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"Concebirás y darás a luz un hijo" San Lucas 1, 26-38

Buscando una casita
Meditación al Evangelio 20 de diciembre de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



La Anunciación


¿No es fácil encontrar una casa? Ciertamente que para la mayoría de las personas es muy difícil
encontrar algún lugar que responda a nuestras necesidades y que esté al alcance de nuestro
presupuesto, si es que hay alguno. Ahora imaginemos que para quien tenemos que buscar esa
casa es nada menos que el Mesías esperado, para el Rey de cielos y tierra, para el Todopoderoso,
para El que tiene en sus manos el destino de los tiempos… No nos asustemos y acerquémonos a
mirar las exigencias del que está por llegar. San Lucas se encarga de manifestarnos los deseos y las expectativas de este “enviado” que está por llegar. Lo hace a su estilo y con formas literarias que nos manifiestan no tanto la historia sino la intención de presentar a un personaje extraordinario.


Lo hace utilizando un esquema que se llama “Anuncio” o “Anunciación” y que era muy utilizado no
solamente por los escritores bíblicos, sino por otros escritores de la región que buscaban
manifestar la importancia de la persona que habían que presentar. San Lucas así lo hace cuando
nos introduce en la vida de Juan el Bautista. Algo tendrá que ver, pues, todo lo que ahora nos dice.
Primeramente destaca el lugar. Mientras que para el Bautista nos coloca en la solemnidad del
Santuario, entre los inciensos y las ofrendas, para el Mesías escoge Nazaret, ahora reconocida por
todos, pero en aquel tiempo totalmente desconocida, jamás nombrada en el Antiguo Testamento,
considerada como una región pagana, no está ligada a ninguna promesa o expectativa mesiánica.
Si acaso como lugar cercano al paso entre poblaciones importantes y en una región mezclada de
razas ligadas al comercio y expuestas a todos los paganismos. ¿Qué nos querrá decir? No sé,
quizás que la salvación llega desde los lugares humildes, ignorados, sencillos y no tanto desde los
lujos o las grandes instituciones de Israel.


Zacarías y María


El Anuncio del Bautista nos causaba ya cierto desconcierto porque el Ángel es enviado a dos
ancianos estériles, con todo lo que esto provoca entre las malas lenguas vecinas, considerados no
propiamente fuertes para educar y sostener a un profeta. Pero al menos teníamos la justificación
de que Zacarías y su esposa eran personas rectas, irreprochables y que seguían en todo la ley del
Señor, y los dos considerados descendientes de tribus ilustres de Israel. Pero para el Mesías al
presentarnos a María, no nos dice nada de sus antepasados, y si algún mérito de buena familia
tiene es ser la prometida de José, él sí que es descendiente de la estirpe David. No se nos habla
nada de observancia de leyes pero ciertamente a José lo presenta como un hombre justo. ¡Pero
José no estaba a la hora del anuncio! Así que, siguiendo nuestra comparación, mientras Isabel ya
había perdido toda esperanza de tener un hijo, María no estaba preparada y ni por asomo
esperaba en aquel momento tener un hijo. Así nos encontramos con una jovencita, sin blasones
importantes de familia, sin títulos ni reconocimientos, como una clara representante de los
“pobres de Israel”, que era muy fiel a Dios pero que no tenía ninguna relevancia social. A la hora del anuncio las reacciones son muy distintas. Mientras Zacarías se llena de temor, se muestra
incrédulo, pide pruebas y nunca da su consentimiento, María es muy claro que se sobresalta y
hasta se preocupa al sentirse alabada, pide explicaciones porque no sabe cómo puede ser eso,
pero al final se pone como esclava y como fiel servidora de la palabra del Señor. Dos personajes
contrastantes, dos actitudes contrastantes y dos resultados contrastantes: mientras Zacarías
permanece mudo por su incredulidad, María engendra la Palabra, con rapidez la lleva a las
montañas y se transforma en anunciadora del Todopoderoso.



Un sí que compromete


Los días ya se acercan y Jesús busca casa donde nacer. No son muchas sus exigencias en cuanto a comodidades y riquezas, solamente pide corazones sencillos, compartidos y desapegados de lujos, de riquezas, de honores, y de ambiciones. Nosotros podemos ahora escuchar esa solicitud de Jesús: “Busco casita”, y apresurarnos a responder con la generosidad de María, con un sí seguro y confiado, con un “fíat” que compromete y dispone, con un “yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, confiando en un amor mucho más grande que el nuestro. No temamos, también para cada uno de nosotros son las palabras de Gabriel: “Alégrate. El Señor está contigo”.


Claro que a nosotros no nos puede decir que estamos llenos de gracia, porque nuestros delitos nos
abruman y nuestras miserias saltan a la vista. Pero el Señor es tan generoso que a pesar de
nuestras miserias también nos escoge para pesebre, cueva, o casita, donde pueda nacer el
Salvador. No importan las apariencias externas, lo importante es la limpieza interior y la apertura
de corazón para recibir a Jesús. No olvidemos que con Jesús llegan también los pastores, los
pecadores, los enfermos, los despreciados… entonces, sí exige una puerta grande y noble para
aceptar a todos como hermanos. No podemos poner a la entrada el consabido: “Nos reservamos
el derecho de admisión”, porque Jesús, como buen mexicano, llega acompañado de todos sus
hermanos, sin hacer distinciones para todo el que acepte su invitación. Rompe esos abismos que
se abren entre pobres y ricos. Destruye las barreras que separan. Ya sabemos su estilo: escoge a
los pequeños, no le importa el ruido ni el llanto de los niños y para todos es como un pan, ¿cómo
un pan? ¡Para todos se vuelve alimento, luz y vida! Así, que si de verdad queremos ofrecer nuestro
corazón como casa, preparémonos para las consecuencias porque tendremos que vivir al estilo de
Jesús y pasar una Navidad bajo sus condiciones, pero si no estamos dispuestos a todos estos
riesgos, ¿por qué, entonces, nos seguimos llamando cristianos?

Son los últimos días de este Adviento y el contemplar tan cerca el nacimiento de Jesús nos obliga
preguntarnos: ¿Cómo voy a acoger a Dios-Niño que se hace presencia viva y concreta en medio de
nosotros? ¿Cómo voy a vivir y cómo voy a expresar a este Dios ternura que se acerca hasta
convertirse en uno de nosotros? ¿Cómo voy a dar calor y compañía al recién nacido en mi corazón
y en mi casa?

Señor, por el anuncio de tu Ángel has dado a conocer a María tu amoroso designio de
salvación y la has hecho partícipe de la Encarnación, concédenos abrir nuestro corazón y
convertirnos, por medio de tu Espíritu, en casa y portal donde nazca Jesús y sean
bienvenidos todos los hombres porque son nuestros hermanos. Amén.










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