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Sé que tú eres el Santo de Dios
Meditación al Evangelio 1 de septiembre de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



¿Por qué te metes con nosotros? Son las palabras del endemoniado frente a Jesús de Nazaret. ¿No serán nuestras palabras también? En días pasados en un noticiero un comentarista afirmaba que no tenemos porque dejar que Jesús juzgue nuestras instituciones y sea el árbitro de nuestras acciones.

Que para él no importaba si fueran buenas o malas, que sólo le interesaba que estuvieran conforme a la ley. Quizás sea también la postura, abierta o implícita, de muchos de nosotros. Reconocemos la gran importancia de Jesús y su bondad, pero queremos dejarlo encerrado en las vitrinas de nuestras iglesias y en los pasillos de las sacristías, que no intervenga en nuestros asuntos y que no se tomen como criterio sus enseñanzas y su doctrina.

Todo lo contrario a lo que sucede en el pasaje que acabamos de escuchar: Cristo se presenta “metido” entre la gente, en su oración, en sus preocupaciones, en su enseñanza, pero además lo hace con autoridad y para colmo de males, expulsa un demonio.

Quizás esto nos agradaría más porque siempre imaginamos al demonio como un personaje maléfico, horrible y que nos causa pavor. Pero si lo pensamos como el tentador, como el que provoca la división y la codicia, como el que sonríe porque hemos caído entre sus garras… quizás también nosotros le dijéramos a Jesús que por qué se mete con nosotros.

El Papa Francisco está convencido de que la presencia de Jesús debe influir directamente en nuestra vida social por eso dice: La tarea evangelizadora implica y exige una promoción integral de cada ser humano... Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional... Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor... Así que hoy dejemos que Cristo se acerque a nuestras vidas, que expulse los demonios de la ambición, de la codicia y del placer que se quieren adueñar de nuestros corazones. Dejemos que Cristo actúe en nuestras personas.










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