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«Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5,34)
Reflexión del domingo XIII del Tiempo Ordinario Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



Celebramos hoy el domingo XIII del Tiempo Ordinario, día en el que el Señor nos regala a través de la Iglesia una Palabra de Vida y Salvación en la que vuelve a presentarse Jesucristo como vencedor de la muerte y del pecado. Así, mientras rezaba con esta Palabra venía a mi mente el pasaje del Evangelio en que San Juan Bautista presenta a Jesucristo, siendo el Evangelio de hoy una muestra de lo acertado de su Presentación: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

Me conmueve el ver cómo Jesucristo no pasa con indiferencia ante el mal y el sufrimiento de la gente, de la misma forma que no lo ha sido nunca ante mis heridas y sufrimientos. Ya en la primera lectura revela cuál es el origen del sufrimiento, del mal y del pecado en el mundo: «Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sb 2,23-24). Pero, el Señor, al ver el desprecio del hombre hacia Él y el pacto destructor con el demonio (Gn 3,6-7), no actúa como nosotros, los hombres, sino que con gran misericordia y amor sale en nuestra búsqueda para sanarnos y salvarnos, tal y como dice San Juan: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17), y como dirá San Pedro: «Cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38).

Así, en el pasaje del Evangelio de hoy aparece una mujer que padece flujos de sangre. Para los judíos la sangre simboliza la vida, y cuando una mujer tenía la menstruación o cuando padecía flujos de sangre era considerada impura, tal y como se nos dice en el libro del Levítico: «La mujer que tiene flujo, el flujo de sangre de su cuerpo, permanecerá en su impureza por espacio de siete días. Y quien la toque será impuro hasta la tarde. Todo aquello sobre lo que se acueste durante su impureza quedará impuro; y todo aquello sobre lo que se siente quedará impuro» (Lv 15,19-20).

Esta mujer, tal y como narra Marcos, había gastado mucho dinero en médicos y no había obtenido ninguna mejoría.  Se encontraba desesperada. Es una mujer impura y sabe que con sólo tocar a Cristo quedará curada, hasta tal punto que cuando la toca, Cristo le dirá: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5,34).

Cristo manifiesta en este pasaje lo que dirá San Pablo en la segunda lectura: «Porque ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza»  (2 Co 8,9). Y me viene a la cabeza otro pasaje de San Pablo: «A quien no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Co 5,21). Cristo ama tanto a la humanidad que  se deja tocar por una mujer impura; asume nuestros pecados, nuestra impureza, por amor a nosotros y a su Padre Dios, y nos sana, nos enriquece, nos da vida con su muerte y resurrección.



Cuántas veces no nos hemos sentido como la mujer hemorroísa del evangelio, que va perdiendo la vida por el pecado, «Pues el salario del pecado es la muerte», (Rm 6,23) y tocando a Cristo con la oración, en los sacramentos, en la Palabra, va Él sanando nuestro corazón, va haciendo de nosotros hombres nuevos.  El Señor, lo único que nos pide es tener fe, que creamos en Él: «Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24); «Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó» (1 Jn 3,23).

Este pasaje del Evangelio es una invitación a tener el corazón agradecido con el Señor, tal y como rezamos en el Salmo Responsorial: «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado» (Sal 29,2), y a no ser indiferentes ante tanto sufrimiento ajeno como Él no lo es ni lo ha sido con el nuestro. Porque cada vez hay más gente con sufrimientos enormes sin sentido, más gente destruida por el pecado, y necesitan conocer a Cristo, que se les conduzca a Cristo. Ya dijo el mismo Cristo su gran mandato antes de su Ascensión: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20). Por tanto, «Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis» (Mt 10,8). Feliz domingo.







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