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«Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos»
Reflexión del domingo XIV del Tiempo Ordinario Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando» (Mc 6,5-6).

En este domingo XIV del tiempo ordinario nos regala el Señor una Palabra fuerte en la que no cesa de hacer una llamada a la conversión desde la primera lectura hasta la proclamación del Evangelio.

El Señor viene con una Palabra que denuncia la falta de fe, el desprecio hacia su Palabra y hacia Él mismo que tuvo lugar en aquel momento en la sinagoga en la que predicó Jesucristo pero que sigue teniendo lugar hoy cuando no se obedece a su Palabra sino que se obedece al príncipe de este mundo, al demonio (Jn 12,31). Porque ya dirá el Señor por boca de Samuel: «¿Acaso se complace el Señor en los holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la palabra del Señor? Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros» (1 Sam 15,22).

Me viene a la mente, mientras rezo con esta Palabra, el pasaje paradigmático de la escucha y la obediencia al Señor, el momento de la Anunciación del Arcángel a nuestra Santa Madre, la Virgen María: «Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue» (Lc 1,38), la cual escucha y acoge la Palabra de Dios como Dios quiere que la escuchemos y la acojamos nosotros. Porque llegan al alma las palabras que dice Marcos sobre los sentimientos de Cristo al percibir la falta de fe de los que le escuchan en Nazaret: «Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando» (Mc 6,5-6).

El Señor se sorprende, le duele la falta de fe de quienes le escuchan. Porque al Señor le duele nuestra falta de fe cuando caemos en el pecado. Porque pecar significa hacer un pacto con el maligno, decirle al maligno que lo que nos dice, lo que nos sugiere, es la verdad, mientras que al mismo tiempo le decimos al Señor que lo que Él nos dice es mentira, que no es verdad que quiera lo mejor para cada uno de nosotros, que no es verdad que sea Él la Verdad; es decirle a Dios que es un mentiroso: «Replicó la serpiente a la mujer: «De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.» Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores» (Gn 3,4-7).



¿Cuántas veces no hemos tenido la actitud del pueblo de Israel o de los habitantes de Nazaret ante los que nos han hablado de parte de Dios?: «¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban a causa de él» (Mc 6,3). Porque el Señor no viene a alienar a nadie de su realidad sino que habla siempre con la verdad, y su lenguaje, ciertamente, no es tan agradable como es el del maligno: «Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» (Jn 6,60).

Por eso la Palabra de hoy es toda ella una invitación a la conversión, a acoger sin reservas la Palabra del Señor y a querer seguirle sin componendas sino queriendo hacer su voluntad. Así, el Señor me delata fuertemente: «¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás» (Mt 12,39).

Por eso, hace una invitación a pedirle perdón al Señor y nos ayuda el salmo responsorial de la liturgia de hoy: «Nuestros ojos están puestos en el Señor nuestro Dios, esperando su misericordia» (Sal 122,2), sabiendo que el Señor es lento a la cólera, rico en piedad y leal (Ex 34,6).

Al mismo tiempo, el Señor viene a recordarnos con su Palabra de hoy que Él nos ha constituido también a nosotros profetas ante las personas que Él ha puesto en nuestra vida, y que para poder vivir ese carisma que nos ha regalado en el bautismo necesitamos estar unidos permanentemente a Él: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). El Señor nos invita a no tener miedo de decir la verdad cuando se tercie, sin ánimo inquisidor, sino mostrando la verdad de Dios frente a lo que SS Benedicto XVI denominó «la dictadura del relativismo» (Card. Joseph Ratzinger, Homilía Misa Pro Eligendo Pontifice, Lunes 18 de abril de 2005), que preconiza que ya no hay verdad ni bien absolutos, sino que todo depende de lo que crea cada sujeto.

Pues el Señor viene a recordarnos una vez más la misión a la que no cesa de llamarnos: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37). Y nos invita sabiendo que lo que le espera de los demás a quien se una a Cristo, a quién sea un verdadero profeta, siendo UNO CON CRISTO, es la cruz, el desprecio. Por eso nos invita a estar unidos a Él a través de la oración, de los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía, de la escucha de su Palabra, de las armas que la Iglesia nos concede para defender esta unión con Cristo y así, poder hablar como Cristo, con autoridad, sin buscar la gloria de los hombres: «La gloria no la recibo de los hombres» (Jn 5,41); «Sin embargo, aun entre los magistrados, muchos creyeron en él; pero, por los fariseos, no lo confesaban, para no ser excluidos de la sinagoga, porque prefirieron la gloria de los hombres a la gloria de Dios» (Jn 12,42-43).



Así, vuelve a recordarnos hoy el Señor que su Reino no es de este mundo (Jn 18,36) y a no tener miedo de la cruz, de dar testimonio de la verdad, estando unidos a Él: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (Mt 5,11-12). Feliz domingo.







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