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Mándame ir a ti caminando sobre el agua
Meditación al Evangelio 3 de agosto de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Hay en el pasaje de este día muchas enseñanzas para nuestra vida. En un primer momento encontramos a Jesús haciendo oración. Lo repite tanto el evangelio que nos parece natural, pero es una enseñanza para nosotros pues así debería ser nuestra oración: constante, hasta parecer natural, que en todo momento y cada día busquemos hacer oración, vivir en la presencia de Dios Padre.

Pero mientras Jesús hace oración, los discípulos se embarcan solos y tienen que enfrentarse a las adversidades que la naturaleza les presenta. ¿Porque se han marchado a navegar sin Jesús?  El mismo Jesús les había pedido que subieran a la barca, pero su soledad hace que la tormenta les cause miedo y sientan que el viento era contrario. Y entonces, cuando parece ir todo en contra, cuando las olas sacuden a barca, se presenta Jesús.

La reacción de los discípulos en lugar de ser de alegría, es de temor, pues creen ver un fantasma. ¿Cuántas veces nos sucede esto? ¿Cuántas veces ante la adversidad la presencia de Jesús la sentimos como una amenaza y nos llenamos de ira porque no lo descubrimos claramente? Sin embargo, Jesús en esos momentos navega con nosotros. No nos deja solos.

Nos dice también a nosotros: “Tranquilícense y no teman. Soy yo” Son palabras para nosotros y necesitamos escucharlas con atención. Necesitamos sentir esa presencia de Jesús y poner en paz nuestro corazón. Si estamos en la enfermedad, si las olas de las dificultades nos azotan, si percibimos el miedo, Cristo se acerca a nosotros y nos dice también que no temamos que es Él quien navega con nosotros.

Cristo no es un fantasma, sino que se acerca a cada uno de nosotros, para eso se ha encarnado, para eso se ha hecho semejante a nosotros. Quizás a nosotros nos falte fe y, al igual que Pedro, pidamos señales prodigiosas que nada tienen que ver con las necesidades. Cristo se lo concede solamente para favorecer la confianza y sostenerlo con su mano. Hoy al sentir la adversidad, no olvidemos que la mano de Cristo está tendida para sostenernos. Con su palabra calma la tempestad y podemos continuar, con su presencia, seguros nuestra travesía.










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