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La Iglesia refleja los rasgos del otro mundo
Domingo XXXII del Tiempor Ordinario (Ciclo A).


Por: P. Eugenio Martín Elío, LC | Fuente: Catholic.net



La fiesta de Cristo Rey cierra el año litúrgico, que trata de ser un recorrido de los misterios de la vida de Cristo. Esta fiesta nos presenta a Cristo como Juez y Señor del universo que viene a nuestro encuentro para resucitarnos y estar eternamente con Él. “La Iglesia es nuestra patria metafísica -dice Pável Florenski- y en esto reside el poder de su encanto. La Iglesia es reconocida por la memoria (conforme a la amámnesis de Platón). Efectivamente, la Iglesia suscita en nosotros el recuerdo del otro mundo, refleja los rasgos del otro mundo”.

Estos dos domingos previos a la fiesta de Cristo Rey, la liturgia nos presenta unas parábolas “escatológicas”, que nos preparan a la consideración de esas realidades “últimas”, que vienen más allá de este mundo. Hablamos del más allá con comparaciones, con imágenes que nos ayudan a hacernos una idea de algo que supera nuestros límites y expectativas. Jesucristo, que es el único que cruzó esa barrera, solía compara el cielo con un banquete de bodas. ¿Qué sucede en una boda? Nuestros deseos más básicos están saciados, porque hay comida y bebida en abundancia (¡y además gratis!) Estamos en compañía de nuestros amigos y familiares, disfrutando y compartiendo (¡hasta nos podemos animar a bailar!) Pero sobre todo se celebra el amor.

El tema del esposo y la esposa se refieren a la alianza entre Dios y el hombre. Las bodas son el símbolo de ese matrimonio que Dios hace con su pueblo. La unión sexual es la imagen y el signo de nuestra unión con Dios. Hace un par de años Radio María hizo una entrevista a una monja carmelita en la fiesta de la transverberación de Santa Teresa, y un psicoanalista que la estaba escuchando llamó a la hora de hacer preguntas y comentarios para decir que le parecía que estaba hablando como una mujer insatisfecha sexualmente. A lo que la monjita le contestó: “Pues yo creo que como usted no ha probado el amor espiritual se conforma con las migajas que caen de la mesa”.  Es la vieja táctica de burlarse de la virtud, de envolverla de sospechas y de reducirla a planteamientos idealistas cuando se ha renunciado a la aspiración de intentar realizarla. Y está representada por las vírgenes necias de la parábola. No obstante, esa es la vocación a la que estamos llamados: la unión íntima y eterna con Dios, que es amor.

Por eso el P. Marko Rupnik comenta en el Magnificat de hoy sobre este evangelio: “El necio es aquel que se equivoca de objetivo porque no sabe a quién le pertenece y no construye sobre roca, sino sobre arena, es decir, vive una existencia sin un verdadero fundamento. Esta sabiduría del mundo -donde el hombre es el epicentro de todo- es la que Cristo ha venido a derrocar, haciéndola necedad (cf Lc 1, 51-54)”.

¿En qué consiste la sabiduría de las cinco vírgenes prudentes o sabias, que esperaban la llegada del esposo? Su sabiduría radica en su modo de razonar, que parte de tener claro su objetivo final: el encuentro con el Señor. En la película de “Una mente maravillosa” (“A beautiful mind”) hay una escena que me gusta mucho y ejemplifica esto. La película narra la historia de un estudiante -John Forbes Nash, representado por Russell Crowe- obsesionado con la búsqueda de una matemática original. Después de graduarse en la Universidad de Princeton y obtener una cátedra en el MIT, es reclutado por el departamento de defensa de los EE. UU. por su habilidad para descifrar códigos en plena guerra fría contra la unión soviética. Se enamora de una de sus alumnas -Alicia Lardé, representada por Jennifer Connelly– y ésta le enseña que las leyes de amor están por encima que las leyes matemáticas. De hecho, el profesor tiene una mente tan brillante que roza con lo paranoico, y muchas veces confunde sus pensamientos e investigaciones con la realidad. A raíz de sus ilusiones y delirios de persecución, está confundido y pierde la confianza en todos y en sí mismo; hasta que su esposa le dice: “Cuéntame todo lo que te pasa y lo que piensas; y cuando tengas dudas de si eso es real o una ilusión, fíate de mi juicio. Yo te amo, y eso es lo más seguro y cierto de lo que puedes partir”.



El aceite que mantiene la lámpara encendida es el amor. O incluso mejor, dicen los Santos Padres, el Espíritu Santo, porque la caridad es fruto del Espíritu Santo, como lo manifiesta san Pablo en varias de sus cartas (Rom 5 y Gal 5). El Espíritu Santo ha derramado su amor en nuestros corazones y nos enseña a vivir desde el amor cristiano, a convertirnos en don para los demás y amar al modo divino, no solo humano. Para realizar esa divinización o transubstanciación del hombre. “Da occasionem sapienti, et detur ei sapientiam”.

En una ocasión escuché a un muchacho preguntarle a su abuelo en la fiesta de sus bodas de oro matrimoniales: - “Oye, abuelito, ¿cómo has logrado aguantar tanto tiempo casado con mi abuela?” - “Mira, hijo. Yo creo que hemos vivido tiempos distintos. En mi época cuando algo se estropeaba, se arreglaba. Ahora, cuando algo se estropea, se tira”. Y por eso la cultura dominante es la del descarte, de lo provisorio, del vacío interior. Donde, como decía Thomas Eliot, el hombre “cambia de cosas creyendo que así no es necesario cambiarse a sí mismo”. Y así hemos llegado a la mayor confusión y aliteración de términos: amamos las cosas materiales y usamos a las personas, cuando debería ser al revés: las personas beben ser amadas y las cosas son sólo medios para ser usados.

El pensador ruso Pável Klorenski profundiza de modo magistral en las causas de esta confusión en su cuarta carta “La luz de la verdad” (Florenski, 2010). Explica cómo se ha subsumido y asimilado en la dimensión psicológica del amor -que corre el riesgo de permanecer en el sujeto- la realidad del ser, que implica una salida de sí mismo y una relación objetiva. De esa forma, con frecuencia se ha llegado a identificar el amor con el gozo por la felicidad del otro, como si el centro del amor consistiera en esa felicidad que yo siento. Y concluye: “El amor cristiano tiene que ser liberado en el modo más indiscutible del dominio de la psicología y traspasado a la esfera de la ontología”.

Pidámosle al Señor su Espíritu Santo, que nos dé el aceite del amor que mantenga nuestras lámparas encendidas para que aspiremos libremente a quien le pertenecemos (como rezamos en la oración colecta). Que nos conceda el don del discernimiento y transforme nuestros anhelos más profundos de encuentro con el Señor. María, la Virgen sabia y prudente que hizo posible la obra más maravillosa de la historia, sea el molde en el que nos hagamos una sola carne con Jesucristo crucificado y resucitado. Y así vivamos la maravillosa vocación de intimidad y unión con Dios a la que hemos sido llamados.









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