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«No seas incrédulo sino creyente»
Reflexión del domingo de la Divina Misericordia


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Luego dice a Tomás: "Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente"» (Jn 20,27).

La fiesta que celebramos hoy es una de las fiestas, junto con la que, evidentemente, comenzamos a celebrar la semana pasada con la Pascua, que más me llenan de todo el año litúrgico. El Señor inspiró al Papa San Juan Pablo II la institución de la Fiesta de la Divina Misericordia, tal y como le había dicho el Señor a Santa Faustina Kowalska, y realmente, la Palabra que el Señor nos regala hoy es una muestra de la gran misericordia que caracteriza a nuestro Padre Dios. Porque si algo caracteriza a nuestro Padre Dios, es su misericordia y su amor, tal y como rezamos hoy en el salmo responsorial: «¡Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia!» (Sal 117,1).

Ya desde el domingo pasado estamos viviendo un tiempo de bendición y alabanza al Padre por su gran amor, que revivimos litúrgica y sacramentalmente cada domingo como Día del Señor, y con mayor hincapié en estos domingos de Pascua, pero más, si cabe, en el domingo de hoy, con la fiesta de la Misericordia de Dios.

Resuenan todavía hoy en mi corazón las palabras que decía Dios a través del profeta Isaías en la pasada Vigilia Pascual del sábado pasado a las que la fiesta de hoy subraya y refuerza en el interior de mi alma: «En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con misericordia eterna te quiero- dice El Señor tu Redentor. Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará de ti mi misericordia ni mi alianza de paz vacilará —dice el Señor, que te quiere—» (Is 54,8-10). La misericordia de Dios no tiene límites. Por muy grandes que hayan sido nuestros pecados, mucho mayor es siempre la misericordia del Señor.

Mientras escribo estas líneas vienen a mi mente las palabras que dijo el Papa Francisco en el primer Ángelus que rezó en San Pedro el domingo después de su elección como Papa: «No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. «Y, padre, ¿cuál es el problema?» El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos» (Papa Francisco, Ángelus 17 de marzo de 2013); «Deje el malo su camino, el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, que tendrá compasión de él, a nuestro Dios, que será grande en perdonar» (Is 55,7).



Porque la Palabra que transmite hoy el pasaje del Evangelio que se ha proclamado en la Eucaristía es el de la Gran Misericordia de Dios, que no le basta con haberse humillado con la Encarnación, con la recién celebrada Pasión y Muerte, sino que una vez resucitado, ante la incredulidad de Tomás, no lo trata con desprecio, ni se escandaliza, ni se lo echa en cara. No actúa como actuaríamos generalmente nosotros: «Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos - oráculo del Señor -. Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros» (Is 55, 8-9). Como digo, Jesucristo, ante la incredulidad de Tomás, casi de forma inmediata se humilla ante él para que no se pierda. Manifiesta una vez más el celo que tiene Jesucristo por la oveja perdida: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5,31-32). Invita a Tomás a meter su mano en el costado de Cristo (Jn 20,27), costado del que previamente había salido sangre y agua, (Jn 19,34), viviendo Tomás lo que dice San Pedro al inicio de su primera epístola, y lo que muchos hemos experimentado por pura gracia de Dios: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros» (1 Pe 1,3-4).

Porque la misericordia de Dios no produce un mero lavado de una mancha, sino que la misericordia de Dios, que experimentamos en el sacramento del Bautismo y, posteriormente, en el sacramento de la Reconciliación o de la Penitencia, tiene un poder regenerador, siempre que se acude a Cristo con fe: «De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados» (Hch 10,43); porque «Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,12).

De esta forma, vuelve a subrayar el Señor con la fiesta del día de hoy lo que celebramos la semana pasada: «Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas. Habitaréis la tierra que yo di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ez 36,25-28); o como le dirá el mismo Cristo a San Pablo: «Yo te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío, para que les abras los ojos; para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios; y para que reciban el perdón de los pecados y una parte en la herencia entre los santificados, mediante la fe en mí» (Hch 26,18); que es lo que ha hecho el Señor con nosotros a través del bautismo, y que revivimos en el sacramento de la Reconciliación o de la Penitencia, y que vivimos también en el sacramento de la Eucaristía, ya que como nos dice San Pedro: “«Tomad en serio vuestro proceder en esta vida, sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1 Pe 1,18-19). Cristo nos ha comprado para dar cumplimiento a la profecía de Ezequiel: «Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ez 36,28), realidad que experimentó también Santo Tomás tras su encuentro con Cristo Resucitado, hasta dar su vida por Él: Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).

Pero además de experimentar el poder regenerador de la misericordia que el Señor ha tenido y tiene con cada uno de nosotros, el Señor nos hace también la llamada a manifestar a los demás el celo misericordioso de Dios por cada ser humano. Nos llama el Señor a mostrar a los demás su misericordia: «Misericordia quiero, no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos» (Os 6,6); «Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo» (Ef 4,32); «Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos. Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados» (Lc 6,35-37).

Por tanto, hoy es un día dedicado a la bendición y a la acción de gracias al Señor «porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (Sal 117,1). Feliz domingo de la Divina Misericordia.









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