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Convirtiéndonos en lo que oramos
Esto es lo que nos “enseñan” las oraciones de la Misa.


Por: Arzobispo José H. Gómez | Fuente: Angelus Español



Las oraciones que decimos durante la Misa son un tesoro de espiritualidad.

Durante esta temporada de Pascua que estamos concluyendo ahora, me impresionó nuevamente la fuerza de estas oraciones: la Oración colecta, la Oración sobre las ofrendas y la Oración después de la Comunión.

Estas oraciones expresan toda la gama de emociones, deseos y esperanzas humanos.

A través de estas oraciones, le damos gracias a Dios por los dones de su inmenso amor; le pedimos que nos fortalezca y que nos mantenga a salvo de todo daño y error. Le imploramos que nos aparte de los deseos terrenales, que nos moldee según su voluntad y que nos transforme, para asemejarnos a su Hijo. Oramos, pidiéndole que nos mantenga en el sendero de la vida y que nuestra vida llegue a ser una ofrenda agradable para él, para que podamos obtener la felicidad perpetua que esperamos alcanzar en la gloria celestial.

Al releer varios textos pasados de mi Misal Romano Diario con el fin de escribir esta columna, me resulta difícil elegir entre tantas hermosas muestras que ejemplifican esto.



Éste es uno de ellos, que elegí al azar: la Oración colecta del cuarto jueves de Pascua: “Señor Dios nuestro, que al restaurar la naturaleza humana le otorgaste una dignidad mayor que la que tuvo en sus orígenes, mantén siempre tus inefables designios de amor hacia nosotros, y conserva en quienes hemos renacido por el bautismo los dones que de tu bondad hemos recibido”.

Hay un principio antiguo de la Iglesia que dice: “lex orandi, lex credendi” (“la ley de la oración es la ley de la fe”). Las palabras que decimos en la oración expresan lo que creemos y nuestra oración moldea la manera en la que vivimos nuestras creencias.

Dicho de otro modo: En nuestra oración está lo que creemos; creemos en nuestra oración y, a través de nuestra oración, nos convertimos en lo que oramos.

Ése es el propósito de esas oraciones de la Misa que varían día con día. Lo que estamos pidiendo ahí es ser cambiados, ser transformados día a día en una nueva creación, ser reestructurados según la imagen de Jesucristo.

“Ven, Señor, en ayuda de tu pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos ya desde ahora, la novedad de la vida eterna”, decimos en una oración después de la comunión.



Y en otra: “Dirige, Señor, tu mirada compasiva sobre tu pueblo, al que te has dignado renovar con estos misterios de vida eterna, y concédele llegar un día a la gloria incorruptible de la resurrección”.

En nuestra oración está lo que creemos y creemos que Jesús nos liberó del pecado y de la muerte por su muerte y su resurrección. Y creemos que en el culto que vivimos en la santa Eucaristía, Nuestro Señor continúa la obra de nuestra renovación y santificación.

“Acepta, Señor, el sacrificio establecido por ti y, por estos santos misterios que celebramos en razón de nuestro ministerio, perfecciona en nosotros como conviene la obra santificadora de tu redención”, decimos en una Oración sobre las Ofrendas.

Esta oración nos conduce al núcleo de nuestro culto eucarístico. En nuestras oraciones, nosotros unimos nuestros sacrificios a los de él, pidiéndole que purifique nuestro corazón y nuestra mente con la gracia que viene de lo alto. “Que él nos transforme en ofrenda permanente”, decimos en nuestra oración.

No podemos nunca tomar la Eucaristía a la ligera. Ella es la fuerza más poderosa del universo. Durante nuestro culto litúrgico, el cielo es traído a la tierra y ésta es elevada y ofrecida al cielo.

Cada palabra que el sacerdote pronuncia durante la celebración eucarística está dirigida a nosotros y ordenada a nuestra salvación.

No podemos simplemente escuchar las palabras de estas oraciones de una manera pasiva, como si fuéramos la “audiencia”. Debemos hacer nuestras estas palabras y vivirlas apasionadamente, pidiendo, en nuestra oración, que crezcamos en santidad y alcancemos la promesa que se nos hace de inmortalidad y alegría eterna.

En los misterios de su amor, Jesús nos ha abierto las puertas de la eternidad, así que nuestra vida está ahora destinada a la gloria del cielo y de la resurrección.

Todo lo que hacemos en la tierra, deberíamos de hacerlo con el corazón centrado en nuestra patria celestial. Y nuestro anhelo del cielo solo aumentará e intensificará el amor que tenemos hacia nuestro prójimo en la tierra.

Sabemos que el amor que demostramos hacia los demás es el amor que recibiremos, y que nuestra vida se convertirá en un regalo. Así que seguimos adelante, siguiendo los pasos de nuestro Salvador. Esto es lo que nos “enseñan” las oraciones de la Misa.

Oren, pues, por mí esta semana y yo oraré por ustedes.

Y en este mes de María, pidámosle a nuestra Santísima Madre que nos ayude a decir con más intensidad las oraciones de la Misa y a adentrarnos aún más profundamente en el corazón de la Eucaristía y en el misterio del amor que su Hijo tiene por nosotros.







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