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Si el Hijo les da la libertad, serán realmente libres
Meditación al Evangelio 24 de marzo de 2021 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Es un grito fuerte de nuestros pueblos: queremos ser libres. Y con toda razón se levantan las multitudes y reclaman la verdadera libertad. No nació el hombre para ser esclavo y nada hay tan terrible como las cadenas, físicas, sicológicas o mercantiles, que convierten al hombre en esclavo. Pero es curioso que mientras más se proclama la libertad, menos libre vive la humanidad.

No es cuestión de linajes como ya muy claramente lo señalaba Jesús a quienes se decían libres tan sólo por ser hijos de Abraham, pero tenían el corazón atado por las sutiles cadenas del egoísmo, de la soberbia y de la discriminación. Es legítimo el reclamo de libertad que lanzan los pueblos y todos deberemos comprometernos en la lucha por una humanidad verdaderamente libre.

Pero la esclavitud que ahora mantiene en el hambre y en la miseria a las naciones, brota de otra esclavitud que aprisiona el corazón. Jesús habla de la esclavitud del pecado y afirma que todo el que peca es esclavo. Y cuánta razón tiene: nadie está más esclavizado que quien ama sus propias cadenas.

¿Cómo liberar a quien se siente a gusto entre los barrotes de su prisión? ¡Qué difícil hacer comprender a los israelitas que necesitaban liberación! ¡Qué difícil que nosotros comprendamos que hemos amarrado nuestro corazón a ataduras que parecen dulces cadenas!  La libertad comienza con la verdad como afirma Jesús. Quien vive en la mentira ya es esclavo. Pero quien se cree sus propias mentiras es un esclavo que no podrá obtener libertad.

Cristo ofrece la verdad y quiere que descubramos que somos esclavos. El camino que hoy nos ofrece en este breve pasaje tiene tres etapas muy claras: la adhesión a la verdad, el rompimiento de las cadenas y la vivencia del amor. Cristo nos dice que la libertad que nos ofrece nos da la posibilidad de estar siempre en la casa del Padre.



Sólo los hijos pueden vivir en la casa del Padre. Y Cristo nos ofrece esa bendición: no ofrece esclavitud, sino verdadera libertad para disfrutar de los dones de un Padre bueno que ama, que perdona y que libera. La mentira, la corrupción y el odio, siempre brotarán del pecado y no tienen como origen el amor de Dios. ¿Cuáles son las ataduras que no nos permiten vivir como verdaderos hijos de Dios? ¿Qué cadenas le hemos puesto a nuestro corazón para encerrarlo en el egoísmo? Por Cristo hoy podemos ser libres. 








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