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«No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (Jn 2,15-16)
Reflexión del domingo III de Cuaresma Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (Jn 2,15-16).

En este tercer domingo del tiempo de Cuaresma vuelve el Señor a regalarnos otra Palabra de Vida para profundizar y avanzar en el proceso de conversión que Él mismo desea llevar a cabo en nuestra vida, pidiendo nuestra colaboración para ir purificando nuestro ser de todo aquello que no agrada a Dios y que está lejos de la misión para la que nos ha dado la existencia, que no es sino darle gloria a Dios.

Así, ya hace una llamada a conversión al inicio de la primera lectura: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás ídolos, figura alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra.» (Ex 20,2-4). Me recuerda este versículo la tercera tentación que sufre Jesucristo de parte del maligno cuando se encuentra en el desierto: «Y le dice: “Todo esto te daré si postrándote me adoras.” Dícele entonces Jesús: “Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto.”» (Mt 4,9-10).

El Señor muestra en esta Palabra el gran amor que nos tiene Dios, que se nos ha revelado en Jesucristo, al que hemos conocido en la Iglesia, y, que, nos ha ido revelando poco a poco lo que hay en nuestro corazón, y cómo no nos desprecia por ello, sino que nos muestra el camino hacia la felicidad, que no es sino el mismo Cristo: «El camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad. No lo olvidemos: ¡El camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad! Habrá siempre en medio una cruz, las pruebas, pero al final siempre nos lleva a la felicidad. ¡Jesús no nos engaña! Nos ha prometido la felicidad y nos la dará, si nosotros seguimos su camino» (Papa Francisco, Ángelus domingo 1 de marzo de 2015).

¡Cuántas veces al estar cansados, agotados, estresados, no caemos presa de los espejismos de la idolatría que nos presenta el maligno y como consecuencia, nos quedamos en la muerte, en el vacío! Ya dirá San Pablo: «El salario del pecado es la muerte» (Rm 6,23). Sin embargo, el Señor no se ha escandalizado de nosotros, sino que cómo dice también hoy en la primera lectura: «Yo, El Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos» (Ex 20,5-6). El Señor siempre muestra su gran misericordia cuando uno vuelve a él con el corazón arrepentido. Y, como dice el salmo responsorial, frente al señor de la muerte y padre de la mentira, (Jn 8,44), el Señor tiene Palabras de Vida Eterna, como le dirá Pedro: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). Porque, como dice San Juan: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas - no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2,15-17).



Así, el Señor nos invita hoy a combatir con el maligno a través de las armas que nos ha entregado la Iglesia: la oración, el ayuno, la limosna, la escucha de la Palabra de Dios, los sacramentos, tal y como dice el mismo Jesucristo: «Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26,41). Porque la realidad es que somos débiles: «Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que se manifieste que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2 Co 4,7).

Además, en el versículo del pasaje del evangelio que se ha proclamado hoy y que da título a la reflexión: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (Jn 2,16), me hacía pensar en el paralelo que escribe Mateo de este pasaje del evangelio, que dice: «Está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración. ¡Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de bandidos!» (Mt 21,13).

El Señor nos recuerda que por el bautismo nos ha hecho, unidos a Cristo, sacerdotes para darle culto exclusivamente a Dios, en su templo, que es nuestra vida, dónde nos llama a realizar la mayor liturgia de alabanza al Padre, que es hacer lo que le agrada a Él, no lo que le desagrada: «Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él.» (Jn 8,29).

Así, dirá también San Pedro: «Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 Pe 2,4-5).

Por tanto, el Señor me denuncia mi pecado, mi infidelidad: «Este pueblo me honra con sus labios, mientras que su corazón está lejos de mí» (Is 29,13); «Yo detesto, desprecio vuestras fiestas, no me gusta el olor de vuestras reuniones solemnes. Si me ofrecéis holocaustos... no me complazco en vuestras oblaciones, ni miro a vuestros sacrificios de comunión de novillos cebados» (Am 5,21-22); «Porque misericordia quiero y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos» (Os 6,6), pero viene con fuerza a purificarme de tanto mal que habita en mi corazón, pero necesita que yo se lo permita. Dios no es un violador. Es un auténtico caballero. Y mi respuesta hoy, es, como la que decía Pedro: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68), o como dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).



Por tanto, resuenan en mi corazón las palabras de Pablo: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y ¿había de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta? ¡De ningún modo! ¿O no sabéis que quien se une a la prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues está dicho: Los dos se harán una sola carne. Mas el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él.  ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Co 6,15-17.19-20). «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12,1-2). Feliz domingo.







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