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Sepulcro de mi corazón
Yo te espero, pues en esta oscuridad solamente deseo un poco de luz, de tu Luz.


Por: José Gustavo Cerros, LC | Fuente: www.somosrc.mx



Escribo estas líneas con mis ojos cerrados o abiertos, no lo sé. Me encuentro dentro del sepulcro y veo nada. No escucho el correr del viento, pero sí el silencio de tu costado.

Este día ha sido eterno, el mismo día en que creaste al hombre a tu imagen y semejanza, y te alegraste porque era bueno (Gn 1, 31), este mismo día hemos decidido darte muerte. Esta es la gran diferencia entre Tú y nosotros, Tú nos piensas, amas y creas en un mismo instante y nosotros a cambio, te asesinamos diciendo amarte.

Sé que tu cuerpo está aquí, soy testigo de que has muerto crucificado, que unos fariseos (Jn 19, 38-39) devotos a ti te han conseguido este lugar y ungido con óleos perfumados porque la vergüenza no les permite hacer menos.

No dejo de pensar en que resucitaste a Lázaro (Jn 7, 1 – 11, 44) y nosotros, en ese momento, decidimos darte muerte. Vimos a Lázaro andar después de cuatro días de muerto y no fuimos capaces de ver el dedo de Dios (Lc 11, 20) en tu obrar. Ante la alegría de otros, nosotros nos enfurecimos y no dejamos de buscar una sola oportunidad para darte muerte (Jn 11, 50).

Llegó el momento, vimos venir a Judas, uno de tus íntimos, su mirada lo delató, acordamos tu precio y por fin, volvimos a sonreír (Lc 22, 5).



Dentro de este sepulcro entiendo mi fe, entiendo porque te asesiné. Es imposible soportar tu silencio e, irónicamente, la forma tan clara que tienes de hacerte oír.

Pueblo mío, ¿Qué te he hecho? ¿En qué te he ofendido? Respóndeme (Mi 6 3,8) Creo escuchar al profeta recriminar nuestras faltas cometidas contra ti. Y, en realidad Jesús, pasaste haciendo el bien y decidimos que no eras digno de la vida, Encarnaste tu Divinidad y la juzgamos como una blasfemia, revelaste que Dios es Padre y que ama la conversión del corazón más que una presunción maniquea y te condenamos como un ignorante no pío, entraste como un inocente e indefenso a este mundo, y desataste la furia y el escepticismo de muchos.

De Galilea no salen ningún profeta (Jn 7, 52), aseguran los doctores de la ley, el tradicionalismo intenta atar tu ingenio, Kyrie, pero si ni las ataduras de la muerte podrán retenerte nada podrán hacer las astutas artimañas que brotan de nuestro corazón para callarte.

Ya es tarde. Tu tumba ha sido mi corazón por largo tiempo, he visto tus obras y escuchado tus palabras, he compartido contigo y, sin embargo, aún no te conozco. Pero si Tú hoy resucitas, levanta mi corazón contigo y permíteme volver a la vida como uno de tus testigos. Yo te espero, pues en esta oscuridad solamente deseo un poco de luz, de tu Luz y quizá, si Tú lo permites, susurrar al mundo: ¡Cristo resucitado, venga tu Reino!









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