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"Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo" San Mateo 22, 34-40

Como a ti mismo
Meditación al Evangelio 25 de octubre de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



El mandamiento principal

Otra vez una pregunta de un doctor de la ley. Parecería que quienes menos quieren entender, son quienes más preguntan y, en este contexto de polémica, se ponen de pretexto los mandamientos para confrontarse con Jesús. Por la secuencia del texto no parece que tuvieran ningún interés en cumplirlos. Pero esto da pie a Jesús para decir explícitamente lo que a diario dice con sus obras sobre el mandamiento más importante. Lo que Jesús hace todos los días, lo que desde su encarnación y venida en el mundo está realizando, es la voluntad de su Padre, el amor de su Padre… pero esto lo realiza de un modo muy claro y concreto en el amor al prójimo. El amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. Esta es nuestra fe cristiana. Nadie puede abusar, oprimir o ser indiferente ante el débil y pobre porque Dios está del lado del hermano.

“Como a ti mismo”

Me llama la atención, y quizás no lo hemos meditado tan claramente, el añadido que Jesús hace al hablar del amor al prójimo: “como a ti mismo”, que puede ser entendido de muchas formas. El primer sentido está también sugerido por algunas palabras de Jesús: “trata a los demás como quieres que te traten a ti”, o también “no hagas al otro, lo que no quieras que te hagan a ti”. Me parece una fórmula muy práctica. Pensar en las diferentes situaciones en que nos hemos encontrado y cómo reaccionamos ante el trato positivo o negativo de las personas y así actuar conforme a los deseos que tenemos de acción hacia nosotros. De hecho, en la primera lectura tomada del Éxodo se ofrecen una serie de acciones muy concretas para tratar el prójimo y basadas todas en el “porque tú también estuviste en esa situación”. Así dice: “No hagas sufrir ni oprimas al extranjero... No explotes a las viudas ni a los huérfanos... Cuando prestes dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portes con él como usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que se ponga el sol, Cuando él clame a mí, yo lo escucharé, porque yo soy misericordioso”. Ciertamente cambiando las condiciones, poniéndose en los zapatos del otro, mirándolo “como a ti mismo”, cambian todas las formas de ver. 

Fuente de igualdad



El segundo aspecto de este “como a ti mismo”, nos pondría en una situación donde el amor a los demás nos hace hermanos, nos hace iguales. Amo a los otros porque somos iguales o estamos empeñados en construir esa igualdad, esa fraternidad, sin desprecios, sin discriminaciones, sin ciudadanos de primera o de segunda. El amor a nosotros mismos es tomado la medida de nuestro amor y nuestro servicio a los demás. En una sociedad de desiguales, amar “como te amas a ti mismo” introduce la radical exigencia de la hermandad. Como el Papa nos ha hecho reflexionar en su encíclica “Fratelli Tutti”, que nos lanza a ser nosotros el hermano que se acerca al otro.

Sabiéndose amados

Pero hay también un tercer aspecto que podemos entender como una advertencia. Amar “como a ti mismo”, implicaría primero amarse a uno mismo, aceptarse a uno mismo, conocerse y quererse, simplemente porque Dios nos quiere. Y entonces adquiere un sentido diferente, como la base de todo amor. Dios te ama infinitamente y ese amor, que te llena y te sacia, lo puedes derramar sobre los demás. Hay quien no se quiere a sí mismo, siempre está de mal humor, siempre se enoja y de todo se fastidia… no se quiere porque no se ha reconocido amado de Dios. Así lo que parecía primero un mandamiento: amar a Dios, y después dos: amar al prójimo; en realidad se transforman en tres mandamientos, porque también se necesita el mandamiento de amarse a uno mismo. Aunque así estaríamos otra vez al nivel de los fariseos que miran sólo mandamientos. ¿Amar es un mandamiento? Más bien una experiencia que todos debemos vivir. Si nos reconocemos y nos sentimos amados de Dios, los otros “mandamientos” brotan espontáneamente. Si decimos que amamos a Dios, pero engañamos y destruimos al prójimo entonces, dice San Juan, somos unos mentirosos. Para amar al prójimo necesitamos encontrar la gran fuente de energía del amor.

¿Cómo es nuestro amor? 

Este amor a uno mismo no tiene el sentido egoísta de encerrarse en sí mismo y ponerse como centro del universo, porque entonces todo se derrumba: el amor a Dios, el amor al prójimo y hasta el amor a sí mismo que se transforma en soberbia, orgullo y desprecio a los demás. Jesús añade un poco más porque el verdadero amor se aprende de Jesús. Antes de ser amor sacrificado, él mismo es levantado en una cruz con dos maderos: uno vertical hacia el Padre de donde brota todo amor y hacia donde se dirige todo amor; otro horizontal, del amor a los hermanos, pero inseparablemente unidos. Por eso se atreve a decirnos: “Ámense como yo los he amado”. ¿Cómo estamos cumpliendo el mandamiento de Jesús? ¿Cómo vivimos la experiencia del amor?



 
Aumenta, Padre Bueno, en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, para que, reconociéndonos amados, cumplamos tu mandamiento de amor a ejemplo de tu hijo Jesucristo. Amén.








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