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El entrañable drama de la felicidad
Ya hemos fabricado una felicidad a nuestra medida...


Por: Celso Júlio da Silva, LC | Fuente: Catholic.net



Que el hombre actual atine o no a definir qué es la felicidad poco nos importa. La humanidad ya lleva mucho tiempo queriendo meter el agua del mar en el hoyo de la playa y jamás lo logrará. Lo que sí nos preocupa es ver a algunas personas viviendo en espejismos de felicidad que son engaño, quimera, ilusión pasajera que un día les dejarán grandes cicatrices.

Espejismos de una felicidad fácil, cómoda, llevadera, hecha a nuestra mediocre medida consumista y relativista de nuestra sociedad. Y quizás el espejismo más fuerte que hipnotiza a algunos es que ser feliz es estar exento de dificultades, de contrariedades, de pruebas, de sufrimiento.

Por tanto, en definitiva, el dolor no tiene cabida dentro de nuestros moldes de felicidad. Ya hemos fabricado una felicidad a nuestra medida y en ella no cabe el sufrimiento. Es más, se nos es incomprensible y repugnante. No aceptar que la felicidad entraña en sí el drama del dolor es tapar el sol con una mano.

Desde los grandes clásicos grecolatinos la concepción de felicidad se reduce a un fugaz instante de la existencia humana. Desde el consejo de Horacio del “carpe diem” (Cfr. Carm 1 11 8) hasta la sentencia contundente de Séneca: “la vida es como una fábula no importa cuánto tiempo has vivido, sino cuán bien has actuado” (Epist 77 17); intentamos entender qué es la felicidad. Aristóteles encasillaba la felicidad en una palabra que hoy hasta puede sonar a enfermedad: la eudaimonía.

Nada más hojear a los sabios de la antigüedad y notamos que el concepto de felicidad zozobra de un aspecto al otro. Séneca dice: “¡con cuánta oscuridad ciega nuestras mentes una gran felicidad!”(De BV 14). O la tétrica expresión de Ovidio: “nadie debe ser llamado feliz antes de su muerte y de sus funerales” (Metam 3 136). Otros afirman que ser feliz es conocer como dice Virgilio: “feliz quien pudo conocer los secretos naturales” (Geórgica 2 490).



Y hasta nuestros días todo mundo se cuestiona: ¿Qué es la felicidad? ¿Un instante? ¿Un estilo de vida? ¿Sólo el camino o sólo la meta? Los jóvenes no sabemos definir qué es la felicidad, pero anhelamos experimentarla hasta la última gota del sorbo. Los ancianos ya al final del túnel -tal vez- la delinean más o menos, pero con imprecisiones. Y así podemos decir que “todos los hombres estamos inflamados por el deseo de vivir felizmente” (Cicerón, De Fin 5 86).

Y tanto el que cree como el que no cree busca ser feliz y -en palabras de San Agustín- el día en que se canse de buscar es que ya se habrá muerto. Y el corazón humano -si parafraseamos al Obispo de Hipona- estará siempre inquieto queriendo definir la felicidad hasta que descanse en ella.

El cristianismo elevó en Cristo la felicidad a un rango sobrenatural y a la vez más concreto: el amor a Dios y el amor al prójimo como a uno mismo. Sin embargo, al final de todo lo que sí puede ser cierto es que la verdadera felicidad entraña en su esencia el drama más profundo y sanador que pueda existir: el drama del sufrimiento.

¿Se puede ser feliz sin sufrir, sin ser probado, sin llorar? Esto es lo que propone el mundo laicista e incluso pagano de nuestro tiempo, presentando una felicidad maquillada y afeitada, tan atractiva que es impensable alguna arruga o alguna cana. ¡Una felicidad hecha a nuestra medida! Sin Cristo obviamente se puede plantear una felicidad camuflada, usurpadora, engañadora.

Con Cristo y su amor extremista en la cruz el planteamiento es todo lo contrario: la verdadera felicidad nace de haber sufrido, de haberlo entregado todo, de haber amado sin medida. ¡Una mirada al Crucificado con conciencia y adoración es suficiente!



Basta notar en algo tan humano como un parto, y bien lo dijo Jesucristo: “la mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo” (Jn 16,21). La felicidad de una madre siempre está vinculada al dolor de un parto que es camino hacia esa felicidad que nace de sus entrañas de amor.

Por ello, el drama del dolor y del sufrimiento es algo entrañablemente unido a esa felicidad que en Cristo toma siempre una dimensión nueva y más hermosa. Bien vale la pena escuchar a San Juan de la Cruz que con estas palabras nos invita a ser felices también en las pruebas de la vida para no caer en espejismos de felicidad que lo que hacen es convertirnos en narcisos insoportables.

Dice el Doctor de la Iglesia en la Subida al Monte Carmelo: “para venir a gustarlo todo no quieras tener gusto en nada; para venir a saberlo todo no quieras saber algo en nada; para venir a poseerlo todo no quieras poseer algo en nada; para venir a serlo todo no quieras ser algo en nada”. ¡Esto lo escribió un hombre que experimentó la traición de sus mismos hermanos que lo metieron en la cárcel!

Muy ilustrativa son las palabras que Bernanos coloca en boca de un cura rural consumido por un cáncer de estómago, consumado por el trabajo parroquial. Quizás nos puede hacer una idea de esta relación entre el camino y la meta, ambas realidades necesarias para ser felices: “no tengo éxito más que en las cosas pequeñas. Y si he sido probado por la inquietud, tengo que reconocer que triunfo en las minúsculas alegrías” (Diario de un cura rural). ¡Esto lo escribe un cura consumido por un cáncer!

Ambos ejemplos simplemente comprueban que somos hoyos en la playa deseosos de llenarnos del agua del mar, conscientes de que la felicidad es amar sin medida desde Dios aquí y ahora. Se puede considerar que la felicidad es el camino hacia la meta, no sin dolor, no sin amor. Sin embargo, la felicidad suprema es un destino al que nos acercamos a través de pequeñas alegrías de nuestra vida.

Reconocemos nuestra nada ante Dios que nos conduce a la felicidad de poseer, de conocer, de ser todo en Él, caminando y triunfando en los detalles, en las cosas pequeñas de cada día que nos dan esa alegría de que no somos la inmensidad del mar, pero nuestro hoyo, nuestra vida está llena de Dios. ¡Ésta es la verdadera felicidad! ¡Sólo en Cristo se comprende y se vive el misterio entrañable del dolor y del sufrimiento como parte integrante de la auténtica felicidad!

Palabras más, palabras menos. Termino con lo que he dicho al inicio: quizás yo también he tratado de meter el agua del mar en el hoyo con estas ideas. No importa. Dios es el mar y nosotros somos ese pequeño hoyo en la playa. Al final la felicidad cristiana no es otra cosa que Dios llenando la nada de nuestro hoyo y ese hoyo siempre sediento del mar, de esa Felicidad, de Dios.

Que nos perdamos en Él esto será la mayor felicidad y habrá merecido la pena haber vivido la vida también en sus entrañas dolorosas y a veces misteriosas. Y así podremos decir felizmente con Santa Teresa de Jesús: “el que se salva, sabe; el que no se salva, no sabe nada”.







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