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«Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor» (Jn 12,25-26).
Reflexión del domingo V de Cuaresma Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará» (Jn 12,25-26).

Hoy es el último domingo del tiempo de Cuaresma y la Palabra que nos regala el Señor por medio de su Iglesia es un magnífico aperitivo de los grandes días de celebración que tendremos en el Triduo Pascual. Jesucristo hace un anuncio de su Pasión y de su victoria sobre la muerte al mismo tiempo que hace una invitación para que uniéndonos a Él, participemos también de la grandiosidad y profundidad de su experiencia vital, y así, participemos con ello de la Vida Eterna junto al Dios Uno y Trino. Tal y como nos dice San Pablo: «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,4-5.8-11).

Jesucristo es consciente de la misión que le ha dado su Padre y la realiza no sólo como muestra de obediencia amorosa a su Padre, sino también por amor verdadero a cada uno de nosotros: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre» (Jn 10,17-18).

Así que el Señor nos muestra el Camino para la Vida Eterna, que es Él mismo (Jn 14,6), y nos invita nuevamente hoy a seguirle por el camino de la Cruz: «El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna» (Jn 12,25); «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,24-25). Es la paradoja que nos ofrece Cristo, que Él mismo ha llevado a la práctica y, por ello, se encuentra ya a la derecha del Padre: «Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Mt 23,12); «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre» (Flp 2,6-9).

Frente a la invitación que nos ofrece el mundo de hoy de ser los primeros, de aprovechar la vida al máximo de forma totalmente hedonista y egoísta, porque el maligno ha sembrado el sofisma de que no existe la Vida Eterna, la invitación de no concederle a nadie un segundo de la vida sino de buscar en lo que hacemos un beneficio de cualquier índole, el Señor viene con una Palabra de salvación dirigida a cada uno de nosotros: «Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará» (Jn 12,26). Este versículo del Evangelio hace resonar en mi corazón una frase que le dice la Virgen María a Santa Bernardette en una de sus apariciones: «No te prometo hacerte feliz en este mundo sino en el próximo», y una famosa frase de San Juan de la Cruz: «Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos» (Del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz).



Pero es la buena noticia que celebramos cada domingo y que celebraremos con todo su esplendor en el Triduo Pascual: Jesucristo ha vencido a la muerte y al señor de la muerte: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera» (Jn 12,31).

Así, nos llama el Señor a estar unidos a Cristo para dar testimonio también del amor de Dios dándole nuestras vidas al Señor, perdiéndola por los demás y por Él. Se trata de combatir contra el maligno y de defender la gracia que el Señor ha derramado en nuestros corazones, no para nuestro bien exclusivo, sino para anunciar el Evangelio a los demás. Porque el Señor murió pero muriendo ha destruido nuestra muerte. Existe la Vida Eterna. Y el Señor desea que llegue el día en que podamos decir como Pablo: «Pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger... Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor» (Flp 1,21-23); o cómo decía Santa Teresa de Jesús: «Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero».

Porque el Señor es fiel y cumple lo que promete, y no hay mayor gracia que poder amar a Cristo, algo que deseo con todo mi corazón, y se lo pido cada día a Él y a nuestra Madre, la Virgen María: «En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,3). Feliz domingo.







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