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25 de octubre de 202

El peso de la ley
Santo Evangelio según san Mateo 22, 34-40. Domingo XXX del Tiempo Ordinario.


Por: José Alberto Rincón, LC | Fuente: www.somosrc.mx



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, ayúdame a vivir tus mandamientos por amor a ti.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”.

Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Toda sociedad necesita una ley. La ley proporciona el mínimo orden necesario para poder coexistir. Pero la ley no ofrece la salvación. Esto es lo que ni fariseos ni saduceos comprendieron cuando Jesús les habló del mandamiento del amor. Esto es lo que nosotros no entendemos cuando vivimos los mandamientos de Dios como si fueran un peso que cargar y no un camino que seguir.

Cristo mismo es el criterio de la ley. Si hubiéramos de resumir el cristianismo, en este pasaje encontraríamos dos pasos de tres. El primero, con razón, está en amar a Dios con todo cuanto somos. Esta es la gran revelación que recibió el pueblo de Israel en un inicio.

El segundo paso está en amar al prójimo. Muchos se quedan ahí, contentos de ser altruistas con sus semejantes, pero no es suficiente. Amarás al prójimo como a ti mismo. Quien pretende amar al otro, pero no se ama a sí mismo, vive una ilusión. Para poder donarte a los demás, primero es necesario tener conciencia del don que eres. Esta es la intuición a la que llegó el pueblo de Israel después de un largo peregrinar.

¿Y el tercer paso? Jesús mismo lo dará a sus discípulos en el cenáculo. Ámense los unos a los otros como yo los he amado. ¿Nos damos cuenta de la revolución que esto representa? Esta es la superación del peso de la ley. Por eso es que la carga de un cristiano debe ser siempre ligera. Un amor que no se lleva con gozo es mero engaño, soberbia oculta, orgullo disfrazado. Entonces, ¿cómo es el peso de la ley bajo la que vives?

«En definitiva, presume porque cumple unos preceptos particulares de manera óptima. Pero olvida el más grande: amar a Dios y al prójimo. Satisfecho de su propia seguridad, de su propia capacidad de observar los mandamientos, de los propios méritos y virtudes, sólo está centrado en sí mismo. El drama de este hombre es que no tiene amor. Pero, como dice san Pablo, incluso lo mejor, sin amor, no sirve de nada. Y sin amor, ¿cuál es el resultado? Que al final, más que rezar, se elogia a sí mismo. De hecho, no le pide nada al Señor, porque no siente que tiene necesidad o que debe algo, sino que cree que se le debe a él. Está en el templo de Dios, pero practica otra religión, la religión del yo. Y tantos grupos “ilustrados”, “cristianos católicos”, van por este camino».
(Homilía SS Francisco, 27 de octubre de 2019).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Ante una decisión difícil que me corresponda tomar el día de hoy, sea grande o pequeña, elegiré la que implique más amor –a Dios, a mí, y al prójimo.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.




Reflexión de Mons. Enrique Díaz en audio:





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