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La Sma. Trinidad: Tres o cuatro... ¿qué más da?
¿A ti también te da lo mismo que sean tres o cuatro las personas de la Santísima Trinidad?


Por: Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net



Una vez llegó un padrecito recién ordenado sacerdote, a una comunidad muy alejada, sumida en lo mas profundo de la sierra, como ayudante de un párroco muy antiguo en el que habían hecho presa todas las enfermedades, las reumas, los riñones, los dientes que fueron cayendo uno a uno, y la vista que estaba cada día más fatal. El padrecito nuevo parecía un nieto de tan venerable anciano. Llegó el día en que fue enviado por su párroco a atender a una confesión a un rancho alejado de la cabecera de la parroquia. Tuvo que caminar todo un día, o mejor dejarse encaminar por una mula por entre veredas con profundos precipicios a diestra y siniestra, para confesar a don Saturnino que se iba de este mundo. Aunque el cansancio era mucho y mejor daban ganas de tenderse en el suelo a descansar, hubo que atender con mucha unción al enfermo.

Había que darle los Santos Oleos, el Viático, o sea el Santísimo Sacramento como compañero imprescindible para el viaje tan largo que iba a realizar, pero había que confesar antes al enfermo. El enfermo hizo una buena confesión, se le notaba por los gruesos lagrimones que derramaba de sus ojos a punto de cerrarse para siempre. Pero hubo que hacer profesión de fe, antes de los sacramentos, y el padrecito interrogó al enfermo: ¿Crees en Dios Padre? Sí. ¿Crees en Dios Hijo? Sí. ¿Crees en Dios espíritu Santo? Sí. Todos los “sí” iban saliendo como un suspiro y como un alivio, de boca del enfermo. Pero llegó otra pregunta: “¿Crees en un solo Dios verdadero en tres personas distintas?”. Entonces el enfermo abrió con dificultad los ojos y dijo: “Ay Padrecito, eso sí no me lo pregunte, porque no lo entiendo, ¿cómo es eso de que tres personas y un solo Dios verdadero? Eso sí no lo entendí ni lo entenderé nunca”. Esa respuesta desconsoló profundamente al “padrecito”, pues no podía absolver al enfermo si no creía en el más grande misterio de la Iglesia, el Dios Uno y Trino.

Muy afligido recordó que apenas la víspera habían instalado el teléfono en aquella lejanía, y pidió instrucciones a su Cura, contándole la dificultad, pues él se mostraba impotente para atender y absolver al enfermo. El Cura, que conocía de sobra a don Saturnino como un hombre bueno, sencillo y fervoroso de toda la vida, pidió que el enfermo tomara la bocina para hablar con él. Como pudieron, acercaron don Satur a aquel instrumento tan raro, y cuando el enfermo se acostumbró a la voz que llegaba quién sabe Dios cómo, el párroco experimentado le dijo al enfermo en tono amable pero imperioso: “Don Satur, estás para presentarte ante el tribunal divino, y tienes que creer en lo que el padrecito te está preguntando, al cabo, mira, si son tres o cuatro personas en Dios, a ti que más te da, ¡de todas maneras, tú no las vas a mantener... !” Con ese razonamiento tan contundente, don Satur aceptó de buena gana, le fueron administrados todos los sacramentos del caso, y murió muy santa y muy piadosamente.

Hoy cuando celebramos la Fiesta de la Santísima Trinidad, no podemos contentarnos con el razonamiento del cura viejo, no es simple ocurrencia que sean tres o cuatro las personas en nuestro Dios, sino una muestra del inmenso amor que Dios nos tiene, pues ha descubierto el velo que cubría su intimidad, para hacernos vivir a nosotros, simples mortales, en ese amor misericordioso y amabilísimo que nos comunicó toda la bondad encerrada en su seno por toda la eternidad.

La Sagrada Escritura nunca habla de un Dios Trino y Uno, pero por las palabras de Cristo pronunciadas una aquí y otra más allá, nos damos cuenta de la realidad maravillosa de cada una de las Personas divinas. Cristo nos descubre al Padre como el encanto de Padre, que deseando comunicar su inmenso amor, decide crear este encantador universo con todo lo que existe, pero sobre todo decide crear al hombre, con un parecido asombroso a Dios, dotándolo de libertad, de entendimiento y de amor, para que pidiera comunicarse, caso único en la Creación, con el mismísimo Dios que lo dotó de vida.

Cristo se descubre a sí mismo como el Hijo Unigénito del Dios verdadero, y nos da pruebas de su divinidad, con aquellos signos maravillosos que fueron sus milagros, sus curaciones y la resurrección de algunas personas que ya se habían retirado de este mundo, entre los que destacó Lázaro, su amigo que ya llevaba cuatro días de muerto y que ya apestaba. También estaban sus palabras proféticas y todas las profecías que se fueron escribiendo a través de los siglos, con detalles asombrosos, como si los profetas hubieran vivido en su cercanía, con distancias de muchos siglos. Cristo nos reveló que él nos amaba, pero con el mismo amor con que lo amaba su Padre, y nos declaró que el Padre mismo nos amaba, con un amor eterno, infinito, cercano y concreto, a cada uno de los mortales, llamándonos por nuestro propio nombre. Sólo pidió que también nos amaramos nosotros, pero no de cualquier modo, no con nuestro propio corazón, sino que nos amáramos como Cristo mismo nos amó, hasta dar su propia vida, cómo él desde lo alto de la Cruz, para darnos la prueba suprema del Amor.

Y por labios de Cristo, desde la última Cena sobre todo, supimos de una tercera persona, el Espíritu Santo, que viene a hacernos llegar cercano a nosotros, casi palpablemente, el amor del Padre y del Hijo. Con esos dos brazos, Cristo y el Espíritu Santo, el Padre nos abraza, nos estrecha sobre su corazón, y anhela el momento en que todos los mortales, miembros de su sola familia, podamos estar juntos, en los brazos amorosos del Buen Padre Dios. El Espíritu Santo nos llama a vivir en la intimidad, en el amor, en el servicio, en la salida a los demás, en la solidaridad, el misterio de amor y de luz revelado por Cristo.

Y si confiamos entonces en el misterio del Dios Uno y Trino, tendremos que mostrarnos solidarios y defender la vida en todas sus manifestaciones, incluso en el seno de las madres, pues ahí esta la chispa divina que merece vivir y enriquecer al mundo con su presencia. El que crea en el Dios de Jesucristo, estará llamado a construir la civilización no del temor, del silencio y de la muerte, sino la civilización del amor, siendo imagen divina suya, y defender la inviolabilidad de la persona humana, para poder vivir en comunión, dentro de la diversidad personal, social, cultural y religiosa. Siendo muchos y distintos, no constituimos más que una única familia. Y si creemos en la Trinidad Divina, nuestra vida ha de tener un claro “estilo trinitario”. El cristiano ha de vivir como hijo de Dios, buscando en todo la voluntad del Padre y asumiendo los mismos sentimientos de Cristo, que hizo de su preciosa existencia un “don hasta la muerte y muerte de cruz”. Siempre dócil, eso sí, a la acción del Espíritu Santo. O en otras palabras, toda la vida se ha de realizar en el nombre del Padre, y del Hijo y del espíritu Santo, buscando siempre la mayor gloria de la Santísima Trinidad.

¿Entonces que, a ti también te da lo mismo que sean tres o cuatro las personas de la Santísima Trinidad?

 







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