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Casarse: la más prudente chifladura
La viabilidad de un matrimonio nunca puede conocerse teniendo relaciones íntimas antes o en vez de la boda


Por: Tomás Melendo Granados | Fuente: Catholic.net



Esta del matrimonio es, sin duda, una cuestión muy grave y espinosa. Por eso no tengo más remedio que tomármela un poco a chacota. ¡No sea que, en vez de aprender y divertirnos —que fue un lema muy de moda y relativamente sano hace algún tiempo—, consigamos amargarnos!

(Desde este mismo instante, pido sinceramente excusas si a alguien le molesta el tono adoptado; considero que el sentido del humor es una de las claves para hacer la vida más llevadera y resolver con eficacia problemas que, tomados dramáticamente, con aparente «objetividad», se tornan insolubles).

 

I. ¿Por qué decimos ¡au! (en vez de «sí»)?

 

 

1. ¿Existe diferencia entre convivir (decir ¡au!) y casarse?

a) Como en otra galaxia


La diferencia es abismal, como de otra galaxia. Aunque entiendo que a veces no sea fácil advertirla porque, ¡qué le vamos a hacer!, al matrimonio nos lo han vaciado de contenido.

¿Que quiénes? Pues los «vaciadores» de turno. Es decir, como corresponde a nuestra época masificada, las leyes y los usos sociales (léase de masas).

¡No el dinero, no seamos duros ni ingenuos! ¿A quién le importa, de veras, que en muchos países el matrimonio se encuentre fiscalmente desprotegido, y salga más barato declarar como no-casado o no-casada (y no casarse, por tanto)? ¿Y quién protestaría porque las consecuencias económicas del divorcio resulten más gravosas —sobre todo para la mujer— que las de la separación tras una simple (o compleja) convivencia?

Eso son minucias irrelevantes, a las que nadie hace el menor caso. Aquí me refiero a cuestiones de más peso. Por ejemplo, a que:



 

 

 

 

  • i) La posibilidad legal de divorciarse, amparada por más y más Constituciones, elimina la seguridad de que se luchará por conservar la unión, disminuye las ganas de combatir para lograrlo… y hace que bastantes madres aconsejen a sus hijas la separación de bienes, «no vaya a ser que, después, tu marido…»: con lo que, queriendo con no poca torpeza evitarlo, provocan justamente aquello que «profetizan» (los padres, si no yerro, no suelen meterse del mismo modo en estas cosas; pero tampoco importa mucho).


    ii) La aceptación social y jurídica de «aventuras» extramatrimoniales —que siempre las ha habido (al menos, es lo que hay que decir, y es muy posible que sea cierto), e incluso se han considerado como algo «simpático»—, pero que quizá hoy resulten más visibles y «normales»… hace menos fácil ser fieles, si es que no lleva a los propios cónyuges —cosa cada vez más frecuente— a considerar una «necesidad», un «derecho»… o un «deber» tener de vez en cuando un devaneo, aun con conocimiento del otro: una especie de pacto interno (no he dicho «infierno», ¡eh!) que no sabría cómo calificar.


    iii) Y la difusión masiva, indiscriminada e incluso forzada de contraceptivos, unida al convencimiento inducido de su total inocuidad —espiritual, psíquica y física—, desprovee de relevancia y valor a los hijos, cuando no los transforma en algo indeseable, al tiempo que hace del embarazo… ¡una enfermedad! tremendamente abultada, sobre todo en sentido metafórico: es decir, una dolencia gravísima, que debe ser «prevenida» o «sanada» cuanto antes.

 



 

 

 

No a la unicidad. No a la simple lealtad. No a la fecundidad amorosa.

¿Qué queda, entonces, de esa magnitud y belleza del matrimonio de la que algunos locos hablaban?, ¿qué de la arriesgada aventura que dicen que siempre ha sido?, ¿con qué objeto «pasar por la iglesia o por el funcionario de turno»?

A la vista de todo ello, los más sensatos —que siempre los hay— aseguran que lo importante es «quererse». Y me parece verdad, lo digo con el corazón en la mano. Pero precisamente aquí es donde conviene profundizar un poco.

Porque para poderse querer bien, a fondo, con auténticas perspectivas de éxito, hay que estar casados.


b) Hacerse capaz de amar

Me imagino más de una cara de asombro, pero no es algo tan extraño. En todos los ámbitos de la vida humana hay que aprender y capacitarse. ¿Por qué no en el del amor, que es a la par la más gratificante, decisiva y difícil —¡sí, difícil!—de nuestras actividades?

Jacinto Benavente afirmaba que «el amor tiene que ir a la escuela». Y a mí me gusta mucho repetirlo, porque es «de cajón», como decimos en mi tierra. Para poder querer de veras, primero hay que ejercitarse; después, ejercitarse; y, por fin, ejercitarse: hacer actos notables de amor. Igual que, por ejemplo, es preciso templar día a día los músculos para ser un buen atleta, o pasar muchas horas al volante —¡cuidado con los puntos!— para ser un mediano conductor.

Y solo la boda habilita para (poder empezar a) amar de una manera real y efectiva… aunque muy pocos se lo crean.

¿Por qué?

Pido excusas por mi arrogancia, pero ni hoy ni durante muchos siglos el matrimonio ha acabado de entenderse bien. Se solía contemplar como: una simple ceremonia (mejor cuanto más lujosa o extravagante… en la Roma clásica, en la Edad Media y hoy); un contrato no rescindible; un compromiso… Algo que, sin ser falso, resulta demasiado pobre.


c) La esencia del matrimonio

Por eso, a falta de otro más preparado a mano, tendré que esbozar yo mismo de qué se trata.

En su esencia, la boda es, para cada uno de los novios, un acto libérrimo de amor (y, por ende, la confluencia de ambos y lo que de ahí se deriva). El sí manifiesta un acto único, excepcional, notabilísimo, por el que me entrego plena-mente a otra persona y nos comprometemos a amarnos de por vida.

Es «amor de amores»: amor libre y sublime que, además y más que obligar a hacerlo, permite amar excelsamente.

Ese acto tan impresionante me pone en condiciones de querer bien: fortalece mi voluntad y la faculta para amar a otro nivel, me sitúa en una esfera mucho más alta: en otra galaxia, como anticipé.

La boda capacita para comenzar a amar de una manera superior, que luego habrá que ir mejorando día a día, con detalles tan menudos como concretos y constantes.

Por eso, si no me caso, si excluyo ese acto de donación total, estaré imposibili-tado para querer de veras a mi cónyuge (más aún, justo por negarme a esa entrega radical, por falta de suficiente amor —que lleva al claro «desamor» de no arriesgarme a darme por entero—, me iré progresivamente incapacitando para amar bien).

Como quien no se entrena o no aprende un idioma, o se niega en redondo a hacerlo, no puede, por más que lo desee, sobresalir en un deporte o hablar esa lengua con fluidez.

O, mejor todavía, como quien no se decide a lanzarse desde un trampolín, después de aprender lo necesario y venciendo el miedo que inicialmente lo acogota, nunca estará en condiciones de saltar de nuevo, con gusto y soltura, mejorando progresivamente la técnica y el estilo.
¿Puedo permitirme una cita?

A su joven esposa, que le había escrito: «¿Me olvidarás a mí, que soy una provincianita, entre tus princesas y embajadoras?», Bismark le respondió: «¿Olvidas que te he desposado para amarte?».

Estas palabras encierran una intuición profunda: el «para amarte» no indica una simple decisión de futuro, incluso inamovible, lo cual ya es mucho; equivale, en fin de cuentas, a «para poderte amar» con un querer auténtico, supremo, definitivo… imposible sin el mutuo entregarse del matrimonio, sin casarse.

¡Qué grande era ese Bismark!


d) ¿Repercusiones psíquicas?

Vamos por pasos: de lo complicado… a lo más complicado aún.

A pesar de lo que afirmen ciertos psicólogos y otros profesionales, la convivencia íntima sin boda tiene repercusiones psíquicas, y muy claras.
 

 

 

  • i) Cuando me caso establezco las condiciones adecuadas para de-dicarme de lleno y en exclusiva a lo que mis alumnos y bastantes otros, con toda razón, consideran lo importante: amar a mi cónyuge.


    ii) Por el contrario, si simplemente vivimos juntos, todo el esfuerzo tendré que dirigirlo, aunque no sea consciente de ello e incluso me empeñe en negarlo, a «defender las posiciones» alcanzadas, a no perder lo que parece que he conseguido.

El problema más grave, y el que origina los demás inconvenientes, es entonces la inseguridad. ¿Por qué?

Porque:
 

  • i) al no existir un libre compromiso, un «acuerdo digno» de la grandeza de lo que está en juego, la relación puede romperse en cualquier momento;

    ii) no tengo certeza de que el otro se va a empeñar seriamente en quererme, en acopiar las alegrías y superar los roces y conflictos del trato cotidiano: ¿debo ser yo «el tonto o la tonta» que luche… para no ser correspondido?;

    iii) no puedo mostrarme de verdad como soy, «bajar la guardia»; tengo que «dar la talla» constantemente, no sea que mi pareja advierta defectos que no le gustan, decida que «hasta aquí llegaron las aguas», y considere mejor no seguir adelante;

    iv) ante los obstáculos y contrariedades que por fuerza surgirán, aunque sean de poca monta, la tentación de abandonar el empeño está muy cerca, puesto que nada lo impide… sino más bien al contrario;

    v) con lo que —¡fíjate por dónde!— lo único importante, que es el amor, es lo que pide a gritos que uno se case; si no me caso, repito, no puedo dedicarme a amar, a lo importante (¡qué bien me ha quedado esto!).

En resumen, la simple convivencia sin entrega crea una atmósfera en la que la finalidad fundamental y entusiasmante del matrimonio —hacer crecer y madurar el amor y, con él, la felicidad— pasa a un segundo plano y resulta muy comprometida.

Pienso que no es difícil de entender. El ser humano solo es feliz cuando se empeña en algo grande, que efectivamen-te compense el esfuerzo.

Y lo más impresionante que un varón o una mujer pueden hacer en la tierra es (aprender a) amar, normalmente a través del matrimonio.

Vale la pena emplear toda la vida en amar cada vez mejor y más intensamente… porque solo para eso hemos venido a este mundo.

De ahí que, en realidad, sea lo único que merece nuestra dedicación: todo lo demás, todo, debería ser tan solo un medio para conseguirlo.

«Al atardecer de nuestra existencia —repetía un clásico castellano— se nos examinará del amor».

(¡Y de nada más!, añado yo: todo lo que, en mi vida, no transforme en amor, resulta inútil, vano… o incluso perjudicial).


e) Y una razón determinante

Por otro lado, las estadísticas manifiestan con claridad que esa convivencia prácticamente nunca produce efectos beneficiosos. Aporto solo un par de datos.
 

  • i) El primero, que los divorcios son mucho más frecuentes entre quienes han convivido «antes de» contraer matrimonio (más bien, «en lugar de» hacerlo).

    ii) Después, que el trato entre los jóvenes, cuando empiezan a mantener relaciones, y contra lo que ellos esperarían o incluso se resisten a admitir, se deteriora a ojos vista: uno y otra (otra y uno: «tanto monta, monta tanto…») se tornan más acaparadores, más agobiantes y posesivos, más suspicaces, más irritables…

    (Por eso quienes poseen un poco de experiencia advierten de inmediato cuando un par de chicos ha iniciado ese trato íntimo).

Pero conviene ir más al fondo:

No es serio ni honrado «probar» a las personas, como si se tratara de perros, de motos o de instrumentos de música; a las personas se las respeta, se las venera, se las ama. Pero no se las pone a prueba para ver cómo «funcionan».

Las personas son algo tan grandioso que, en su presencia, solo cabe la contemplación y el amor: por ellas uno arriesga la vida, «se juega —como decía Marañón— a cara o cruz, el porvenir del propio corazón».

Además, la desconfianza que implica el «probarlas»:

No solo genera un permanente estado de tensión, difícil de soportar, sino que se opone frontalmente al amor incondicionado e «incondicionable» que está en la base de cualquier buen matrimonio: y si no hay base o punto de apoyo bien sólidos, el matrimonio… se cae.

A lo que cabe añadir otro motivo, todavía más determinante: no se puede (es materialmente imposible, aunque no lo parezca) realizar ese «experimento», porque la boda cambia muy profundamente a los novios.

No solo desde el punto de vista psicológico, del que he expuesto algunos extremos, sino en su mismo ser.

Los modifica muy hondamente. En cierto modo los hace otros, distintos; los transforma en esposos, en personas capaces de amar (sobre todo, de amarse mutuamente) en otro plano más alto.

Como antes decía, los convierte en extraterrestres, provenientes de otra galaxia.

Así —como «tíos muy raros», «de otro mundo»— los consideran también los derrotistas agoreros del matrimonio: los que estiman que «el amor es imposible».

¡Pobrecillos!

Los invito a leer estas palabras de Marta Brancatisano: «El amor existe, es nuestro humus y al mismo tiempo es nuestra obra, algo que se construye con esfuerzo y con materiales costosos. Es algo que compromete por entero a nuestro ser: la razón más allá del sentimiento y la voluntad más allá del instinto. Cae del cielo por sí solo como un rayo en medio del cielo sereno, pero no se mantiene por sí solo. Exige compromiso y esfuerzo, y quien no sabe o no quiere comprometerse, iza la bandera blanca y colabora así a la construcción del falso mito según el cual el amor es una quimera».

 

 

 

<p permanente,="" comprometido,="" exclusivo",="" y="" eso="" es="" lo="" que="" el="" corazón="" entiende.="" pero,="" fuera="" del="" matrimonio,="" no="" existe="" tal="" compromiso.="" cuerpo="" está="" mintiendo.="" haciendo="" se="" constituya="" una="" unión="" afectiva="" la="" realidad="" puede="" respaldar.="" todo="" pue-de="" significar="" quiera="" bien="" de="" otra="" persona».ii)="" surge="" así="" ruptura="" interior="" en="" cada="" uno="" los="" novios,="" manifestada="" psíquicamente="" por="" un="" obsesivo="" angustioso="" afán="" seguridad="" —¡aquí="" nuevo!—,="" cortejado="" recelos,="" temores,="" suspicacias…="" acaban="" envenenar="" vida="" común.iii) Por otro lado, como consecuencia de lo anterior, uno y otra empiezan a sentirse mal, y buscan de nuevo «estar juntos» como medio para evitarlo; el malestar se calma momentáneamente, mientras duran las relaciones, para luego crecer con más fuerza, «estar otra vez más juntos», aumentar la desazón persistente, en una especie de espiral fatídica que culmina casi siempre con la separación… ¡y peor si no es definitiva!

De ahí que, en contra del uso habitual, a este tipo de relaciones prefiera llamarlas «anti- o contra-matrimoniales».


En este sentido, apunta Bonacci: «Como ya he dicho antes, muchos piensan que la relación sexual es algo que uno puede hacer con su cuerpo, mientras la mente se queda en la habitación de al lado. Y no es verdad. La actividad sexual abarca todo nuestro ser, y tiene consecuencias muy profundas en nuestra afectividad»… y en el resto de nuestra persona.

e) Para conocerse de veras

Por otro lado, resulta ingenua la pretensión de decidir la viabilidad de un matrimonio por la «capacidad sexual» de sus componentes: ¡como si toda una vida en común dependiera o pudiera sustentarse en unos actos que, en condiciones normales, suman unos cuantos minutos a la semana… o al día, o unas horas por la mañana y otras por la tarde, ¿qué más da?!

E igualmente cándido es el intento de «averiguar» cómo «funciona y va a funcionar sexualmente» una persona acostándose con ella. Las relaciones íntimas ponen en juego múltiples y delicados aspectos de nuestra personalidad: desde el estado de salud, el sueño o el cansancio, pasando por el buen o mal humor y los sentimientos dominantes, hasta las ocupaciones y preocupaciones del momento, el éxito o el fracaso en la labor profesional… y la actitud más de fondo hacia la otra persona. Como consecuencia de tales variables, también lo es —¡en cada caso!— la «capacidad sexual» de un varón o de una mujer: lo que en estos instantes es «un prodigio de potencia», tal vez dentro de tres horas, por un simple cambio hormonal, se transforme en una especie de mamarracho, incapaz de saciar las ansias del varón o de la mujer menos exigentes.

Y todo ello sin tener cuenta hasta qué punto el acoplamiento de los esposos requiere normalmente de cierto tiempo, y es siempre fruto del amor que lleva a estar más pendiente del otro que de sí mismo y a intentar adaptar nuestras propias necesidades, deseos o caprichos al bien (y al bienestar) del otro cónyuge.
Pero es que la mejor manera de conocer a nuestro futuro cónyuge en ese ámbito consiste, como antes sugería, en observarlo en los demás aspectos de su vida, y tal vez principalmente en los no se relacionan directamente con nosotros: reflexionar sobre el modo como se comporta en su hogar, trabajo o estudio, con sus amigos o conocidos… y, añado ahora, con sus «enemi-gos», pues en algún momento de nuestro vida matrimonial seremos considerados como tales, etc.


Y si en esas circunstancias es generoso, afable, paciente, servicial, tierno, desprendido…, puede asegurarse, sin temor al engaño, que a la larga esa será su actitud en la vida cotidiana y en las relaciones íntimas.

Mientras que la «comprobación directa», e incluso la forma de tratarnos, por responder a una situación claramente «excepcional» —el noviazgo siempre exultante y a veces un tanto «lanzado»—, no sólo no proporciona datos fiables sobre su futuro, sino que en muchos casos más bien los enmascara.
Por eso, frente a una opinión muy difundida, cabría afirmar que «vivir (y acostarse) juntos» es la mejor manera de no saber en absoluto cómo va a actuar la otra persona —en el minuto a minuto y a lo largo de los años— durante el matrimonio.

Repito que no se trata de una mera ficción ni una suerte de «invento piadoso» para desaconsejar esa convivencia: como acabo de apuntar, resulta bastante fácil caer en la cuenta de que la situación que se crea en tales circunstancias es por completo artificial… y muy diversa de lo que será la vida en común, día a día —¡no sólo noche a noche!—, cuando ambos estén casados.

A esa radical diferencia dedicaré todo lo que sigue.


Tomás Melendo Granados
Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia


Parte II. ¿Antropología de la boda?: ¡no se ponga usted tan serio!

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Imagen: www.selecciones.com







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