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«Permaneced en mí, como yo en vosotros» (Jn 15,4)
Reflexión del domingo V de Pascua Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí» (Jn 15,4).

En este domingo de Pascua viene el Señor con una Palabra de Vida y con una recomendación muy seria y, al mismo tiempo, muy sencilla, para llevar a cabo la misión que el Señor nos ha encomendado como miembros de la Iglesia, que, tal y como expresa Cristo en el pasaje del Evangelio de hoy, tiene un objetivo muy claro, que no es sino darle gloria a Dios Padre: «La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos» (Jn 15,8).

San Pablo dirá en una de sus epístolas qué fruto es el que desea que le demos: «Pues cuando erais esclavos del pecado, erais libres respecto de la justicia. ¿Qué frutos cosechasteis entonces de aquellas cosas que al presente os avergüenzan? Pues su fin es la muerte. Pero al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna. Pues el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rm 6,20-23).

Así, rezando y rumiando esta Palabra, me venían a la mente unas famosas palabras de San Agustín: «Señor, dame lo que me pides, y pídeme lo que quieras». Porque solos, como dice el Señor en el evangelio de hoy, no podemos hacer nada. Sin Él, no podemos dar esos frutos de santidad que Él mismo pide (Jn 15,5), porque el único Santo es Él.

Pero el Señor facilita las cosas porque se nos da gratuitamente. Así, el Señor vuelve a invitarnos hoy a permanecer en Él, a ser UNO CON ÉL, de forma que sea Él el que fructifique en nosotros. Así, como dice Pablo: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5,31-32). Así, nos invita a permanecer en Él acogiendo y alimentando esta relación de amor esponsal que quiere vivir con cada uno de nosotros, siendo UNO CON Él a lo largo del día, además de en los momentos de oración, de escucha de su Palabra, en los sacramentos, tal y como nos dice Pablo: «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,4.10-11).



Se trata de amar a Cristo en la cruz concreta que el Señor ha dispuesto para cada uno día tras día, donándonos a Él en los demás: «No quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Co 2,2); «En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál 2,19-20).

Por tanto, como dirá también San Pablo en una de sus epístolas: «No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna» (Gál 6,7-9).

Aprovechemos la Gracia que nos concede Cristo de poder conocerle un poco, de poder comenzar a quererle, de experimentar la Vida Eterna en medio de nuestros sufrimientos y tribulaciones, sabiendo, tal y como nos dice Él mismo: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). Feliz domingo.







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