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«Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo"» (Jn 20,22)
Reflexión del domingo de Pentecostés


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



Celebramos hoy la Solemnidad de Pentecostés, solemnidad con la que la Iglesia da fin al tiempo litúrgico de Pascua y en la que el Señor viene con fuerza suscitando en mi corazón un deseo de darle gracias por tanto como me ha dado en mi vida, pero sobre todo por el don del Espíritu Santo, sin el cual no existiría ni se puede comprender lo que es la Iglesia, lo que significa ser cristiano, ni el gran amor que nos tiene Dios Padre: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5).

Si hay una palabra que resuena en mi corazón al rezar con la Palabra de hoy es la Palabra «Comunión». El Espíritu Santo crea la comunión con uno mismo, con Dios y con el resto de la Iglesia. Porque es el Espíritu Santo el que origina, sostiene, une, defiende, fortifica y santifica a la Iglesia. Hablar de «Comunión» es hablar de Iglesia.

Una de las obras principales del maligno es crear la división, la descomunión, la fragmentación de uno mismo y la descomunión con los demás y con Dios. Así lo revela Dios en el pasaje de la Torre de Babel, proclamado en la Vigilia de Pentecostés: «Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos, por si nos dispersamos por toda la haz de la tierra.» Bajó el Señor a ver la ciudad y la torre que habían edificado los humanos, y dijo el Señor: «He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. Ea, pues, bajemos, y una vez allí confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo.» Y desde aquel punto los desperdigó Dios por toda la faz de la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso se la llamó Babel; porque allí embrolló Dios el lenguaje de todo el mundo, y desde allí los desperdigó Dios por toda la faz de la tierra» (Gn 11,6-9).

El medio por el que el maligno crea la división, destruye la comunión, es a través del engaño de hacer creer que UNO ES DIOS, que todo debe hacerse y suceder según la propia voluntad. Así, la soberbia produce la ruptura, la ausencia de reposo.

Mientras voy escribiendo y rezando con esta reflexión, vienen a mi mente las palabras de Cristo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,28-30). Porque el salario del pecado es la muerte (Rm 6,23) mientras que, como se nos revela en el Evangelio de hoy, Cristo viene dándonos su Paz, la paz que se experimenta al hacer la voluntad de Dios: Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros» (Jn 20,19).



Porque frente a la división, la confusión, la angustia, el vacío, la frustración, el sinsentido que produce el creer la palabra del maligno, el Espíritu Santo produce comunión y paz. El Espíritu Santo forma la Iglesia, hace que se cumpla lo que se nos proclama en la segunda lectura de hoy: «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común. Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu» (1 Co 12,4.7.12-13).

Es un regalo enorme de Dios el poder experimentar cómo personas de diversos niveles sociales, culturales, de diferentes sexos, estados civiles, edades, etc…, somos el Cuerpo de Cristo siendo UNO CON ÉL por medio del Espíritu Santo. Hoy es el día para darle gracias a Dios por la Iglesia, porque a pesar de nuestras debilidades, de nuestros pecados, la Iglesia, tal y como dice el Catecismo, es SANTA, porque DIOS ES SANTO. Por eso, la llamada que nos vuelve a hacer hoy el Señor es a ser UNO CON ÉL y siendo UNO CON ÉL ser UNO CON LOS DEMÁS MIEMBROS DE LA IGLESIA: «Para que todos sean uno. Como Tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: Yo en ellos y Tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que Tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17,21-23). Esta es la principal misión de la Iglesia: Mostrar a Cristo, y mostrando a Cristo, mostrar al Padre: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30); «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3).

Y el que nos hace UNO CON CRISTO es el Espíritu Santo: «En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados» (Rm 8,14-17). Por eso dirá San Pablo: «El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece» (Rm 8,9). Por eso es importante defender este Espíritu Santo, que Dios es solícito para concederlo: «Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13). Y dirá San Pablo: «No contristéis el Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención» (Ef 4,30). De ahí el estar unido a Cristo de forma íntima y continua por medio de la oración, la escucha de su Palabra y los sacramentos, especialmente la Eucaristía.

Así, el Señor le ha dado a la Iglesia la misión de anunciar el Evangelio, de anunciar el amor de Dios y para ello nos da el Espíritu Santo: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8), porque no se trata de anunciar el Evangelio sólo con la boca, que también, sino dando testimonio de Cristo con la vida concreta. Por ello, es la importancia de vivir siendo templos del Espíritu Santo (1 Co 6,19), dando culto al Padre viviendo como Hijos de Dios, crucificados con Cristo (Gal 2,20), «muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,11).

Por tanto, no es cosa de juego seguir a Cristo. No es cosa de juego ser miembro de la Iglesia. No es cosa de juego SER UNO CON CRISTO EN LA IGLESIA. Hoy es un día para dar gracias a Dios por todo lo que nos ha ido dando a lo largo de nuestra vida, pero sobre todo, por el don de Sí mismo gratuitamente para introducirnos en Él mismo, de forma plena en la Vida Eterna. Feliz domingo de Pentecostés.









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