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El efecto Pigmalión en varias direcciones
Explica un fenómeno humano que tiene gran importancia.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



El efecto Pigmalión (en inglés, Pygmalion Effect), también conocido como efecto Rosenthal, explica un fenómeno humano que tiene gran importancia: lo que pensamos sobre otros influye, positiva o negativamente, en su modo de ser o de actuar; y lo que otros piensan sobre nosotros crea condicionamientos más o menos relevantes en nosotros mismos.

Así, por ejemplo, si un profesor tiene la idea de que los alumnos nuevos de este año son excelentes, que cuentan con una buena preparación previa, que reciben apoyo en las familias, a lo largo de las semanas esos alumnos lograrán mejores resultados, al recibir, consciente o inconscientemente, un influjo benéfico desde la valoración del docente.

Al revés, si otro profesor cree que los alumnos recién llegados tienen pocas bases, son dispersos, están obsesionados por los juegos electrónicos, proceden de familias “disfuncionales”, seguramente esos alumnos tendrán muchos problemas en las clases y lograrán pocos resultados con ese profesor.

El efecto Pigmalión se aplica no solo a las aulas, sino que vale para el mundo familiar, cuando los padres suponen que un hijo sea más inteligente o menos inteligente, más disciplinado o menos disciplinado, más sano o lleno de problemas psíquicos.

También se aplica en otros ámbitos relacionales, por ejemplo, en el trabajo: el encargado de personal condiciona los resultados de los empleados según sus prejuicios positivos (ayuda a un trabajador a producir más) o negativos (lleva a otro trabajador a rendir menos).



La literatura y el cine han plasmado, de modo artístico, este efecto, que tiene su origen en una leyenda del mundo clásico. En el siglo pasado, por ejemplo, una obra de teatro, titulada precisamente “Pygmalion” (escrita por George Bernard Shaw en 1913), adapta esa leyenda al mundo moderno. Esa obra pasó al cine en la famosa película “My Fair Lady” (1964).

Es bueno añadir que el efecto Pigmalión no solo se aplicaría “de arriba hacia abajo”, es decir, desde quien tiene una cierta autoridad hacia quien estaría bajo tal autoridad, sino también “de abajo hacia arriba”.

En efecto, si un profesor influye con su aprecio (o su falta de aprecio) en los resultados de sus alumnos, también los alumnos influyen y condicionan a su profesor según la visión positiva o negativa que tengan sobre él.

Quien trabaja en las aulas percibe en seguida cuándo tiene ante sí alumnos que lo valoran o que lo ven de modo hostil. Aunque se trate de una persona más o menos madura, lo que palpa entre sus alumnos influye en su mente y en su corazón, y permite dar las clases de modo más sereno o con serias dificultades.

El efecto Pigmalión, así, se aplicaría en varias direcciones: de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba, y también entre los que se sitúan en un mismo nivel: entre esposos, entre hermanos, entre compañeros de aula, entre empleados de una misma empresa, entre parlamentarios, y una larga lista de situaciones comunitarias.



Detrás del mismo se esconde algo que todos, con mayor o menor intensidad, experimentamos continuamente: el influjo que otros ejercen sobre nosotros con su cariño o con su desafección.

Por eso, en el camino de la vida, necesitamos reconocer la fuerza del efecto Pigmalión en cada uno de nosotros. No solo porque hay muchos que influyen en nuestro interior, sino también porque nosotros influimos, para bien o para mal, en el modo de sentir y de actuar de tantas personas que encontramos con frecuencia.







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