Menu


«Este es el mandamiento mío»
Reflexión del domingo VI de Pascua Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

En este sexto domingo de Pascua la Iglesia nos presenta la continuación del pasaje del Evangelio que se proclamaba la semana pasada de la Vid y los Sarmientos. El Señor sigue dándonos su testamento antes de su Ascensión a los Cielos. Y continúa el Señor manifestando la necesidad que tenemos de permanecer en Él para dar ese fruto que espera de cada uno de nosotros, que no es sino el versículo que da título a esta breve y sencilla reflexión: «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

Y es de gran ayuda la segunda lectura para desentrañar un poco este nuevo mandamiento que nos deja Cristo: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor» (1 Jn 4,10.7-8).

El amor procede de Dios. Ciertamente, el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, con el fin de amar y ser amado. Pero nadie puede obligar a nadie a amar a nadie. Cuando un niño o adolescente no se siente amado por su padre, por mucho que se le diga que ame a su padre, este se verá generalmente incapaz de amarle.

Pero la buena noticia que nos trae el Señor hoy es que «El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Es Dios el primero en amar, y nos invita a acoger ese inmenso amor que nos tiene desde toda la eternidad, en la actitud que mantuvo la Virgen María durante su vida terrenal: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), amor que nos manifiesta todos los días pero que manifestó en plenitud con su Hijo Jesucristo.



Así, tal y como dice San Juan: «El amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor» (1 Jn 4,7-8). Para poder amar es necesario nacer de Dios: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3,3). Y esta es la novedad que ha traído Jesucristo a la tierra dando plenitud y cumplimiento a la Ley y los Profetas (Lc 24,44): «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios» (Ga 4,4-7).

Es a través del Espíritu Santo como, unidos a Cristo, se puede manifestar al mundo la novedad que Cristo ha traído a la tierra: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,43-48).

Ya nos decía Jesucristo la semana pasada: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y recordará San Pablo: «En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados» (Rm 8,14-17).

Por tanto, como dice Pablo en el mismo capítulo de Romanos: «El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece» (Rm 8,9), ya se puede ser presbítero, religioso, catequista o cardenal. ¿Si no somos UNO CON CRISTO cómo podremos manifestar la novedad del amor de Dios? Así, el Señor hace una llamada a la conversión: «Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención» (Ef 4,30).

El Señor vuelve a hacer una llamada a permanecer en Él, a través de la oración, de la escucha de la Palabra, de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, y a combatir contra aquel que intenta separarnos de Él. Porque el Señor nos ha dejado libres para permanecer en Él con su Espíritu Santo o ir tras los sofismas del maligno. Pero no nos ha dejado solos:   «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Y así, con Él y con la ayuda del Espíritu Santo sí se puede llevar a la práctica el nuevo mandamiento del amor, al que Cristo dio cumplimiento el primero, teniendo en cuenta lo que dice en el pasaje del Evangelio de hoy: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda» (Jn 15,16).



Y así, con el Espíritu Santo, siendo UNO CON CRISTO, puede hacerse carne en nosotros esta Palabra: «Tened un mismo sentir los unos para con los otros; sin complaceros en la altivez; atraídos más bien por lo humilde; no os complazcáis en vuestra propia sabiduría. Sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres: en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres; no tomando la justicia por cuenta vuestra, queridos míos, dejad lugar a la Cólera, pues dice la Escritura: Mía es la venganza: yo daré el pago merecido, dice el Señor. Antes al contrario: si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; haciéndolo así, amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» (Rm 12,16-21); «Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor. Pues el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13,8-10). Feliz domingo.







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |