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¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?
Reflexión del domingo XII del Tiempo Ordinario Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Pasemos a la otra orilla. ¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?» (Mc 4,35.40).

En este domingo XII del Tiempo Ordinario viene el Señor con una Palabra de salvación con la que expresa su victoria sobre el mal y la muerte, y su voluntad y deseo de que participemos de esa victoria por medio de la fe.

Jesucristo pasa su vida terrena en una actitud de absoluto desarraigo y desinstalación, en continuo movimiento y continua peregrinación: «Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). Porque la Patria de Cristo no es este mundo sino la Vida Eterna junto al Padre: «Salí del Padre y he venido al mundo; de nuevo, dejo el mundo y voy al Padre» (Jn 16,28). Ya el primer versículo del pasaje del Evangelio de hoy es en sí una invitación a desinstalarnos: «Pasemos a la otra orilla» (Mc 4,35). Frente a la tentación de la instalación, de la comodidad, del aburguesamiento, de vivir para uno mismo, de buscar la Vida aquí adorando a los ídolos que el maligno nos presenta: «Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras» (Mt 4,8-9), el Señor nos hace una invitación a seguirle a Él, a pasar de este mundo caduco a desear estar con Él: «Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él» (Col 3,1-4). Y Jesucristo se muestra como el verdadero Camino hacia la otra orilla (Jn 14,6).

Porque el Señor no ha venido para quedarse ni para dejarnos en esta orilla de la vida ni para que tengamos una vida chata y reducida en nuestras cuatro paredes, sino que ha venido para llevarnos con Él a su Reino: «Mi reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí» (Jn 18,36).  Así, el Señor me invita a pasar de lo caduco a lo importante, a lo que perdura para siempre: «Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello» (Jn 6,27).

Mientras escribo estas líneas, resuenan en mi mente y en mi corazón las palabras de Cristo: «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6, 19-21). Y como dirá San Pablo: «Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios» (Hb 12,1-2).



El Señor ha hecho la promesa de que estará siempre con nosotros: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20) y en el pasaje del Evangelio de hoy expresa el Señor no sólo que concede la Paz ante las circunstancias adversas de la vida sino que tiene poder para cambiar la realidad: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,20). Así, el Señor  hace una seria invitación a tener fe ante los acontecimientos adversos de la vida: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?» (Mc 4,40).

Es de gran ayuda el versículo del salmo «Aunque camine por valle oscuro, ningún mal temeré, porque Tú vas conmigo» (Sal 22,4), porque frente a la tentación de angustiarnos ante las incertidumbres que se nos presentan en el futuro, es diferente vivir esta realidad de incertidumbre solo a vivirlas con el Señor, que, poco a poco va calmando la angustia y la ansiedad, ya que el Señor NO SÓLO ES SINO QUE TAMBIÉN ESTÁ: «Tú, Señor, estás cerca y todos tus mandatos son estables (Sal 117,151)». Así, dice San Pablo: «Ante esto, ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros?» (Rm 8,31).

El profeta Ezequiel también hará referencia al cuidado que tiene el Señor de su pueblo: Porque así dice el Señor: «Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él» (Ez 34,11), ayudándonos a confiar en el Señor, tal y como dirá el mismo Jesucristo: «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal» (Mt 6,25.27.31-34).

Frente a la tentación de pensar que el Señor no está cuando surgen los avatares, las tormentas de la vida, en la cruz concreta de cada día, el Señor nos llama a confiar y a descansar en Él, sabiendo que el Señor no es indiferente sino que nos acompaña y nos ayudará en los momentos difíciles, tal y como lo ha hecho hasta el momento: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?» (Sal 27,1). Feliz domingo.









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