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Cuando sufrimos una injusticia
Podemos mirar al cielo, al Padre justo y misericordioso, para que alivie el dolor de nuestros corazones.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



Un robo, una calumnia, una piedra arrojada para dañar: son formas de injusticia que generan dolor, incluso rabia.

Cuando sufrimos una injusticia, podemos reaccionar de muchas maneras. Pero también podemos reflexionar sobre ese gran misterio de la libertad humana.

Hay injusticias porque mentes y corazones se dejan arrastrar por malos deseos, por avaricias, por odios, por envidias, por formas casi absurdas de maldad.

Quienes sufren la injusticia, se ven privados de bienes materiales o de bienes espirituales. Faltará incluso comida en la mesa, o habrá que ir al hospital para curar una herida provocada por un agresor despiadado.

Las injusticias nos ponen ante esa fragilidad del mundo en el que vivimos. Junto a los fenómenos naturales que causan grandes o pequeños daños, existen comportamientos humanos que hieren y privan de bienes básicos.



¿Cómo afrontar el momento de la injusticia? Necesitamos tener mucha paciencia. Luego, recordar todos esos bienes y opciones que nos permiten seguir adelante.

También podemos reaccionar con unos ojos más abiertos a tantas personas buenas y honestas que están a nuestro lado y que, quizá sin darnos cuenta, nos ayudan y nos protegen en lo material y, sobre todo, en lo espiritual.

Pero, sobre todo, podemos reaccionar con una oración por quienes nos han hecho daño. Porque el mejor modo para resistir al mal es responder con el bien.

No sabemos qué haya en el alma de un ladrón, de un mentiroso, de un calumniador, de uno que provoca heridas físicas en otros.

En cambio, sí sabemos que es un ser frágil como nosotros, que ha cometido un acto que nos hace sufrir y que necesita perdón y fuerzas para reparar los daños cometidos y para emprender el camino hacia la honradez y el amor.



Cuando sufrimos una injusticia, podemos mirar al cielo, al Padre justo y misericordioso, para que alivie el dolor de nuestros corazones, y para que ayude a quien nos ha herido, alguien que también es hijo de Dios y hermano nuestro.







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