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«Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos»
Reflexión del domingo III de Pascua Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén» (Lc 24,46-47).

Sigue el Señor en este domingo III de Pascua reiterando su mensaje de amor y misericordia que no ha cesado de proclamarse y de celebrarse en la Iglesia desde la Cuaresma, pero que el Señor ha querido subrayar desde el inicio del Triduo Pascual y ha seguido manifestando en la Vigilia Pascual, en la celebración de la Fiesta de la Divina Misericordia, que tuvo lugar la semana pasada, y que hoy vuelve a renovar con la Liturgia de la Palabra que se proclama en la Celebración Eucarística de hoy. Y ciertamente, cada vez que el Señor proclama su Palabra, esta Palabra se presenta como una novedad asombrosa, al menos para mi existencia, que hoy vuelve a exultar de alegría ante el mensaje de amor y fidelidad que muestra el Señor, que hace resonar en mi corazón un versículo de Ezequiel: «¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado - oráculo del Señor- y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? (Ez 18,23)».

Porque si hay un mensaje claro que el Señor trae a mi vida hoy es, como digo, lo que me viene diciendo desde el Triduo Pascual, sobre todo en la Vigilia: «En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con misericordia eterna te quiero- dice El Señor tu Redentor. Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará de ti mi misericordia ni mi alianza de paz vacilará —dice el Señor, que te quiere—» (Is 54,8-10).

Así, ya en la primera lectura, aunque el Señor muestra lo que realizamos con nuestras acciones y actitudes todos los días cuando no hacemos la voluntad de Dios, hoy vuelve a hacernos una llamada a la conversión, mostrándose dispuesto siempre a perdonarnos, porque nos ama: «Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados» (Hch 3,19).

Porque ciertamente, el pecar es decirle al Señor que es un mentiroso. Uno, cuando peca, en vez de obedecer a Dios, obedece y da más crédito al maligno, porque, en la soberbia, a uno le es más gratificante escuchar la voz del que te dice: «De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gn 3,4-5). Y al obedecer al tentador, al escoger el camino que presenta éste, le estamos diciendo a Dios que no es cierto que lo que dice Él sea Palabra de Vida, sino que la verdad es lo que dice el maligno.



Ya el Señor revela en el Deuteronomio: «Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios que yo te prescribo hoy, si amas al Señor tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y multiplicarás; el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesión. Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar a postrarte ante otros dioses y a darles culto, yo os declaro hoy que pereceréis sin remedio y que no viviréis muchos días en el suelo que vas a tomar en posesión al pasar el Jordán» (Dt 30,15-18). Y, además, como dirá San Pablo también en una de sus epístolas: «El salario del pecado es la muerte» (Rm 6,23). Porque la verdad es que tras el pecado experimentamos la muerte, el vacío, la insatisfacción.

Pero la buena noticia que trae el Señor en este día es la gran misericordia de Dios, como se nos dice en la segunda lectura: «Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1 Jn 2,1-2).

Nunca es voluntad de Dios un pecado. No le agrada a Dios el pecado: «Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis» (1 Jn 2,1). Pero nunca deja de amar al que peca, sino, como se nos proclamaba en una lectura de la Vigilia Pascual: «Deje el malo su camino, el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, que tendrá compasión de él, a nuestro Dios, que será grande en perdonar» (Is 55,7). Y como se nos proclama hoy en el Evangelio: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén» (Lc 24,46-47), o como dirá San Pedro: «A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados» (Hch 5,31). Así, como dice San Juan en la segunda lectura: «El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1 Jn 2,2).

Por tanto, la respuesta que suscita el Señor en mi corazón es lo que dice Pablo en una de sus epístolas: «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5,14-15). Porque ha muerto Jesucristo por todo el mundo, y todo el mundo tiene derecho a conocer y experimentar la Gracia del Amor de Dios, capaz de regenerar toda existencia. Sería de canallas conocer los medios para sanar el COVID 19 y no compartirlo. Pues de la misma forma lo es conocer el Amor de Dios y no anunciarlo.  Así, nos dice hoy el mismo Jesucristo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén» (Lc 24,46-47), y como dice al final del evangelio de San Mateo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20). Feliz domingo.









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