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¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?
Reflexión del domingo XI del Tiempo Ordinario Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Decía también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra”» (Mc 4,30-32).

Nos regala hoy el Señor a través de la Liturgia de la Iglesia una Palabra importante para nuestras vidas en la que se nos revela de forma clara y concisa cómo es el obrar de Dios, que también llevó a cabo Jesucristo durante su vida terrena, y cómo se nos invita a nosotros a vivir de la misma forma SIENDO UNO CON CRISTO.

Así, podemos ver que si existe una idea central en la Palabra de hoy es la de Dios sembrador y el fruto que da posteriormente lo sembrado por Él. Pero lo que realmente me llama la atención de la Palabra de hoy es ver cómo la eficacia de la siembra depende de la humildad de quien la acoja, humildad que es característica del sembrador.

Así, mientras rezo con esta Palabra me viene de forma inmediata a la mente el pasaje de la Escritura en el que se nos expresa dónde está Dios y dónde no: «Le dijo: «Sal y ponte en el monte ante el Señor.» Y he aquí que el Señor pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante el Señor; pero no estaba el Señor en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba el Señor en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba el Señor en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?» (1 Re 19,11-13).

Muchas veces esperamos ver una actuación de Dios espectacular, majestuosa y poderosa. Sin embargo, aunque ciertamente Dios puede obrar de esa forma, Él mismo revela que suele actuar desde la humildad, pasando desapercibido para muchos. Así, sólo hay que meditar el nacimiento de Cristo; cómo pasa desapercibido para muchos; los treinta años que estuvo en Nazaret siendo uno más y cómo huye de los reconocimientos y de que le quieran nombrar Rey. Mostrará que su Reino no es de este mundo (Jn 18,36), y manifestará quiénes serán los poseedores de su Reino: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3). Y es esta Bienaventuranza, que se cumplirá en el mismo Jesucristo y que también encarnará su madre y nuestra madre, la Virgen María, el núcleo de la palabra de hoy.



Así, ya en la primera Lectura se expresa en todos sus versículos esta idea, que vuelve a tomarse en el pasaje del Evangelio de hoy, sobre todo, en la parábola del grano de mostaza: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra» (Mc 4,30-32).

Así, vemos como Cristo, esta semilla del Padre, la Palabra del Padre hecha carne (Jn 1,14), produce su fruto en quien le acoge: «La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,9-12).

Y toda la vida terrena de Jesucristo fue una vida de descendimiento, entregada totalmente a la voluntad del Padre, cumpliendo la sentencia que Él mismo dijo en más de una ocasión: «Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Mt 23,12); «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre» (Flp 2,6-11).

Por tanto, nos invita el Señor a cantar hoy con alegría lo que respondemos en el Salmo Responsorial: «Es bueno es dar gracias al Señor» (Sal 91,2), porque, como nos dice San Pablo: «Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2 Co 8,9). Así, nos llama a acogerle y a colaborar con Él en la purificación de nuestro corazón para llegar a SER UNO CON ÉL y tener un corazón como el suyo: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Feliz domingo.









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