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"Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias" San Marcos 1, 7-11

Vivir como Hijos
Meditación al Evangelio 10 de enero de 2021 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



El hombre casi se muere de angustia cuando el padre se niega a bautizarlo. “¿Por qué quieres bautizarte?” le pregunta. “Para tener mis papeles de bautismo que me piden en el registro civil y sacar mi acta de nacimiento”, responde y continúa explicando: “Ya he buscado mi papel del bautismo en muchos templos y en ninguno aparezco. Me mandan de un lado para otro, en unos lados me dicen que el archivo se quemó o fue destruido. En otros me dicen que ahí no es parroquia y que debo buscar en otro pueblo y así me traen de un lado para otro. Total, que no encuentro nada. Por eso creo que es mejor volver a bautizarme para tener mis papeles”. En vano el sacerdote intenta explicarle que el bautismo no es para conseguir papeles, ni para tener padrinos, ni para hacer fiesta… pues a todo él responde: “pues así le hace la gente, bautiza nomás porque sí, y yo no puedo bautizarme para conseguir mis documentos”.  Y nuevamente le explica que el bautismo es un nuevo nacimiento, que implica un compromiso serio… el joven solamente busca sus papeles.

 

Después de la Epifanía, que es una bella manifestación de Cristo Niño, hoy se nos presenta otra “manifestación del Señor” igualmente bella y con una gran profundidad. Esta nueva manifestación se da al inicio de la vida pública de Jesús, preparada por Juan el Bautista y realizada en el contexto del Jordán, con los cielos abiertos, la bajada del Espíritu y la voz que legitima al Hijo. El evangelio de San Marcos desde su inicio nos presenta a Jesús como el Mesías que espera el pueblo de Israel: un Mesías que responde a la iniciativa de Dios con una vida de obediencia; un Mesías que realiza la salvación y que da comienzo al tiempo del Espíritu; un Mesías que, recibiendo un bautismo de agua, inicia la misión que el Padre le ha confiado. El Espíritu desciende sobre él porque está dispuesto y completamente entregado a la construcción del Reino.

 

El bautismo de Jesús inaugura su vida pública y contiene en esencia todo el itinerario que deberá recorrer. Juan predicaba un bautismo de conversión y Jesús, como tantos otros jóvenes de su tiempo, acude a recibir dicho bautismo. El rito de inmersión en las aguas, un rito común a muchas culturas significa una decisión radical de entrega a un ideal por el cual se declara dispuesto a entregar todo, incluso la vida. Jesús será coherente en todos los actos de su vida con este compromiso que asume al hacerse bautizar por Juan. Recibe este bautismo no porque necesite purificarse sino como signo de identificación con los pecadores a quienes ha venido a salvar y una disposición plena para el cumplimiento de la voluntad de su Padre.



 

Cristo al asumir el bautismo del agua, lo convierte en bautismo del Espíritu.  El viejo sueño de la profecía de Ezequiel cobra toda su realidad histórica y en Cristo se cristaliza ese signo de comunicación donde Él “sube” del agua y el Espíritu “baja” sobre Él. Los dos movimientos se concentran en la persona del Mesías, en quien se une la tierra y el cielo. Sobre Jesús, que sube del agua, desciende la fuerza del Espíritu como una nueva creación. Es también la realidad de todo bautizado: unir cielo y tierra en su persona. Ser un hombre carnal, terreno, pero llevar en sí mismo la aspiración y los ideales divinos. Construir el cielo en la tierra haciendo realidad la filiación que recibe en el bautismo: hijos todos de un mismo Padre, hermanos todos en Cristo, templos vivos del Espíritu Santo.

 

El bautismo de Jesús no es un mero rito sino una confirmación plena del amor del Padre. Del cielo provienen las hermosas palabras que escucha: “Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias”, que vienen a dar un nuevo sentido al bautismo de agua que ofrecía Juan. Así lo manifiesta como “Hijo”, “amado” y “preferido” porque se ha entregado plenamente al cumplimiento de su voluntad y al total servicio de los hombres. Nuestro bautismo también está legitimado por la presencia y el amor de Dios Padre, no por papeles o documentos que se exhiben, sino por una experiencia del amor Trinitario que nos envuelve y transforma y que nos exige una entrega completa a la misión del Padre. No basta un documento, nosotros requerimos toda una vida de servicio y entrega a la misión de Jesús y a la construcción de su Reino. Desgraciadamente a veces hemos dado poca importancia a nuestro bautismo y ha pasado a ser más un acto social que un verdadero encuentro y compromiso vivido en serio. Es cierto fuimos bautizado niños, pero el bautizado es alguien hecho y rehecho cada día, incesantemente, por la Palabra de Dios, por los encuentros de oración, por el amor que se da o que se recibe, por los acontecimientos y lugares que se recorren. El actuar de un bautizado no debería ser muy distinto del de Jesús: toda una experiencia de amor cristalizado en la vida diaria.

 



El bautismo no sólo se sitúa en el camino de la propia aventura espiritual, sino que implica una responsabilidad para con los demás, una misión universal: la construcción de un mundo nuevo, la edificación, aquí y ahora, del Reino. El bautizado cristiano, como discípulo y seguidor, como inspirado por el Jesús que se hizo bautizar por Juan muy conscientemente, muy adulto, está llamado a ser, con Él, salvador de la humanidad y de la creación, del planeta puesto en riesgo grave por las políticas egoístas de la civilización capitalista industrial ecológicamente irresponsable. Hoy es el primer domingo del tiempo ordinario, se terminan los tiempos fuertes del Adviento y Navidad y se regresa a la vida de todos los días, pero este recuerdo del bautismo de Jesús nos puede situar en la verdadera dimensión de este tiempo: vivir lo terreno y rutinario de cada día, con el ideal y la entrega de un verdadero hijo de Dios, que transforma su tiempo, su trabajo y su vida entera en una extraordinaria manera de vivir.

 

            Padre Bueno, concédenos que, inspirados en el ejemplo de Jesús, entreguemos también nuestra vida, radical y apasionadamente, como a él en el momento de su bautismo por parte de Juan, y nos envíes a la misión de hacer presente tu amor en medio de nuestro diario vivir. Amén








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