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Alégrense de que sus nombres estés escritos en el cielo
Meditación al Evangelio 3 de octubre de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



¡Qué alegría expresan los discípulos al retorno de su misión!  Atrás han quedado los momentos de inseguridad y hasta de coraje porque no los aceptaban. Sorprende su admiración porque “hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.  Y las mismas palabras de Jesús hacen un recuento de los prodigios realizados.

¿Tendrán validez estas palabras para nuestros días? No esperemos andar haciendo exorcismos o expulsar demonios de gente poseída. La misión del discípulo esta muy clara: crear una vida verdaderamente humana para todos los hombres, construir un mundo nuevo. Claro que para esto se requiere quitar toda esclavitud a que se someta a la humanidad.

Los demonios del poder y de la ambición siguen sometiendo a los más pequeños y débiles y es necesario denunciar con fuerza y sin temores todas estas esclavitudes. Pero no basta la denuncia, hay que expulsar de nuestras estructuras todas estas esclavitudes malignas que a diario nos aprisionan. Hay que hacer caer a Satanás bajo cualquier forma que se nos presente por más atractiva y prometedora que pueda ser.

Debemos luchar contra los demonios de la discriminación, de la violencia y de la injusticia. Y el único camino es el que nos presenta Jesús reconociendo que se puede construir sólo asumiendo la sabiduría de los pequeños, la grandeza de los sencillos y el poder de los humildes.

Claro que es trastocar todas las estructuras injustas que someten a nuestros pueblos y naciones, pero mientras sigan rigiendo las leyes del dinero y del poder, seguiremos sometidos al poder del maligno.



Hoy tenemos un gran reto porque la pandemia nos ha cerrado muchas puertas y nos ha limitado muchas actuaciones, pero también nos abre nuevos horizontes y se presentan nuevas necesidades y urgencias donde se debe hacer presente el Evangelio.

Gracias, Padre, porque en este mundo de injusticias, sigues suscitando hombres y mujeres de corazón grande, capaces de dar sin esperar recompensa. Gracias, Padre, porque hay muchas personas generosas que abren sus manos para levantar al necesitado. Gracias, Padre, porque hay discípulos de Jesús que entienden que se puede construir un mundo nuevo donde reine el amor, el servicio y la paz.








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