convivencia sexual, porque no les permite establecer y profundizar la relación interpersonal. Además, es el método menos efectivo para evitar la concepción. Las mujeres que son conscientes de eso se sienten inseguras después de una relación así, temen haber quedado embarazadas. Esperando la regla, confirmación de que no hay embarazo, muchas mujeres se estresan tanto que dejan de sentir alegría en los momentos de intimidad.

El coitus interruptus, como conducta que perturba la creación del vínculo y, al mismo tiempo, método poco efectivo para prevenir embarazos no planeados, en algunas personas puede provocar ansiedad neurótica, 113
impotencia, frigidez, anorgasmia, eyaculación precoz. 114
Hay una relación inconsciente entre la práctica del coitus interruptus y la irascibilidad, la actitud hostil de los esposos entre sí.

Cuando las caricias (buenas y necesarias para los esposos) llegan cada vez más lejos en contra de la voluntad de uno de los cónyuges y finalizan con un coitus interruptus, lo importante es que la esposa hable en el momento oportuno con su marido, que intente apartarlo de tales prácticas y establezca límites seguros en la proximidad. No tiene que manifestar su oposición directamente antes de la relación o negarse a la convivencia sexual. 115
Su oposición interior a tal conducta no debería transformarse en pasividad, rigidez en la conducta sexual (lo que resultaría anormal entre personas que se aman); no debería privarse del placer sexual. El acto moral (la oposición interior) no tiene ninguna relación con el desgano hacia el sexo como tal.

El sexo anal, entendido como la penetración del miembro en el ano, no es un acto sexual normal. Es una conducta que no construye el vínculo marital y es perjudicial para la salud (por ejemplo, puede causar daños que favorezcan las infecciones). La conformación del ano no está adaptada a la convivencia sexual. Los esposos no tienen derecho a pedirle a sus esposas este tipo de relaciones.

4. Transgredir los límites

Los esposos pueden tener una comunicación muy profunda durante el acto sexual si respetan sus cuerpos, si buscan y disfrutan el placer, aprovechando las posibilidades naturales del cuerpo humano: “lo que puedo ofrecer a mi esposo a través de mi cuerpo, y que él con su cuerpo puede ofrecerme a mí”.

El límite es transgredido en perjuicio del vínculo matrimonial cuando los esposos comienzan a adoptar distintos tipos de estimulantes: anillos que prolongan la erección, bolitas vaginales, sustancias químicas que aumentan la excitación, etc. La finalidad de esos artilugios es suscitar y potenciar artificialmente el placer, posibilitar que se lo experimente más allá de lo que brindan los cuerpos de dos personas que se aman; es como “exprimirlo” de los cuerpos por la fuerza.

El mismo problema (ir más allá de la propia corporeidad) aparece cuando los esposos emplean medios anticonceptivos; es decir, conviven sexualmente cuestionando la sensatez del ciclo de fertilidad y entrometiéndose en la fertilidad de la pareja, o sea, negando de otro modo los condicionamientos del cuerpo humano.

El respeto por la fisiología humana significa también el reconocimiento de la funcionalidad y finalidad de las distintas partes del cuerpo. Todo el espacio del cuerpo es lugar apropiado para la caricia, el beso y la estimulación, pero el verdadero acto sexual, justificado por la fisiología, se realiza sólo a través de la penetración del miembro viril en los órganos reproductivos de la mujer y la eyaculación dentro de la vagina.

Tal definición del acto conyugal es necesaria hoy en día porque el “mercado sexual” propone muy distintas maneras de satisfacción sexual. Puesto que los órganos reproductivos de la mujer son el lugar natural y acorde con la fisiología para depositar el semen, todas las caricias que terminan con su eyaculación en la boca (de forma consciente o por un error de comunicación durante las caricias) o en el ano de la mujer son tratadas como conductas no naturales y, por ello, perjudiciales para la construcción del vínculo matrimonial.

Cuando los esposos toman ese camino (no respetar sus cuerpos), comienzan a deslizarse cada vez más abajo. Siempre insatisfechos, instrumentalizarían y banalizarían peligrosamente el acto conyugal al costo de la desaparición del vínculo profundo y verdadero. La preocupación por el placer ya no será el obsequio de una persona a otra, sino una técnica de estimulación recíproca con la ayuda del cuerpo de la otra persona. El verdadero vínculo humano se construye cuando se brinda placer a la otra persona, pero dentro de los límites establecidos por la naturaleza, por la corporalidad humana, acorde con la fisiología y anatomía humanas. En ese “marco corporal” natural, el vínculo conyugal madura en un amor más bello, en la entrega de uno mismo. Ese marco crea al mismo tiempo protección natural ante la puesta en marcha de mecanismos peligrosos para el amor entre humanos y para la dignidad del hombre. La reflexión sobre la fisiología del cuerpo humano es también el punto de partida para comprender el problema de la inseminación artificial o el método in Vitro.

5. Unas palabras acerca del preservativo

El acuerdo para usar el preservativo es ya una transgresión del límite del cuerpo humano. Constituye el inicio de una mentalidad particular, cuya fuente está lejos del Evangelio. La decisión de usar el preservativo no nace bajo el influjo del momento, del impulso, sino que es asumida con toda conciencia, con reflexión; se elige y es una opción de vida. Por tal motivo, la responsabilidad del hombre por su decisión es mayor. Los esposos se deciden a construir entre sí una barrera exterior, artificial. Esta barrera debilita el vínculo entre ellos, crea cierta distancia, imposibilita el pleno encuentro de las personas y la real comunión de sus cuerpos. Ponerse el preservativo bastante antes, controlar el transcurso del acto sexual, necesitar un rápido final de la convivencia para sacarlo con seguridad; todo eso es una injerencia en la dinámica que se crea en una relación íntima. El preservativo molesta, priva de una intimidad plena, impide permanecer más tiempo juntos en un abrazo de amor.

Hablando de la creación de una relación (“estar juntos hasta el final”, “en la plena entrega del dar”, “en la experiencia de la unidad”), merece la pena notar que “la entrega en el dar” se refiere también al cuerpo y sus relaciones fisiológicas. Hoy sabemos que en el esperma hay hormonas que estabilizan la psiquis de la mujer, su acción es antidepresiva, influyen sobre la sensación de felicidad y aumentan la energía y el optimismo de la esposa. El semen también protege del cáncer de mama, embellece el cutis femenino, prepara el cuerpo de la madre para tolerar las diferencias tisulares del feto. 116
El marido que ama a su esposa se le entrega por entero, de acuerdo con los procesos que se producen en su cuerpo masculino, en tanto que la esposa recibe al varón cuando le permite penetrar totalmente en su cuerpo.

Cuando el marido quiere usar preservativo y la esposa no está de acuerdo, entonces tiene el deber moral de marcar claramente su desacuerdo a tal forma de convivencia. Es importante que el marido oiga un mensaje negativo preciso de que la otra parte no sólo no quiere asumir ese tipo de convivencia, sino que se opone. No se trata de manifestar ira o una negativa radical a la convivencia, sino del uso del derecho de todo ser humano, también del católico, a expresar sus sentimientos y puntos de vista, incluso si no le gustan a la otra parte o de algún modo la hieren. El católico tiene derecho a estar rotundamente en contra de algo que le molesta, a tener sus preferencias y exigencias relativas a la convivencia sexual. Hablar de asuntos difíciles es más honesto que evitar el tema sensible y barrer la basura bajo la alfombra. Si, después de una negativa tan palmaria, el marido sigue queriendo usar el preservativo, ya tenemos que vérnoslas con una situación en la que se ignora la voluntad de la otra parte, se la presiona, e incluso se la fuerza. Es sabido que ya no se trata de amor, ya que éste exige respetar las expectativas de la otra parte y tener en cuenta su voluntad y preferencias. Si alguien se opone y no es respetado, entonces se crea una situación moral completamente nueva. La persona que convive sexualmente bajo presión o forzada, incluso si acepta tal convivencia, ya no es una persona libre, totalmente responsable de la situación creada.

Las dos situaciones, practicar coitus interruptus y usar preservativo, pueden ser comparadas con un escenario conocido en cada casa. Durante el transcurso del día los habitantes dejan sus cosas fuera de lugar, lo que ocasiona un desorden cada vez mayor. Una persona amante del orden sufre ese desorden creciente, y no lo acepta en su interior. Sin embargo, todos pueden tolerar cierto grado de desorden. Cuando recuerda la necesidad de limpiar la casa, no lo hace categóricamente. Tolerar no significa permitir, aceptar o estar de acuerdo. Ese concepto no tiene un sentido positivo (impuesto por la cultura actual, que hace de la tolerancia la virtud moral fundamental), sino reconocer un estado temporal que en el futuro querrá cambiarse, buscando con calma los métodos apropiados para llegar al cónyuge. Pero si el desorden traspasa ciertos límites, la persona sensible no quiere seguir viviendo así y tiene derecho a reclamar, con firmeza y sin tapujos, una limpieza. Por eso muestra cada vez con más empeño su voluntad de vivir en una casa ordenada. Tolerar tanto desorden ya no tiene sentido. Es imprescindible limpiar la casa lo más rápidamente posible y devolverle cierto orden.

6. La píldora de la muerte

La píldora anticonceptiva encuadra más efectivamente aún en la cultura no cristiana; aunque lo hace de una manera más oculta, invisible desde fuera, vulnera la integridad del cuerpo humano. La decisión de usarla origina la necesidad de hacerlo regularmente, cambia la comprensión del cuerpo humano; es un permiso para modificar la naturaleza humana creada por Dios, y así cuestiona la sabiduría y el amor del Creador. Para algunas mujeres es un peligro para su salud. La gragea anticonceptiva eficaz tiene injerencia en todo el medio en el cual nace la vida. Su acción, según sus creadores, es tanto anticonceptiva como abortiva.

En el libro Contraception, que goza del reconocimiento de los medios médicos, los autores L. Speroff y P.D Darney describen la acción de la píldora: “los preparados complejos impiden la ovulación, frenando la producción de gonadotropina en el mecanismo que actúa tanto en la hipófisis como en el centro cerebral. Los prostágenos ante todo suprimen la producción de lutropina (LH), por lo que impiden la ovulación; mientras que el estrógeno frena la secreción de folitropina (FSH) y evita el desarrollo del folículo dominante. (…). La progesterona compuesta presenta en los anticonceptivos orales produce alteraciones temporales en el endometrio y la desaparición de sus glándulas, y en relación con esto, es imposible la anidación del óvulo en una mucosa endometrial tan alterada. El moco cervical se hace espeso e impermeable para los espermatozoides. También es posible que la acción de los prostágenos sobre la secreción de las glándulas del endometrio y la peristáltica que conduce el óvulo hacia las trompas constituya un mecanismo adicional para evitar la concepción. Incluso si a pesar del empleo de los compuestos el cuerpo de la mujer conserva una actividad residual de los folículos ováricos (sobre todo en los compuestos con menor dosis de hormonas), los mecanismos arriba descritos aseguran una efectiva acción anticonceptiva.” 117

La Iglesia establece los límites que desde ningún punto de vista se pueden transgredir. No se puede aceptar el desorden moral en la convivencia sexual si la parte que quiere infertilizar el acto sexual utiliza medio que pueden provocar un aborto temprano. “Además, se deberá evaluar cuidadosamente la cooperación al mal cuando se recurre al uso de medios que pueden tener efectos abortivos.” 118
Esta observación se refiere a la píldora anticonceptiva, el dispositivo intrauterino y la “píldora del día después”.

La información sobre la acción abortiva de los anticonceptivos hormonales no significa que el aborto se produzca siempre, pero existe esa posibilidad y es prevista por los productores de los fármacos para que el artículo ofrecido tenga efectividad. El aumento de la posibilidad de producir el aborto (unas pocas investigaciones hablan del 10-20%)119
no autoriza afirmar que, en el caso de una pareja concreta, con seguridad haya habido un aborto, y en base a tal especulación, dictaminar que lo han provocado. Nadie puede definir si en determinada pareja se ha producido un aborto a causa del uso de anticonceptivos porque en la práctica es muy difícil establecer qué sucede en el sistema reproductivo de la esposa. En gran medida depende de la dosis ingerida (cuando menor, tanto menos perjudicial para la salud, pero también menos segura para bloquear la ovulación), de las propiedades individuales del cuerpo (masa corporal, estado general de la salud, fertilidad…), el tiempo de utilización del anticonceptivo (cuanto más prolongado, tanto mayores son las probabilidades de provocar un aborto).

La verdad sobre las consecuencias sigue siendo un misterio conocido sólo por Dios. Los matrimonios que no sabían sobre esta acción de las populares píldoras no deberían sentirse culpables porque se haya podido producir un aborto precoz, pero, habiéndose dado cuenta de tal peligro, deberían desechar esos medios de inmediato para no volver a arriesgar un final tan triste para su amor.

7. La espiral de los problemas

La colocación de una espiral intrauterina excluye rotundamente la posibilidad de la convivencia sexual durante el período fértil, ya que puede terminar en un aborto precoz. Incluso si las hormonas que segrega no permitan la concepción, se la coloca con esa finalidad para que, en caso de concebir, el embrión no pueda anidar en el endometrio.

Es muy frecuente que en algún lugar de la conciencia de la mujer que se la ha colocado, subsista la idea de que la espiral destruye la vida de una persona humana. Por lo general, no es un pensamiento lo suficientemente lúcido como para provocar la decisión de quitarla. Pero ese pensamiento horada la psiquis produciendo nerviosismo, intranquilidad, irascibilidad, e incluso falta de deseo sexual. No es posible huir de la conciencia, aun si está sofocada. La negativa a absolver a una mujer que tiene colocada la espiral es el modo de que admita la verdad que se le hace tan difícil. Se encuentra en una situación que exige decisiones inequívocas. Debería ir al ginecólogo lo más rápidamente posible y deshacerse del objeto letal. Muchas mujeres con ese problema posponen la decisión durante meses, porque el miedo al embarazo es más fuerte y más real que la conciencia de que en su cuerpo se produce un aborto.

Los matrimonios que se deciden por tal anticonceptivo no conocen y a menudo no quieren conocer los métodos naturales de planificación familiar. Están en una situación moral muy difícil. Hay que afirmar objetivamente que, en comparación con los métodos abortivos, el uso del preservativo es un mal físico menor. Sin embargo, no significa que entonces desaparezca el problema moral y que no haya que tender a evitar también, el mal moral relacionado con el uso del preservativo. Por eso, en esas situaciones, el preservativo puede ser tolerado como una situación temporal, condicional y excepcional. Esa solución es posible para los esposos que, conscientes del mal de los métodos abortivos, están dispuestos a renunciar a ellos, pero no saben o todavía no quieren renunciar a la anticoncepción. Esta situación moral difícil fue aclarada por el papa Pablo VI en la encíclica Humanae vitae: “En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien.” 120
El Papa establece un límite importante entre tolerar el mal menor (a veces puede hacerse, si se evalúa que la falta de tal tolerancia provocará un perjuicio mayor, o que sin ella no se alcanzará un bien mayor) y hacer el mal con la convicción de que ese mal dará buenos frutos. Por lo tanto, se puede tolerar el uso de un medio estrictamente anticonceptivo, si resulta imposible arreglar esa situación y su prohibición haría que los esposos siguieran utilizando medios abortivos. Tolerar una mala elección, como es la anticoncepción, y al mismo tiempo una elección mejor que los medios abortivos da la oportunidad de continuar el diálogo con los esposos.

La conciencia de la gradación del mal protege de una calificación uniforme de cada manifestación de impureza en la convivencia conyugal. Pero, al advertir las importantes diferencias, hay que recordar que “queda siempre firme el principio de que la distinción esencial y decisiva está entre el pecado que destruye la caridad y el pecado que no mata la vida sobrenatural; entre la vida y la muerte no existe una vía intermedia”. 121
Esta observación es muy importante, porque la conciencia de la gradación de los pecados sexuales no siempre ayuda a mejorar la relación entre los esposos, puesto que suscita la tentación de elegir los pecados menos perjudiciales. Esa forma de pensar es algo pérfida y debilita el camino de los esposos hacia la castidad plena y la santidad. Caminando con Dios no tienen que pensar en las posibilidades de elegir el mal menor, sino en la elección de un bien mayor aún. El amor no reflexiona sobre qué mal es preferible, sino sobre cómo crecer en el bien. No se puede ceder al pensamiento minimalista. Hay que darse cuenta de que cada pecado, incluso el más leve, es una elección del camino contrario a la voluntad de Dios, es apartarse de Él. En cambio, cada elección del bien es acercarse a Dios y por eso vale la pena preocuparse por ese tipo de elecciones. Cada uno de nosotros debería preguntarse como el joven del Evangelio: “Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para alcanzar vida eterna?” (Mt 19,16)


8. La participación del cónyuge en el pecado

Muchas personas ansían ordenar su convivencia sexual de acuerdo con su conciencia, pero su situación se ve complicada por el hecho de que el cónyuge no quiere o no sabe adaptar su vida a los mandatos de la Iglesia. El motivo suele ser una cosmovisión distinta, diferencias de educación, madurez espiritual, moral, psicosexual, y también las situaciones difíciles con las cuales no sabe cómo lidiar.

Sería magnífico que los esposos maduraran espiritual y moralmente al unísono y vivieran las mismas convicciones e igual sensibilidad. Pero es apenas un postulado idealista. El Papa Juan Pablo II afirma de manera realista: “Conviene también tener presente que en la intimidad conyugal están implicadas las voluntades de dos personas, llamadas sin embargo a una armonía de mentalidad y de comportamiento. Esto exige no poca paciencia, simpatía y tiempo.” 122
Si la compatibilidad de pensamiento no puede ser alcanzada de inmediato, tanto menos se puede lograr rápidamente una acción acorde con la conciencia cristiana. El período de sanación de la vida conyugal no quiere renunciar a sus puntos de vista y no tiene una cultura que lo capacite para la vida moral.
Esta delicada situación moral es aclarada por el papa Pío XI: “Sabe muy bien la santa Iglesia que no raras veces uno de los cónyuges, más que cometer el pecado, lo soporta, al permitir, por una causa muy grave, el trastorno del recto orden que aquél rechaza, y que carece, por lo tanto, de culpa, siempre que tenga en cuenta la ley de la caridad y no se descuide en disuadir y apartar del pecado al otro cónyuge.” 123

El punto de partida de nuestra reflexión es la verdad evidente de que asumir una convivencia sexual acorde con la conciencia formada por la doctrina de la Iglesia depende de que las dos personas, marido y mujer, colaboren con la gracia de Dios. Si uno de los cónyuges no quiere abstenerse de los hechos que no favorecen la construcción del vínculo a través de la sexualidad, entonces el otro, aceptando una convivencia desordenada, se siente moralmente culpable. En la sensación de la parte que distingue el mal a conciencia (la que quiere una convivencia más bella), aceptar los hechos moralmente desordenados es no sólo el asentimiento al pecado del cónyuge, sino también la participación en ese pecado, lo que pesa en su conciencia. Por eso a menudo vive un dilema moral. Por un lado, no quiere participar en el pecado, y por otro, se da cuenta de que negar permanentemente la proximidad carnal priva a ambos de un bien propio del matrimonio. La situación sería insoportable si la persistencia en el pecado de uno de los cónyuges y su indiferencia frente a los imperativos éticos pesara durante años sobre la conciencia del tro, o le imposibilitara la alegría de la intimidad, la proximidad corporal, las caricias y la convivencia sexual. Un conflicto así podría alcanzar dimensiones dramáticas si una de las partes aumentara la presión para continuar con una convivencia sexual desordenada y, en la otra parte, creciera la resistencia para asumirla y su negativa se hiciera cada vez más rotunda.

No siempre se puede adoptar una alternativa: una convivencia sexual plenamente ordenada o la abstinencia hasta que esto suceda. Una solución así sólo tiene la apariencia de la ortodoxia católica. No es segura para el matrimonio, que con el esfuerzo mutuo y con la ayuda de la gracia de Dios, crece a una convivencia sexual más pura y santa.

9. Convivencia condicional

La Iglesia permite que una persona asuma una convivencia sexual moralmente desordenada si esta persona es consciente del mal de esa convivencia. Define su acción como la “cooperación al pecado del cónyuge que voluntariamente hace infecundo el acto unitivo”. 124
Asumir una convivencia sexual desordenada no significa aceptar cualquier forma de infertilización (lo que ya fue aclarado). Además, hay que cumplir algunas otras condiciones, estrictamente definidas. Entonces, a pesar del acuerdo para una convivencia sexual desordenada, no hay pecado. No hay obligación de confesarlo y se puede comulgar sin la menor duda.

“Tal cooperación puede ser lícita cuando se dan conjuntamente estas tres condiciones:

1. La acción del cónyuge cooperante no es en sí misma ilícita;
2. Existen motivos proporcionalmente graves para cooperar al pecado del cónyuge;
Se procura ayudar al cónyuge (pacientemente, con la oración, con la caridad, con el diálogo: no necesariamente en aquel momento ni en cada ocasión) a desistir de tal conducta.” 125
3. Estos principios no son obligatorios si el cónyuge emplea medios abortivos. En esos casos, la participación está excluida.

En esta instrucción no se trata de aceptar situaciones ambiguas, de permitir el pecado en algunas situaciones. El mal nunca puede ser aceptado porque las consecuencias de tal convivencia en algún momento pueden amenazar el crecimiento del amor conyugal, dar malos frutos.

Hay matrimonios que viven benignamente las diferencias de puntos de vista sobre la vida sexual. Esto por lo general sucede cuando las dos partes se sienten amadas y satisfechas. Pero también ocurre que en algún momento una de las partes descubre que es utilizada, deja de creer en los juramentos de amor, comienza a distinguir más claramente el egoísmo de su cónyuge. A menudo, algún hecho conflictivo se convierte en el catalizador de las dudas y pesares acumulados y de pronto echa una nueva luz sobre la interpretación de la historia de amor. La persona se siente estafada, ve patentemente que se ha sacrificado por amor al cónyuge que no era tan digno de ese sacrificio. En otros casos las conductas que para uno de los cónyuges son buenas y deseables, en el otro pueden dar lugar a humillaciones y dolores, o ser vividas subjetivamente como coercitivas. La convivencia inapropiada a veces deja tristeza, pena, distanciamiento, frialdad sexual, nerviosismo; a menudo provoca llanto. Por lo general, son vivencias de las mujeres heridas por sus maridos; éstos además no ven el problema y no entienden los motivos en las reacciones de sus esposas. En esos casos no se puede exigir que la mujer acepte una convivencia que no la hace feliz y que para ella es señal del egoísmo del varón. Tampoco es fácil justificar los errores del varón que, en muchos casos, debería preocuparse más por el bienestar de su esposa. Pero aquí estamos comentando la situación en la cual el cónyuge que priva de fertilidad al acto sexual no usa la fuerza ni la violencia; es un ser humano normal que ama, se preocupa por su matrimonio, cuida la satisfacción sexual de su cónyuge. Quizá hasta haga lo que considera que es justo y bueno para su matrimonio.

Suele suceder que la conciencia de una vida casi permanente de pecado y alejamiento de Dios (por ejemplo, a causa de un marido sexualmente demasiado activo) aumenta la agresión y la ira contra él, provocando una agravación del conflicto. Quitarle responsabilidad moral a la esposa que accede a una vida sexual desordenada permite que ella considere con más calma el problema con el que de momento no puede lidiar. En muchos casos se demuestra que esa liberación de la culpa moral le permite advertir lo bueno en el marido, hacer un balance más objetivo de las tristezas y las alegrías de la vida en común. Permite amar a un varón inmaduro, pero también que la esposa se alegre con el placer que experimenta durante la convivencia sexual desordenada, deseándola y buscándola. La mujer recobra sus fuerzas para, sintiendo el amor de Dios, dirigirse con calma, realizar sus deseos sexuales y vivir con la esperanza de encontrar, con la ayuda de Dios, una buena solución.
Vale la pena distinguir la diferencia entre la falta de deseo para mantener, por ejemplo, un coitus interruptus y no querer amor, intimidad, placer, convivencia sexual. Es posible no querer el mal moral en la convivencia sexual, pero al mismo tiempo amar al cónyuge y desear convivir sexualmente con él. Precisamente ésa es la situación que nos ocupa. El documento que hemos mencionado no por casualidad establece la diferencia entre la participación en el pecado y la violencia o la coacción por parte de uno de los cónyuges, a lo cual el otro no sabe o no tiene fuerzas para oponerse. En el caso de la coacción que sufre uno de los cónyuges, la situación moral es clara. La falta de libertad de la víctima de agresión hace imposible que peque; como, por ejemplo, si un marido borracho obliga a su esposa a tener sexo. En ese caso es difícil hablar de amor o alegría en la convivencia sexual. En cambio, hay participación cuando la parte cuya conciencia es sensible, a pesar del desorden moral en la esfera sexual, ama a su cónyuge, quiere tener relaciones sexuales con él y de esa convivencia obtiene mucho amor y satisfacción.

Los motivos para la participación moral desordenada deberían ser proporcionalmente graves. Esta afirmación significa que no toda situación permite aceptar un acto sexual que impide la fertilización. Sin ese criterio estaría justificado todo pedido insistente para mantener una relación moralmente desordenada.

La elaboración de una lista de “motivos importantes”, suficientes para aceptar hechos moralmente desordenados, sería perjudicial. Algunos querrían tener a mano un instructivo para todos los matrimonios sin excepción, ya que sería una indicación moral de máxima objetividad. La Iglesia dice que los esposos deberían tender a que el acto sexual no se realice al costo de eliminar la fertilidad, y su regulación debería realizarse aprovechando los días infértiles del ciclo femenino para convivir. Los cónyuges deberían tender a un acto sexual completo y ambos deberían tratar de que así fuere. El acto conyugal debería ser un acto de amor. En cambio, el camino de crecimiento hacia ese desafío para los esposos es tan diverso como distintas son las personas. El concepto “motivos proporcionalmente graves” permite justificar la complejidad de los problemas de cada matrimonio. En uno, una larga ausencia de convivencia sexual será soportada con paciencia; en otro, será la brasa que enciende permanentes riñas y quejas difíciles de soportar. En un matrimonio, la perspectiva del tercer hijo será recibida con alegría; en otro, ocasionará un temor que paralizará la realización del acto conyugal completo. La pérdida de trabajo para un marido puede ser un motivo de lucha pero no se reflejará sobre su vida sexual; en otro, producirá un estrés tan fuerte que anulará su sexualidad. En un matrimonio, la falta de deseo de la esposa será recibida comprensivamente por el marido; en otro, el marido sospechará que la esposa lo engaña. Muy a menudo, los esposos que se reencuentran después de una prolongada separación (por ejemplo, por trabajar en el extranjero) desearán de inmediato un acercamiento sexual que no saben ni quieren aplazar. Por eso, la formulación “motivos proporcionalmente graves” sugiere que se trata de motivos que no son igualmente graves para todos, sino importantes para determinada pareja.
La verificación de las intenciones es un deber permanente del cónyuge que quiere poner orden en la esfera sexual de su matrimonio. Puede reconocer que el estilo de vida pecadora le resulta cómoda. Por eso, es imprescindible un tercer criterio, cuya observación marca la dirección de los anhelos humanos, purifica la intención con la que se acepta la convivencia, testimonia la sinceridad aplicada a los otros criterios. El tercer criterio impone la búsqueda de soluciones para abandonar la convivencia moralmente desordenada. Sólo en el diálogo los esposos pueden abrirse, presentar sus razones, comprender a la otra parte, expresar sus necesidades, convencerse mutuamente. El tercer criterio supone que la sanidad de la convivencia conyugal no aparece de inmediato. Hace falta tiempo, paciencia, crecimiento. Las diferencias en el desarrollo espiritual, moral y psicosexual de los esposos a veces son muy notables e imposibles de resolver en poco tiempo. No siempre los esposos saben hablar sobre sus vivencias íntimas; a veces se ofenden, les falta lenguaje para una conversación sincera y creativa; sin hablar de la voluntad de escucharse. Cuando parece que es muy difícil mantener un diálogo, es necesario rezar por el cónyuge y aprender a amarlo. Sin amor y preocupación mutua por una convivencia sexual gozosa, las conversaciones sobre el tema pueden ocasionar mucho mal.

Este criterio merece una digresión importante. El tiempo de la convivencia sexual no es bueno para enseñar, manifestar descontento, contrariedad, resistencia. Tampoco se trata de que siempre, por la paz de la conciencia, se puntualice la propia posición y se recuerden las razones justo antes de comenzar el acercamiento. Si la convivencia les da alegría y placer a los esposos, si les da la percepción del vínculo (a pesar del desorden moral introducido por la mala conducta de uno de los cónyuges), entonces hay que alegrarse por este hecho, buscar el placer, comprometerse normalmente en la relación amorosa, sin desistir de los intentos para mejorar la vida sexual. La elección del tiempo y lugar de la conversación depende de la percepción de la situación, de la actitud de la otra parte.

Notas

112
Cfr. K. Jankowiak “O Okazywaniu milosci w malzenstwie” (Acerca de las muestras de amor en el matrimonio), Wieczernik 74 (32), 1996, p.1.

113
Freud, Introducción al psicoanálisis, Madrid, Alianza Editorial, 2002

114
Cfr. G. Giusta, Dizionario del sesso (Diccionario del sexo), Roma, 1997, p.47

115
Cfr. A. Dziuba, Spowiedz malzenska (La confesión conyugal), Wydawnictwo M, Cracovia, 2002, p.92

116
Cfr. J. Matyjek, “Znaczenie nasienia mezczyzny dla zdrowia kobiety” (La importancia del semen para la salud de la mujer), Zycie i plodnosc, 2-3/2008,
p.95-102

117
Darney, Philip D. Y Speroff, Leon; Contracepción, Madrid, Marban Libros, 1998

118
Pontificio Consejo para la Familia, Vademecum para los confesores 14

119
Cfr. R. Ehmann, “Problemy zwiazane z regulacja urodzen” (Problemas relacionados con la regulación de los nacimientos), en: Miedzynarodowy kongres o godnosci macierzynstwa (Congreso Internacional sobre la dignidad de la maternidad), Varsovia, 6-7 VI 1998, p.121

120
Pablo VI, Encíclica Humanae Vitae, 14

121
Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconcilatio et paenitencia, 17

122
Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris consortio, 34

123
Pío XI, Encíclica Casti connubii, 22

124
Vademecum para los confesores, 13

125
Id.

 



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