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Vigilar en silencio. “Stabat Mater”
Meditación al Evangelio 3 de abril de 2021 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



La Madre piadosa estaba

junto a la cruz, y lloraba

mientras el Hijo pendía;

cuya alma triste y llorosa,

traspasada y dolorosa,



fiero cuchillo tenía.

 

¡Oh cuán triste y afligida

estaba la Madre herida,

de tantos tormentos llena,



cuando triste contemplaba

y dolorosa miraba

del Hijo amado la pena!

 

¿Y cuál hombre no llorara

si a la Madre contemplara

de Cristo en tanto dolor?

¿Y quién no se entristeciera,

Madre piadosa, si os viera

sujeta a tanto rigor?

 

Por los pecados del mundo,

Vio a Jesús en tan profundo

Tormento la dulce Madre.

Vio morir al Hijo amado

que rindió desamparado

el espíritu a su Padre.

 

¡Oh dulce fuente de amor!

hazme sentir tu dolor

para que llore contigo.

Y que, por mi Cristo amado,

mi corazón abrasado

más viva en él que conmigo.

 

Y, porque amarlo me anime,

en mi corazón imprime

las llagas que tuvo en sí.

Y de tu Hijo, Señora,

divide conmigo ahora

las que padeció por mí.

 

Hazme contigo llorar

y de veras lastimar

de sus penas mientras vivo;

porque acompañar deseo

en la cruz, donde lo veo,

tu corazón compasivo.

 

¡Virgen de vírgenes santas!,

llore ya con ansias tantas

que el llanto dulce sea;

porque su pasión y muerte

tenga en mi alma suerte

que siempre sus penas vea.

 

Haz que su cruz me enamore

que en ella viva y more

de mi fe y amor indicio; porque me inflame y encienda

y contigo me defienda

en el día del juicio.

 

Haz que me ampare la muerte

de Cristo, cuando en tan fuerte

trance, vida y alma estén;

porque, cuando quede en calma

el cuerpo, vaya mi alma

a su eterna gloria. Amén

 

 

Hoy, único día en el año, en que la Iglesia no ofrece ninguna celebración litúrgica. Nos deja en una vigilia de espera, de oración y contemplación como preparación para celebrar en toda su plenitud la Noche de la Pascua, la noche de la Resurrección de Jesús.

Quizás estemos perdiendo esta oportunidad y hemos convertido, aún en los espacios cristianos, este día en un día de esparcimiento y diversión. Pero, al igual que en el duelo de nuestros seres queridos, éste es el día para traer a la memoria, en el silencio y en la intimidad, toda la vida de amor de Jesús y recordar los espacios compartidos con nosotros.

Dejar que cada una de las palabras, sobre todos aquellas más significativas para nosotros, se prendan en el corazón. Repasar una y otra vez cada encuentro que hemos vivido con Jesús. Y digo que “hemos vivido”, porque no se puede reducir a una historia del pasado, sino se tiene que hacer de todo el camino recorrido por Jesús, un memorial presente para cada uno de nosotros.

María sería la compañera ideal para hacer este recorrido. Con ella podemos dialogar de cada uno de esos momentos transcendentales de Jesús y que también tienen un especial significado en nuestro camino. Aguardar la noche encendiendo la lámpara del silencio y de los recuerdos.

Como en los momentos de duelo, las palabras se tornan delicadas, medidas y sentidas. Parecería que todas las palabras resultan inútiles para expresar todo el sentimiento que anida en el interior. ¿Cómo hablarle a María? ¿Cómo decir con palabras que hemos matado la Palabra?  Acerquémonos con María al sepulcro en un respetuoso silencio.

Que no hablen nuestras palabras, sino nuestro silencio. Si no hemos sido capaces de llegar con María a la cima del Calvario para acompañar al Crucificado, seamos ahora humildes para acercarnos en silencio a hacerle compañía junto al sepulcro. No tenemos nada que decir, sólo nuestro dolor, nuestra tristeza y nuestra espera.  María, Madre del silencio y del dolor, queremos que aceptes solamente que podamos estar contigo en silencio y esperar contigo este segundo, maravilloso, nacimiento.

Permite que tu silencio envuelva nuestros espíritus, anime nuestros corazones, encienda nuestros rostros asustadizos y apagados. Contigo queremos esperar, en silencio, la Nueva Vida.








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